El gobernador vanidoso y perseguido

Por Álvaro José Aurane 27 Enero 2012
Se llamaba Pedro Ignacio. Era un comerciante rico al que -precisa Carlos Páez de la Torre (h)- nombraron gobernador de Tucumán el 1 de diciembre de 1840. El año en que la Provincia se pronunció contra la Federación y su jefe, el dictador Juan Manuel de Rosas. Duró 40 días en el cargo y las derrotas de los ejércitos de Lavalle y de La Madrid, más la persecución de los mazorqueros (así los llamaba), lo obligaron a exiliarse en Chile. En carta a Manuel Solá, el gobernador Garmendia hablaba del "estado y porvenir de nuestra desgraciada patria, cuya situación nos lastima tanto".

La persecución nunca terminó. Justo la localidad que lleva su nombre recibió 2,5 millones de dólares en ATN durante el menemato, pero sigue siendo pobre, con desarrollo comercial nulo, con mañanas llenas de jóvenes sin empleo haciendo nada en las calles limpias, porque medio pueblo trabaja de barrerlas. El 10% de los 5.000 habitantes está nombrado en la comuna, donde hay gente encadenada pidiendo un contrato y una escoba. Pero la comisionada rural, según el secretario habilitado, si no está de vacaciones, va al pueblo sólo los viernes: ella vive en la capital. Y él agregó: en esa administración pública se da empleo primero a los acólitos.

En el Diccionario Biográfico Argentino, Vicente Osvaldo Cutolo presenta a Pedro de Garmendia como "hombre de mucho orgullo, muy envanecido por sus abolengos". Él, desde el exilio, inquirió: "¿Qué vértigo funesto pesa sobre nuestros pueblos? Algunas veces, para consolar mis penas, apelo a la providencia, me convierto en fatalista y pienso que estamos maldecidos por la providencia y que el anatema que pesa sobre nosotros no se revocará en nuestros días". Soberbio...

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