Hay lugares que el mapa del vino no alcanza a nombrar. La Quebrada de Humahuaca es uno de ellos. Sus cerros de colores fueron testigos de fiestas de Carnaval y rituales a la Pachamama, de cultivos de papa y maíz. Pero nunca de viñedos. Hasta que llegó un hombre con un sueño que parecía una locura. Y plantó.

Huichaira Vineyards ("donde el cielo se hace vino", como reza su slogan) no es una bodega tradicional. Detrás de este proyecto no hay una historia centenaria ni una casona con nombre de familia ilustre. Hay un padre que soñaba con un vino propio, un hijo arquitecto que construyó la bodega con sus manos y un enólogo que cree que el vino debe contar la verdad del lugar, no la del mercado. Y hay una tierra de 2.750 metros que, después de 10 años de paciencia, empezó a devolver el esfuerzo en botellas que hoy cruzan océanos.

Lo que hace extraordinario a este proyecto fue el coraje de plantar en un lugar donde nadie lo hacía. El encuentro entre el conocimiento ancestral de los agricultores del valle andino y la obsesión técnica de un viticultor que ya había producido en lugares tradicionales como Mendoza y Salta, pero que encontró en Jujuy un desafío que lo movilizó para poner en práctica todos sus conocimientos.

La historia de Huichaira arranca con un hotel. La familia Nieva tenía una pequeña chacra en Tilcara, de menos de una hectárea, donde antes había choclo. Alejandro Nieva decidió plantar ahí las primeras vides, casi como un gesto, un ensayo. Estaba lejos de ser una apuesta productiva.

EL VISIONARIO. Alejandro Nieva fue el impulsor de un proyecto que hoy dio sus frutos.

"Siempre fue el motor de mi papá", cuenta Sergio Nieva y agrega: "Tener la idea de hacer un vino, algo que a nosotros nos parecía una locura porque realmente cuando ves a las familias que se dedican a esto son gente que está hace muchísimo tiempo. Es difícil imaginarse a uno dentro de un rubro del cual no tenés idea; es un mundo que requiere un recorrido y los contactos necesarios".

Pero el padre de Sergio no se detuvo en el ensayo. Siguió buscando. Hasta que encontró, muy cerca del pueblo, una pequeña finca de dos hectáreas y media llamada Huichaira. La compró en 2014 y al año siguiente plantaron las primeras vides. "Tenemos un poquito más de una década en esto. Somos un proyecto joven", detalla Sergio a LA GACETA.

Una apuesta que funcionó

Elegir el lugar fue solo el primer paso. Había que entenderlo. Para eso, el padre de Sergio recurrió a Juan Prates, un ingeniero agrónomo con experiencia en Salta, que visitó la finca y dio el visto bueno. El terreno era apto.Y entonces llegó la pregunta: ¿qué plantamos? Malbec, Syrah y Cabernet Franc fueron los varietales seleccionados para los vinos de Huichaira.

Al mismo tiempo, Prates los puso en contacto con Alejandro "Colo" Sejanovich, un enólogo mendocino con una filosofía particular. "Al 'Colo' le gusta asociarse con gente de diferentes latitudes de la Argentina por sus proyectos y no tenía nada en el norte. Entonces hicieron sociedad con mi viejo", explica Sergio. Así nació una alianza que daría forma a Cielo Arriba, un vino cofermentado donde cada variedad aporta sin disolverse: 80% Malbec, 13% Syrah, 7% Cabernet Franc.

EXPERIENCIA.

Lo que hace única a esta botella no es solo el equipo, sino el lugar. Sejanovich, que ha recorrido el país midiendo suelos y probando vinos, lo explica con precisión: "La Quebrada está formada por pequeñas bajadas de la montaña con un río, por lo que hay pequeñas superficies cultivables. No es un valle donde podés cultivar cientos o miles de hectáreas. Hay pocas bodegas no solo por ser algo nuevo, sino porque hay pocas tierras".

