Esa tarde de septiembre que definió esta patria

Carlos Páez de la Torre (h) recreó el heroísmo y las convicciones, pero también los sacrificios y las angustias de aquellos que, hace dos siglos, protagonizaron la histórica Batalla de Tucumán: "el acontecimiento guerrero fundamental de la Independencia Argentina". Una hora nacional con muchos próceres y sin distinción de procedencias

LA JUSTA MEDIDA. Páez de la Torre (h) advierte que, sin el triunfo en la Batalla del Campo de las Carreras, le emancipación podría haber sido aplastada.
LA JUSTA MEDIDA. Páez de la Torre (h) advierte que, sin el triunfo en la Batalla del Campo de las Carreras, le emancipación podría haber sido aplastada.
Por Álvaro José Aurane 18 Septiembre 2012
La invitación era para asistir a la disertación "Bicentenario de la Batalla de Tucumán", que daría el reconocido historiador Carlos Páez de la Torre (h) en la Expo Tucumán, en el marco del Ciclo de Conferencias de LA GACETA del año de su centenario. Pero quienes ocuparon los asientos del auditorio en la casona de la Sociedad Rural viajaron en el tiempo y el espacio. 
Las palabras del académico de la historia y del periodismo transportaron al Tucumán de hace 200 años. Con su capital de 5.000 habitantes y 700 casas. Donde la única escuela es la de los Padres Franciscanos. Y no hay imprenta ni biblioteca. Y la plaza es yuyos y lagunas.
En las inmediaciones de ese poblado, un episodio bélico cambiará nuestra historia. De un lado, el ejército español, "más numeroso, mejor armado y mejor instruido, al mando del general Pío Tristán". Del otro, "reforzado apresuradamente con paisanos de Tucumán y otras provincias del Noroeste, pero siempre inferior en número y armamento a su contrincante, el de los patriotas argentinos: lo mandaba el general Manuel Belgrano".
"Los españoles confiaban en su superioridad logística y su veteranía. Los patriotas, en su entusiasmo y en la Virgen de la Merced, que no les podía fallar. Sabemos el resultado", sintetizó. Y cuando casi se oían aceros, corridas y tiros, ubicó a los asistentes de una vez. "La Batalla de Tucumán es el acontecimiento guerrero fundamental de la Independencia Argentina. De no haber ocurrido, la suerte de la Revolución de Mayo hubiera sido problemática y el movimiento fundador de nuestra nacionalidad podría haber sido aplastado".
"Todo eso da significación especial a aquella tarde de septiembre -ilustró-. En la más pequeña de las provincias argentinas, por decisión conjunta de Belgrano y de todo el pueblo de Tucumán, se jugó el destino independiente del país".

El traspaso de una brasa

La charla de Páez de la Torre (h) pasea por las consecuencias de la Revolución de Mayo. El alzamiento contra la Junta que lidera Liniers en Córdoba; el fusilamiento del ex virrey; la primera y fracasada Campaña al Alto Perú (hoy Bolivia); Juan Martín de Pueyrredón que cede ("como si fuera una brasa") el mando del ejército derrotado y desmoralizado a Belgrano.
Tristán que se dirige a Jujuy con 2.000 infantes, 1.200 hombres de caballería y 10 cañones para aniquilar a nuestro ejército y reasentar el dominio real sobre Jujuy, Salta, Tucumán y Santiago del Estero. Los jujeños que emprenden su heroico y sacrificado éxodo hacia Tucumán. La orden de Buenos Aires de abandonar también esa ciudad y replegarse a Córdoba si los españoles ocupan Salta. Y Belgrano que decide quedarse en esta provincia, porque después de exponerle a Bernabé Aráoz y a Pedro Miguel Aráoz las necesidades de hombres y de dinero para enfrentar al enemigo, ellos se comprometieron a entregarle el doble.
La ciudad y la campaña se movilizan en esa hora patriótica. 
"Su plan -detalla Páez de la Torre (h)- era presentar batalla en las cercanías de la ciudad. En caso de derrota, pudiera retroceder y resistir desde el núcleo urbano. Así, instaló artillería en lo que es hoy la plaza Independencia, abrió fosos y trincheras en las esquinas y dejó una guarnición. El resto del ejército se estacionó en las afueras".

