19 Diciembre 2004 Seguir en 
Como hace muchos años no sucedía en los Juegos Olímpicos, el deporte trajo una indescriptible alegría a los argentinos. Las medallas de oro en fútbol y en básquet y la destacada actuación de nuestros atletas (tres de ellos tucumanos) en diversas disciplinas abrieron una luz de esperanza, especialmente en la actividad amateur, de que el antiguo adagio "mente sana en cuerpo sano" inspirará una política sostenida y coherente en esta materia. Los deportes llamados individuales pocas veces han encontrado apoyo suficiente del Estado para desarrollarse. Particularmente en Tucumán, si hemos tenido figuras en algún momento, se debió más al talento natural de los deportistas que a una estructura que los sustentara.
Tucumán tuvo, por cierto, un momento alto en el deporte amateur durante los años 60 y 70. Pero, en las últimas décadas, perdió terreno en casi todos los ámbitos. Entre 1992 y 1996, el deporte tuvo en el país importantes presupuestos, que fueron capitalizados por otras provincias para la construcción de estadios, pistas de atletismo, adquisición de elementos (jabalinas, martillos, pelotas, etc.) o para otorgar becas. La clase gobernante tucumana dejó pasar la oportunidad y apostó a los shows deportivos que brindaron réditos políticos, pero que no le dejaron nada concreto a la comunidad.
Pero no sólo en el ámbito de la competencia deportiva es importante el rol de Estado. El deporte está íntimamente ligado con la salud, con el desarrollo físico e intelectual de la persona, y es también una respuesta para combatir las adicciones (alcohol, droga, tabaco) que someten actualmente a buena parte de nuestra juventud. Por ejemplo, la escuela primaria está casi huérfana de competencias intercolegiales y es justamente allí donde se debe sembrar. El deporte también puede contener a cientos de niños y adolescentes que mendigan en las calles y que se drogan con pegamento.A nivel secundario, sí se realizan certámenes intercolegiales en diferentes deportes. Surge una gran cantidad de valores -en voley, por ejemplo- que no son absorbidos por los clubes. Hace ya varios lustros, estas instituciones eran el eje de la actividad social de un barrio y, con el correr del tiempo, dejaron de ser un lugar de encuentro. La mayoría de los clubes tiene serios problemas económicos y su dirigencia, cada vez más claudicante, carece de empuje.
Por otro lado, a diferencia de lo que sucede en otras provincias como Córdoba, donde sí hay una política deportiva coherente, las empresas privadas tucumanas o aquellas radicadas en nuestra provincia han sido, por lo general, reacias a brindar apoyo a las diferentes expresiones deportivas y culturales.
No existe hasta ahora una política provincial que impulse el desarrollo de nuestros talentos y que apoye económicamente a quienes se destacan y tienen posibilidades de llegar lejos. Tampoco tenemos una ley de patrocinio deportivo que les permita a las firmas auspiciantes desgravar impuestos. Las distintas legislaturas provinciales nunca tuvieron tiempo para pensar en que una norma de estas características es indispensable para promover el deporte.
El notable ajedrecista y atleta tucumano de 86 años, Efraín Wachs, que sigue ganando competencias, tiene un decálogo de mandamientos para un buen deportista: "No a la droga, no al tabaco, no al alcohol, no a la violencia, no a la guerra. Sí a al deporte, sí al estudio, sí al trabajo, sí a la amistad, sí al amor".
El deporte colectivo favorece la integración entre los seres humanos; se aprende a compartir y se refuerzan los lazos afectivos. El deporte individual fortalece el amor propio, el deseo de superación -que también está presente en un grupo si es bien orientado-. Alcanzar el éxito tal vez sea lo menos importante; sólo llegan los que tienen talento, buena suerte y se esfuerzan. Lo esencial del deporte está en la posibilidad de hacernos mejores personas.
Tucumán tuvo, por cierto, un momento alto en el deporte amateur durante los años 60 y 70. Pero, en las últimas décadas, perdió terreno en casi todos los ámbitos. Entre 1992 y 1996, el deporte tuvo en el país importantes presupuestos, que fueron capitalizados por otras provincias para la construcción de estadios, pistas de atletismo, adquisición de elementos (jabalinas, martillos, pelotas, etc.) o para otorgar becas. La clase gobernante tucumana dejó pasar la oportunidad y apostó a los shows deportivos que brindaron réditos políticos, pero que no le dejaron nada concreto a la comunidad.
Pero no sólo en el ámbito de la competencia deportiva es importante el rol de Estado. El deporte está íntimamente ligado con la salud, con el desarrollo físico e intelectual de la persona, y es también una respuesta para combatir las adicciones (alcohol, droga, tabaco) que someten actualmente a buena parte de nuestra juventud. Por ejemplo, la escuela primaria está casi huérfana de competencias intercolegiales y es justamente allí donde se debe sembrar. El deporte también puede contener a cientos de niños y adolescentes que mendigan en las calles y que se drogan con pegamento.A nivel secundario, sí se realizan certámenes intercolegiales en diferentes deportes. Surge una gran cantidad de valores -en voley, por ejemplo- que no son absorbidos por los clubes. Hace ya varios lustros, estas instituciones eran el eje de la actividad social de un barrio y, con el correr del tiempo, dejaron de ser un lugar de encuentro. La mayoría de los clubes tiene serios problemas económicos y su dirigencia, cada vez más claudicante, carece de empuje.
Por otro lado, a diferencia de lo que sucede en otras provincias como Córdoba, donde sí hay una política deportiva coherente, las empresas privadas tucumanas o aquellas radicadas en nuestra provincia han sido, por lo general, reacias a brindar apoyo a las diferentes expresiones deportivas y culturales.
No existe hasta ahora una política provincial que impulse el desarrollo de nuestros talentos y que apoye económicamente a quienes se destacan y tienen posibilidades de llegar lejos. Tampoco tenemos una ley de patrocinio deportivo que les permita a las firmas auspiciantes desgravar impuestos. Las distintas legislaturas provinciales nunca tuvieron tiempo para pensar en que una norma de estas características es indispensable para promover el deporte.
El notable ajedrecista y atleta tucumano de 86 años, Efraín Wachs, que sigue ganando competencias, tiene un decálogo de mandamientos para un buen deportista: "No a la droga, no al tabaco, no al alcohol, no a la violencia, no a la guerra. Sí a al deporte, sí al estudio, sí al trabajo, sí a la amistad, sí al amor".
El deporte colectivo favorece la integración entre los seres humanos; se aprende a compartir y se refuerzan los lazos afectivos. El deporte individual fortalece el amor propio, el deseo de superación -que también está presente en un grupo si es bien orientado-. Alcanzar el éxito tal vez sea lo menos importante; sólo llegan los que tienen talento, buena suerte y se esfuerzan. Lo esencial del deporte está en la posibilidad de hacernos mejores personas.