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La finca tiene una exposición al norte y al este, y está a 2.750 metros sobre el nivel del mar. Pero la altura no es su única característica distintiva. "En el mismo viñedo, a medida que vas caminando, el suelo va cambiando en función de cómo fue la formación del coluvio en ese lugar", explica el enólogo y afirma que esa diversidad microscópica, combinada con una orientación distinta a la de la mayoría de las bodegas de la Quebrada (que miran al este u oeste, mientras Huichaira mira al norte), genera un vino que no se parece a ningún otro.

CIELO ARRIBA. La etiqueta del vino es una obra de arte original pintada por el artista plástico jujeño Víctor Montoya.

El Patrimonio de la Humanidad desde 2003, además, es un desierto de altura. La intensidad lumínica es extrema. Las noches son frías. Los días, apenas templados. "Comparado con Mendoza donde un Zonda llega a 40 °C, o Cafayate que en enero supera los 33 °C, la Quebrada es fría. Todo eso genera una expresión aromática única", explica Sejanovich.

Pero los vinos no se hacen solo con uvas. La gente juega un rol clave. "Nuestra capataz es mujer y vive en la finca con su pareja las 24 horas del día", cuenta Sergio y añade: "Es gente del norte, de los mejores agricultores del planeta, que tiene en el ADN ese cuidado por la planta y esa cuestión ancestral transmitida por la Pachamama".

Sejanovich coincide con esta mirada: "Cuando en una finca de cualquier lugar en el que me tocó trabajar conseguíamos un regador o un trabajador norteño, tenías una calidad de trabajo que otra persona no tiene. En el mes de la Pachamama, cuando ves a un local hablándole y dándole de comer a la tierra, notás el respeto genuino que le ponen”.

Caído del Cielo

La primera cosecha de Cielo Arriba fue la de 2018 y se elaboró en Cafayate, en una bodega prestada. Durante dos años, el traslado de la uva se hacía en camionetas, hasta que la producción creció y tuvieron que alquilar un camión. Pero el verdadero desafío llegó en el 2020. "Justo cuando se decretó el cierre total en marzo, estábamos cosechando", recuerda Nieva. Sin posibilidad de cruzar a Salta, los Dupont (una de las principales bodegas de la provincia norteña) les prestaron tanques vacíos y la enóloga Diana “Tana” Bellincioni hizo la otra parte del trabajo. Como la cosecha fue récord, terminaron elaborando en el garaje de una casa en Tilcara. "Fue un tropiezo, pero salió bien", dicen.

UN LUGAR SOÑADO. La bodega se hizo entre las montañas de la Quebrada de Humahuaca.

La experiencia los convenció de que necesitaban un lugar propio. Sergio, arquitecto de formación, construyó las piletas de hormigón y levantó la bodega en adobe, sin alterar el paisaje.

Pero el proyecto no se detiene. Antes de fin de año tienen pensado lanzar al mercado otra botella. Se trata de Caído del Cielo, un vino que ya fue puntuado por el crítico Tim Atkin como revelación en su último reporte de nuestro país, lo que manifiesta el gran presente que tiene el terroir jujeño. "Nace de una selección parcelaria. Identificamos los sectores de mayor calidad en el viñedo. Mantiene pureza y concentración sin ser pesado; es fluido y muy fresco. Estamos definiendo el detalle de la etiqueta”, destaca el profesional cuyano.

EN LA QUEBRADA. Los trabajadores juegan un papel clave en la elaboración de los vinos de Huichaira.

Pero Huichaira siempre busca dar un paso más. Por eso se encuentran trabajando en un Pinot Noir que será el primero de esta parte de Jujuy. "No hay Pinot Noir en la Quebrada; seríamos la primera etiqueta", anticipa Sergio. Una apuesta que, como todas las que hicieron, parece una locura. Hasta que deja de serlo.