TIEMPO DE DESPEDIDAS. Las chicas posan para LA GACETA en el colegio que eligieron y al que se sientan orgullosas de pertenecer, más allá de los escollos que debieron superar. LA GACETA/FOTO DE ANALÍA JARAMILLO
“No fue solo entrar a un colegio de varones. Fue crecer ahí -resume Lara Forciniti-. De chica normalizás cosas que hoy sabés que no estaban bien”.
Tenían 10 años cuando cruzaron por primera vez la puerta de una institución que durante casi siete décadas había sido exclusivamente masculina. No entraron en silencio: lo hicieron en medio de protestas, tomas simbólicas, sentadas frente al Rectorado de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) y un debate que excedía largamente a las aulas. En 2018, seis niñas comenzaron a cursar en el Gymnasium. Ocho años después, cuatro de ellas integran la primera promoción de mujeres del colegio.
Provincia no neutral
“Yo me acuerdo de las noticias a nivel nacional, todo el revuelo que había, -dice Cielo Martín Alessandri-. Y pensaba: ¿qué le pasa a Tucumán? Estamos hablando de un colegio público en el que las mujeres tienen derecho de estar y se estaba haciendo una sentada en contra del ingreso”.
Pilar Mercado Vides recuerda el clima previo al cursillo: “Antes de entrar ya sabías que ibas a un colegio lleno de varones. Todo el mundo te lo decía”. Para Lara, rendir el ingreso fue también una forma de enfrentar ese rechazo: “yo quise entrar un poco por hacerle la contra a mi hermano. Él era egresado y no quería que yo entre. Igual ingresé: estudié muchísimo, me fue súper bien”.
Guadalupe Ale lo escuchó desde el lado de las tradiciones: “muchos pensaban que, si entrábamos nosotras, se iban a perder. El campamento, la gira, la Semana del colegio. Como si por ser mujeres eso fuera a desaparecer”. “Vos tenés 10 años y pensás: yo quiero ir a este colegio, estudié para entrar, ¿y hay chicos que no quieren que yo esté ahí?”, recuerda Lara.
Curso “sin guachas”
Una vez adentro, el conflicto dejó de ser noticia, pero cambió de forma. “Hice muchas cosas para poder encajar que hoy no aceptaría -dice Lara-. Aceptar comentarios raros. Aceptar cosas que me hacían mal y nadie decía nada. Ni mis tutores”.
Pilar pone en palabras lo que pasaba: “éramos rechiquititas. Entonces normalizábamos comentarios, actitudes. Hoy te das cuenta de que tenías que poner un freno”. Cielo lo vincula con una cultura más amplia que atraviesa adolescencia, vínculos y masculinidad: “falta mucha ternura. Falta que el humor y la amistad no sean todo el tiempo violentos. Y eso va de la mano con el machismo, porque también les afecta a los hombres”.
La división también se expresó en frases y gestos cotidianos. “Cuando nos cambiamos del curso B al A, en el B festejaban de ser ‘el curso sin guachas’”, recuerda Cielo. “Festejaban que todas las mujeres se habían ido”, agrega Pilar. Guadalupe resume una de las frases más repetidas: “lo que más escuché en todo este tiempo es que el colegio hubiera sido mejor si no entraban mujeres”.
UNA POSTAL DE 2018. Habían sido seis las ingresante al Gymnasium; cuatro de ellas completaron el ciclo allí.
Cuando hablar no alcanzó, empezaron a organizarse. “Nos quejábamos con tutores o profesores y era como que nunca nadie nos escuchaba”, dice Cielo. De esa experiencia nació la Comisión Asesora Femenina (CAF). “La creamos para las nenas -explica Pilar-. Era un lugar donde podían hablar”. El espacio contemplaba el miedo. “Había cosas muy fuertes -recuerda-. Por eso les dábamos papeles para que escriban de forma anónima. Hay nenas tan chiquitas que ni a los padres les cuentan”. “Después se disolvió el CAF porque nosotras pasamos a ser tutoras”, dice Pilar.
Los adultos
La violencia no vino solo de pares. “Cuando pudimos tener acceso a las redes sociales empezamos a leer los comentarios en Facebook de padres sobre lo que había pasado en 2017 -cuenta Guadalupe-. Señores grandes hablando de chicas de 10 años de una forma horrible”. Pilar agrega: “yo siento de corazón que nuestros padres hubieran esperado más: más de la sociedad, más de lo que era la institución también en algunos casos”.
Con el paso de los años, algo empezó a moverse. “Yo estoy muy orgullosa porque veo los otros cursos y ahora hay más mujeres. En los recreos se ve que conviven distinto, que son muy compañeros”, apunta Pilar.
