Mi Bella Dama cumple 30 años

La versión tucumana del musical de Lerner y Löewe que dirigió en 1979 Carlos Olivera marcó un hito en la historia del Teatro Estable de la Provincia. Por Juan Carlos Di Lullo - Redacción LA GACETA.

14 Ago 2009
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MI BELLA DAMA. El Teatro Estable de la Provincia durante una de sus presentaciones. LA GACETA / ARCHIVO

La noche del 15 de agosto de 1979 era fría y desapacible, con una persistente llovizna de esas que, cuando llegan, parecen no irse más del invierno tucumano. En la primera cuadra de la calle Alberdi, el público comenzaba a llegar a la sala Paul Groussac; en el hall, en el que todavía podía percibirse claramente el olor del pegamento sintético de las alfombras colocadas esa misma madrugada, el rumor de las conversaciones disimulaba el ruido de los martillazos que los maquinistas daban a los trastos de la escenografía, ultimando los detalles de la realización. En los camarines, cerca de 50 actores, cantantes, bailarines y músicos compartíamos esa excitante mezcla de ansiedad, nervios y felicidad que son característicos en cualquier noche de estreno. Poco antes de las diez de la noche, el público que colmaba la sala escuchó los cuatro golpes de timbal que Salvador Rimaudo había dispuesto en su arreglo musical para marcar el comienzo de la primera función de "Mi bella dama", la pieza de Alan Jay Lerner y Frederick Löewe que, en versión del Teatro Estable de la Provincia, se convirtió con el correr de los años en uno de los éxitos más grandes del teatro tucumano.  
Muchos meses antes, Carlos Olivera había hecho una apuesta muy fuerte proponiéndole al entonces Director de Cultura, Carlos Páez de la Torre, la producción de este espectáculo para celebrar los 20 años del Estable. El desafío se convirtió en una verdadera aventura cuando a los innumerables problemas a resolver que plantea cualquier megaproducción se agregaron los que implicaba la construcción de una nueva sala. Además, hubo que inventar un dispositivo técnico que permitiera realizar 18 veloces cambios de escenografía en un escenario sin "parrilla", hacer la reducción de la partitura orquestal para ser ejecutada por un conjunto de siete instrumentistas (tarea que asumió Rimaudo), ensayar en paralelo las escenas teatrales y los números musicales, y repetir las coreografías hasta que Jorge Valent (que había integrado el elenco de la versión realizada en Buenos Aires en 1961 y se animó a participar de la aventura tucumana) se declaraba satisfecho por el resultado.  
Hace exactamente 30 años, las casi 300 personas que llenaban la platea y los pasillos de la flamante sala saludaron con un cálido aplauso el cierre de la primera escena; fue la señal de que estábamos frente a un éxito. La ovación que provocó el número "Y llévenme a la Catedral", en el segundo acto, despejó cualquier tipo de duda. Cerca de 300 funciones a teatro lleno a lo largo de dos temporadas, las giras a la calle Corrientes de Buenos Aires y al teatro San Martín de Córdoba, y los dos fines de semana de despedida con localidades agotadas en el San Martín tucumano terminaron de certificar un éxito que quedó en la historia del teatro de nuestra provincia.
Tres décadas después, quienes tuvimos la suerte de participar de aquella inolvidable experiencia recordamos esos días con nostalgia y, en mi caso particular, con el enorme orgullo de haber sido parte de un colosal engranaje que dejó una marca perdurable en el recuerdo del público.

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