Culto de la música criolla

Enorme popularidad del folclore en el sector dirigente. Por Carlos Páez de la Torre (h) - Redacción LA GACETA.

VISITA PRESIDENCIAL DE 1912. El doctor Julio M. Terán baila una zamba con doña Zoraida Jaramillo de Vélez. Sobre la derecha, de pechera blanca, se ve al presidente Roque Sáenz Peña. LA GACETA
VISITA PRESIDENCIAL DE 1912. El doctor Julio M. Terán baila una zamba con doña Zoraida Jaramillo de Vélez. Sobre la derecha, de pechera blanca, se ve al presidente Roque Sáenz Peña. LA GACETA
12 Mayo 2008
Los miembros de la clase dirigente, en los primeros años del siglo que pasó, tenían un sincero y generalizado afecto por la música folclórica. Esta no sólo tenía numerosos ejecutantes, sino también muchos verdaderos expertos en las coreografías tradicionales. Solían bailarlas con gracia, en las fiestas campestres y también en las muy formales de la ciudad.
Cuando vino de visita el presidente Roque Sáenz Peña, en 1912 y 1913, en varios de los agasajos oficiales los ministros, legisladores y jueces demostraron estas habilidades. Así lo documentan muchas fotografías. La costumbre se mantuvo hasta promediar los años 1940.
"En la confitería principal ha ocurrido que la orquesta ejecute una zamba y de pronto señores y señoritas de la clase social más afortunada se pusieran a bailar las graciosas mudanzas criollas", escribe Enrique Anderson Imbert en 1946, en "Tucumán, ciudad en el camino", artículo testimonial sobre nuestra provincia.
Añade este profesor que "jóvenes universitarios recogen vidalas, huaynos y zambas del pueblo; y aún las componen reelaborando el material folklórico para cantar después con guitarra, quena, charango, etcétera, en las reuniones sociales".
Apunta que "es muy posible que todo esto sea una moda reciente: más aún: es posible que, si hay una vuelta a lo tradicional en música y baile, responda a una consigna nacionalista más o menos consciente. Pero aún así, es evidente que si se puede conjurar al pasado con tanta facilidad es porque ese pasado estaba próximo a los sentimientos".
Sería muy difícil, dice Anderson Imbert, "que los porteños se pusieran bailar el gato en la avenida costanera, por mucha prédica nacionalista que se hiciera, pero en cambio es muy natural que en las fiestas populares se bailen zambas en la plaza Independencia de Tucumán".

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