SIMPATÍA. El “Negro” Benegas en una de sus visitas a su pago chico. la gaceta / foto de ANALIA JARAMILLO
Un indio de la Patagonia ejercita su coraje en un tiempo de revancha. Un milico de frontera blande su valentía para defender al fortín de los malones. Pañuelo al cuello. Gorra militar. Visera negra. Facón caronero dibujan al cabo Savino. Compromiso. Solidaridad. La pasión del abogado de Fotia arenga a los obreros. Las palabras castigan la insensibilidad de Onganía, el dictador que ha cerrado once ingenios y ha dejado a miles de tucumanos sin trabajo. Lidera la marcha del hambre del ingenio Santa Lucía hacia Bella Vista, que será reprimida por la policía, que matará a Hilda Guerrero de Molina. Desesperanza. Escepticismo. Bocanadas de alcohol. Dolor. Violencia. Autodenigración. Un poeta maldito sabotea su existencia en el abismo.
Los ajados 83 años han dejado huérfanos a sus personajes el jueves en Buenos Aires. El 17 de diciembre lo ve nacer en 1938. Entretiene su mocedad animando bailes en clubes e incursionando en la locución. Hasta que aparece ella. Lo arrima a Coco Teglia. “- He escrito una obrita de teatro para que hagamos. - No tengo idea de actuación. – Pero tenés condiciones”. Se convierte en un ciego que reparte bastonazos como si fueran hostias. Ella lo conduce hasta Héctor Posadas, su primer maestro. La dama lo persigue. En una esquina, se topa con un ex compañero de la Escuela de Comercio. Toma un café en La Carpa con Carlos Olivera y le cuenta que están por estrenar “Rómulo Magno”. Lo lleva hasta Boyce Díaz Ulloque. El director le toma una prueba. Se gana el papel. Ingresa al Teatro Estable. Trabaja con varios directores y otros elencos.
La dictadura le sigue los pasos. 1981. Busca el anonimato porteño. Pero tiene que trabajar. Ella le presenta a un tipo que trabaja con Carlos Balá. Le dan dos papeles en cuentos infantiles. Almorzando con el comprovinciano Hugo Finkelstein, entran al bar tres personas y su amigo lo presenta : “Este es un actor que acaba de llegar de Tucumán, viene a ver si hace fortuna”. Desde la otra mesa, uno de ellos no le saca la vista de encima. Piensa que intenta seducirlo. Los tres tipos se levantan, y al pasar por la mesa, el mirón le dice: “¿te gustaría acompañarme?” Van hasta Aries, la productora cinematográfica de Fernando Ayala y Héctor Olivera: “Bueno, vamos a tomar un café”. Entran y este mete la cabeza en uno de los boxes y grita: “¡Ya lo encontré!” No sabe a qué se refiere. Es el cineasta Adolfo Aristarain que busca un actor para su película “Tiempo de revancha” que luego gana premios y le abre las hendijas de la pantalla grande. Ella sonríe.
A la película de Aristarain le suceden El rigor del destino; Cerca de la frontera; La última siembra; La ciudad oculta; Eterna sonrisa de New Jersey; Obsesión de venganza; Pipo, prontuario de un argentino; Pasajeros del Jardín… hasta sumar 39. “A nivel vida, me enriqueció como ser humano, te toca las partes más sensibles. El teatro es un desafío permanente por la variedad de personajes que tocan encarar. En el cine, cuando vos demostrás condiciones para moverte en el medio con cierta facilidad, te convocan. No hay que encasillarse en un género, más que aceptar, el actor debe buscar los desafíos”, dice.
Ella ha dibujado desde siempre su destino. Solidario. Comprometido. Perspicaz. Divertido. Abrazo fraterno. Tal vez antes de partir, lo escucharon decir: “Soy Alberto Benegas y mi casualidad”.








