Accidentes en las rutas

Convendría que se tomen las providencias.

21 Diciembre 2004
Prácticamente todos los días - y en especial los fines de semana-, la información policial da cuenta de accidentes ocurridos en las carreteras de la provincia. Las más de las veces son sangrientos y con varias víctimas; en otras, por milagro, salen ilesas las personas, pero quedan los vehículos destrozados. Se trata de un cuadro, como decimos, recurrente, que lleva al ciudadano a preguntarse si habrá de ser siempre así. Es decir, si los accidentes en las rutas seguirán acaeciendo como algo habitual y casi cotidiano, y si nunca se transformarán en lo que debieran ser; esto es, en sucesos excepcionales y derivados de la trágica conjugación de circunstancias no comunes. De esta cuestión nos hemos ocupado en este comentario, en múltiples oportunidades.
Respecto de las causas de los percances, las hemos enumerado con frecuencia. Muchas veces la culpa es de los conductores: las velocidades excesivas, la ingesta de alcohol, la temeridad en alguna maniobra que crea ese instante en el cual estallan las catástrofes. Otras veces se trata de fallas en los vehículos, en una amplia gama donde cabe incluir desde la falta de luces reglamentarias hasta los desperfectos mecánicos. También cooperan para la producción de accidentes situaciones externas a quien maneja: la súbita aparición de carros de tracción a sangre, de rastras cañeras sin iluminación, de animales sueltos, son casos reiterados. En fin, sería largo detallar todo lo que puede suscitar un accidente carretero, y la nómina resultaría siempre incompleta.
Lo que interesa es que significa, con muchísima frecuencia, la pérdida absurda de vidas o la producción de graves lesiones en las víctimas. Ello además de los cuantiosos daños económicos que derivan de automotores reducidos a montones de hierro inservible que quedan desparramados en un radio de varios metros.
Evidentemente, la cuestión es cómo evitar que los accidentes se produzcan, o por lo menos reducir drásticamente la alarmante cifra que ellos suman. Se trata de uno de los grandes desafíos que están diseñados frente a una comunidad que, se supone, valora la vida de sus semejantes.
No se necesita, creemos, elaborar complicadas teorías sobre la forma de obtener ese resultado. Se trata de lograr un cambio en la conducta de dos partes del problema. En primer lugar, en los conductores. La creación de una conciencia prudente en quienes tienen la responsabilidad de guiar un vehículo, del porte que fuera, resulta fundamental. Casi no vale la pena recordar que el factor humano es decisivo en todos estos tristes acontecimientos. Y no es utópico pensar que si todos los conductores que se desplazan por una carretera fueran respetuosos de las archisabidas normas que pautan ese tránsito, la estadística de percances no sería la misma que la actual.
Y en segundo lugar -pero en idéntico nivel de importancia- el Estado. Los representantes de la ley, por medio de un estricto y permanente control en las rutas, podrían formalizar un inmenso aporte a la tan deseada seguridad. Impedir la presencia de animales sueltos, erradicar los carros, ser implacables con quienes circulan a excesiva velocidad, o con signos de haber consumido alcohol, o con alguna falla en el vehículo, por ejemplo, vendría a prevenir una incontable cantidad de estos trágicos episodios. El secretario de Seguridad Ciudadana puja por la creación de una Patrulla Vial. Sería muy positivo que eso ocurra, pero de más está decir que si la patrulla no está dotada de absolutamente todos los medios, poco podrá hacer para cumplir con su cometido.
Estamos a pocos días de las Fiestas que son, como se sabe, ocasiones de excesos de velocidad, entre otros. Convendría que se tomen las providencias para evitar que la crónica policial siga sumando casos de percances en las rutas provinciales.

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