19 Mar 2017
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Filadelfia

A principios de los ochenta, en Estados Unidos, los científicos se alarmaron al detectar la aparición de ciertas infecciones y sarcomas de Kaposi en un significativo número de varones homosexuales jóvenes en Nueva York, Los Ángeles y San Francisco. Más tarde advirtieron que los consumidores de drogas por vía intravenosa y los receptores de sangre padecían la misma vulnerabilidad. Este fenómeno constituyó una tragedia abrumadora que devastó las vidas de muchas personas: no existía tratamiento y el índice de propagación parecía irrefrenable. Ocasionó, además, la peligrosa conexión entre sexualidad, enfermedad y muerte, que reavivó posturas conservadoras y moralistas, condenatorias y estigmatizantes, que hablaban de “la venganza de la Naturaleza” frente a supuestos “excesos sexuales”. Es decir, múltiples parejas y prácticas sexuales no ortodoxas.

Lamentablemente, después de más de cuatro décadas, no se han erradicado del todo estas actitudes sociales de discriminación, marginación y estigmatización (tan bien retratadas, en los noventa, en la película “Filadelfia”).

Françoise Barré-Sinoussi y Luc Montagnier –dos científicos franceses del Instituto Pasteur- fueron los primeros en aislar el virus, que hoy se conoce bajo el nombre de virus de inmunodeficiencia humana (VIH). Este hallazgo se produjo en 1983, dos años después de la aparición de los primeros casos sospechosos.

Existen todavía muchas personas que dudan acerca de la diferencia entre VIH y sida: el virus afecta a las células inmunitarias, encargadas de protegernos de las enfermedades. El sida (originalmente acrónimo para síndrome de inmunodeficiencia adquirida) constituye la etapa avanzada de la infección causada por el VIH. Se trata de un conjunto de signos y síntomas que aparece cuando el VIH debilita las defensas, situación que predispone a que las personas desarrollen las llamadas “enfermedades oportunistas” (infecciones o tumores que se desarrollan por causa de un sistema inmunológico deteriorado).

Qué transmite y qué no 

El virus del VIH puede encontrarse en líquidos y secreciones corporales (sangre, semen, líquido preseminal, secreción vaginal y leche materna). Por lo tanto cualquier práctica que permita el contacto de esos líquidos y secreciones corporales con las mucosas (tejidos húmedos del interior de la boca, la vulva, la vagina, el pene o el recto) y el torrente sanguíneo de otra persona, puede causar infección por VIH.

De manera que el virus puede transmitirse por tener relaciones sexuales anales, vaginales u orales sin protección; compartir elementos cortantes o punzantes tales como alicates, máquinas de afeitar, piercings, agujas para tatuar o equipos de inyección; y al compartir canutos o pipas para el consumo de sustancias.

Las embarazadas que tienen VIH, si no hacen el tratamiento, pueden pasar el virus al bebé durante el embarazo, en el momento del parto o durante la lactancia (es lo que se llama “transmisión vertical”).

Nunca está de más recordar aquellas formas por las que no se transmite el VIH, ya que persisten aún hoy muchas creencias erróneas al respecto: no se transmite por besar, abrazar, compartir vasos, cubiertos, el mate o intercambiar ropa; tampoco por usar el mismo baño, la cama o la pileta. No lo transmiten los mosquitos, el sudor o las lágrimas.

Actualmente, cada vez más personas con VIH pueden no desarrollar sida. De hecho, incluso habiendo tenido sida, se pueden recuperar las defensas y llevar adelante una vida normal teniendo VIH, gracias a la eficacia de los medicamentos. 

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Psicóloga, sexóloga clínica y colaboradora de LA GACETA desde hace más de 10 años.

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