Cada vez más lejos de la gente

24 Oct 2014 Por Roberto Delgado
La furia de los vecinos de calle Laprida al 2.000, que justifican apalear a los asaltantes para darles un escarmiento, muestra un nivel límite: ya no encuentran respuestas a su angustia. Lo mismo dicen los habitantes de Raco, Banda del Río Salí y Villa Alem. Los primeros fueron escuchados en Casa de Gobierno y los otros están marchando por las noches y queman cubiertas en las calles. Pero el reclamo es similar: los delincuentes les han perdido el respeto a los policías, y los agentes contestan que no tienen elementos para salir a defenderlos.

El problema es generalizado y se vincula con el aumento de la violencia en una sociedad que advierte con hastío que la respuesta policial es, más que insuficiente, ineficiente, y que comienza a considerar que el asunto involucra otros estamentos del Estado, entre otras cosas porque hay causas sociales profundas, como la exclusión social, tal como planteó el jurista Mario Juliano, de la Asociación Pensamiento Penal.

Ahora bien, esto implica trabajar en busca de una sociedad más justa e integradora y al mismo tiempo resolver los problemas que plantean los vecinos y pensar en lo que plantearán en lo inmediato, con el fin de que la inseguridad no sea un drama endémico.

En este sentido, las respuestas dejan que desear. Los vecinos del barrio Santo Cristo dicen que los agentes responden que no tienen elementos. El gobernador José Alperovich anuncia que habrá más autos y cámaras y que “estamos trabajando para que la policía no diga que no tiene elementos”. La gente de Raco reclama que hay inseguridad y el encargado del Observatorio de Seguridad Barrial, José Farhat, les responde que han acercado a los comisarios los planteos “para que planifiquen cuáles serán las medidas que se realizarán en el lugar”. El secretario de Seguridad, Paul Hofer, explica que un problema es que “el delito muta”, y que eso lleva a hacer operativos de un lado a otro. Pero para los vecinos de Laprida al 2.000 no hay mutaciones: la situación se mantiene igual que hace tres años, cuando fue asesinado Iván Sénneke a tres cuadras de allí, o que hace dos meses cuando fue baleada Mariela Marchiano, en Rivadavia al 2.200. La diferencia es que ahora los vecinos tienen un sistema de alarma que tampoco sirve para prevenir ni para protegerse porque la policía no responde. Sirve para, con suerte, atrapar y apalear a los delincuentes.

Esto estalla dos meses después de la experiencia de Barrio Sur, que tras las denuncias por alta inseguridad fue objeto de operativos con control de vehículos y personas, que dieron como resultado muchos secuestros de motos sin papeles. Pero la situación no ha cambiado. Lo que sí “muta” es la respuesta. Cuando se aplacan la inquietud o el reclamo en un lado, reaparece en otro, como ocurrió en Colón al 1.100, donde hace cuatro días fue baleado y golpeado el comerciante Marcelo Cabrera (en agosto fue asesinado el distribuidor Marcelo Javier Méndez en Colón y Américo Vespucio), o en el barrio Los Tarcos II, donde hace tres semanas fue acribillado el vecino Ernesto Galván.

¿Hay otras salidas? El gobernador espera que la modificación del Código Procesal Penal (anunciada por la Nación, y en stand by desde hace dos años en la provincia) haga mejorar la seguridad, pero eso es pensar que es la justicia la que debe responder sobre la prevención, lo cual en realidad es tarea del Ejecutivo. Del mismo modo, el mapa del delito que la Corte Suprema ha anunciado que funcionará en la Oficina de Autores Desconocidos acaso pueda ayudar a establecer pautas de investigación; pero ¿incidirá en la prevención policial?

La sociedad tiene que ocuparse de la Policía. Saber por qué no funcionan las comisarías (que ya ni siquiera son centros de recepción de denuncias, como atestiguan en Santo Cristo), y por qué están cada vez más lejos de los vecinos, como el 911 o los patrulleros. Todo lo contrario del mensaje oficial, que es pretender que los agentes estén en la calle. Algunos están. Pero no queda bien claro para qué, si la frustración de los vecinos está llegando al límite, como en Laprida al 2.000.

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