

Leí en algún lado que la vida es ese guion que separa tu año de nacimiento del de tu muerte. En el caso del querido Negro Benegas, ese guion no podría sintetizarse en pocas palabras. Abundar en su extraordinaria carrera, -en la que brilló con su entrañable Cabo Savino, con el abogado de “El rigor del destino”, con el chofer de “Tiempo de revancha”- sería redundante. Prefiero abordar su recuerdo desde su dimensión humana, íntima, personal. Alberto fue, nada menos, que un tipo generoso, noble, leal, de quien tuve el privilegio de ser amigo. Hombre lúcido y apasionado. Compartir una noche de vinos con el Negro era aventurarse en virulentas discusiones políticas que hábilmente sazonaba con divertidas anécdotas -como las vividas con Ulises Dumont o con Federico Luppi o con Daniel Day-Lewis- de sus viajes o de su vida cotidiana con su amada esposa, Pichona, su hija y sus nietos. Cada reunión con él era solo la festiva antesala del próximo encuentro.
Tuve el honor de trabajar con él en 2008, en mi otra “Buk, un retrato de Charles Bukowsky”, sobre la vida y obra del poeta maldito. Allí Alberto hizo gala de su cuidada disciplina teatral memorizando un texto extenso y difícil y dando pruebas -en completa soledad sobre el escenario del Virla- de su descomunal talento actoral. Buk, en cuyos ensayos me asistieron mi hijo Luciano en Buenos Aires y la actriz Natalia Yapura en Tucumán, fue filmada y ese registro audiovisual fue recientemente subido a Youtube a pedido suyo. Fue posiblemente la última pieza teatral protagonizada por Alberto. Con su partida la sociedad pierde a uno de los últimos actores “de carácter”, a uno de sus más distinguidos embajadores artísticos, a una de sus más entrañables personalidades. El negro no se fue de gira, sigue aquí, en los escenarios, en las pantallas de cine, en nuestra memoria y en el corazón de quienes lo conocimos.