Derecha, centro, izquierda

La batalla ya viene. Y con ella, una tormenta de polvo, primero; de lluvia, después; y hasta de langostas, más tarde. Páez de la Torre (h) describe que los realistas entran por Camino del Perú, pasan por el Ojo de Agua, cruzan el puente de El Manantial, desprenden un batallón que avanzará al sur para cortar la posible comunicación de Tucumán con Santiago y con Córdoba, y el grueso vira hacia su izquierda, rumbo a la ciudad.
En la ciudad, Belgrano mueve sus tropas desde el Norte, cruza la ciudad por las calles que hoy se llaman 25 de Mayo, Mendoza y Alberdi, y se apuesta en el Oeste.
Y el choque. A las 11 del 24 de septiembre de 1812. Con los realistas que se topan con la línea de batalla de los patriotas y, entre la sorpresa y el desorden, jamás llegan a armar sus cañones. Y la caballería, al mando de Juan Ramón Balcarce, que por orden de Belgrano hace un desvío para evitar el fuego de la infantería enemiga y cae sobre ella por detrás, y la arrasa y la pone en fuga. Y la gloria del regimiento de Dragones y de los Decididos de Tucumán en esa maniobra del ala derecha. 
Y la bravura de los que defienden el medio de la línea, que también triunfa. Son tucumanos, pero también jujeños y salteños: compatriotas que fueron fundamentales en esa hora patriótica. "No hay que negar la enorme importancia que tuvieron: hay que recordarlos sin mezquindades provincianas", reclamó Páez de la Torre (h).
Pero también la zozobra en el flanco de la siniestra, porque la columna de infantería que Tristán envió al sur decide participar en el combate. "Cómodamente desplegada, acudió en apoyo del ala izquierda realista y logró desorganizar a la caballería patriota (…)". Y Belgrano, enfermo, que galopa desde el otro extremo para mandar que se reagrupen y carguen, pero llega cuando la retirada es tumulto y el desbande lo arrastra al sur y lo saca del campo de batalla.
A Tristán le ha ocurrido otro tanto. Aunque sus tropas forman un martillo sobre la izquierda, los fugitivos de los otros flancos de su ejército lo arrastran hasta El Manantial. Allí empieza a reorganizar sus fuerzas, pero del lado de los patriotas, el mayor general Eustoquio Díaz Velez, que no logra comunicarse con Belgrano, decide retirarse a la ciudad fortificada, con 500 prisioneros y la mitad de la artillería enemiga. Tristán llega a las afueras Tucumán (hoy, Chacabuco tercera cuadra). A la noche cañonea el viejo campanario de Santo Domingo (entonces en lo que hoy es 9 de Julio y Crisóstomo Alvarez) y envía el ultimátum: o se rinden, o incendia la ciudad. Díaz Velez contesta sin dudar: nunca se rendirían. Y si quemaban el pueblo, él degollaba a los prisioneros. 
Belgrano regresa en la mañana del 25 con 600 hombres a caballo (los dispersos del ala izquierda) y le manda a Tristán una propuesta para que capitule. "Decía que Tristán (era peruano) y la mayoría de las tropas realistas eran americanos, y que debían unirse en los mismos objetivos de libertad del suelo natal. Tristán rechazó indignado la propuesta, pero no atacó la ciudad. Y a la medianoche del 25, emprendió su retirada hacia Salta. La batalla había sido ganada".

Un tal Belgrano

Páez de la Torre (h) mostrará a Belgrano entregando su bastón de mando a la Virgen antes de despedirlo con las palabras de Bartolomé Mitre. "Su grandeza (...) consiste en el conjunto armónico de sus altas cualidades morales, que no pretendían sobreponerse a la razón pública; en el equilibrio del alma, que no se dejó arrebatar por el orgullo ni avasallar por el egoísmo; en la autoridad con que mandaba y en la humildad con que obedeció; en que fue el representante de las generosas aspiraciones al bien de todos los tiempos, y en que lo sirvió en el nombre y en el interés de todos (...). Fue apóstol, combatiente y jornalero. (...) Murió en la oscuridad y en la pobreza".
Los aplausos devolvieron a todos, sin escalas, al presente.

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