Ese cambio también puede medirse en números. En 2018 ingresaron sólo seis mujeres. Sobre 143 postulantes se presentaron 12 niñas. En 2019 se sumaron 12 nuevas alumnas y, para 2020, el total de mujeres en el colegio ascendía a 34. La tendencia siguió creciendo. En 2025, el 35% del cupo estuvo conformado por mujeres y el 90% de las postulantes logró ingresar, reflejando un alto nivel de desempeño académico. Para el ingreso de 2026, de 33 postulantes mujeres, ingresaron 20 (12 en primera vuelta y 8 en segunda) de un total de 70 lugares. Una tasa de éxito del 67% superior a la masculina.
El campamento
En medio de la disputa por “la tradición”, hubo un lugar donde el Gymnasium se volvió experiencia física y emocional: el campamento. Guadalupe recuerda un momento preciso: “creo que fue después del campamento de 2018, en Salta, el Jardín. Estábamos en el mástil, cantando y yo me sentí muy fuerte: ‘¿qué hago cantando esto con mis hermanos?’”. Cielo ubica ahí también su pertenencia: “fue el día de visita. Les conté a mis padres que no quería volver a mi casa”. Lara se queda con la despedida: “sentí mucho lo que me decían, que disfruté los ocho años que se pasan volando”.
Esa pertenencia convive con un entramado de tradiciones que atraviesan la vida de la “G”: los campamentos existen desde 1948; las giras de estudio, desde 1950; la Semana del colegio se realiza desde 1957; el Club Colegial funciona desde 1951 al igual que “El Chasqui”, una publicación hecha por alumnos.
Y, en ese mismo paisaje, ellas insisten en un punto clave: no todo fue uniforme. “No es que toda la gente de nuestro curso sea mala -señala Pilar-. Somos 69 y hay compañeros que son muy respetuosos. Todo viene de la familia, de cómo te educan”. Cielo refuerza la idea de no generalizar: “es importante no meter a todos en la misma bolsa. Hay muchos que valen la pena como amigos, como personas”.
Pilar amplía el foco y corre la discusión del lugar común: “esto no tiene que ver sólo con mujeres. También hay varones que la pasan mal y no lo pueden decir. Hay mucho machismo”. Desde el rol de tutoras lo vieron de cerca. “No significa solo estar pendiente de las mujeres -explica-. También de los varones. Me pasó de ver varones llorando, que no pueden decir lo que sienten porque te juzgan”. Cielo lo resume así: “no alcanza con trabajar solo con la minoría. Si no hablas con la otra parte, no sirve. Tiene que ser de ambos lados”.
Ser pioneras
Para ellas, su paso no fue solo una experiencia escolar: fue un aprendizaje sobre lo que implica romper un molde. Esa lectura atraviesa sus elecciones: Pilar quiere estudiar Ciencias de la Comunicación, Guadalupe proyecta su vocación hacia Psicología y Trabajo Social; Cielo; Nutrición y Lara imagina un cruce entre Derecho y ciencias sociales, eligiendo Abogacía y luego Psicología o Sociología. En esa mezcla de orgullo y marcas, también aparece el calendario como símbolo. “Nos falta el acto de colación que se hace el 3 de mayo, en la Semana del colegio”, cuenta Pilar. No es una fecha cualquiera: ese día, en 1948, el Gymnasium comenzó formalmente a funcionar como institución.
Antes de irse, dejan un mensaje a las que vendrán. “A la persona que más respeto debés tenerle es a vos misma y no dejarte pasar por encima, es fundamental entender eso”, dice Lara. Pilar suma: “no tener todo normalizado, hoy la mujer ya puede decir: ¨no, por ahí no¨”. No se van iguales a como entraron. Tampoco se van sin marcas. Pero egresan sabiendo algo: ocuparon un lugar que no estaba previsto para ellas. Y lo sostuvieron.
Aquel proyecto
La iniciativa que apuntó al ingreso de mujeres al Gymnasium fue presentada por la entonces consejera estudiantil María Virginia Borigen, egresada de la Facultad de Derecho y militante de Franja Morada. Ella recuerda que el proyecto surgió en un contexto de fuerte discusión social y resistencias internas. Junto a un compañero de militancia, Facundo Díaz, decidió llevar el tema directamente al Consejo Superior para evitar que el conflicto se prolongara. “No queríamos que se dilatara ni que siguiera generando enfrentamientos”, señala.
“No hubo voces en contra. Todos acompañaron los argumentos de inclusión, igualdad y no discriminación”, destaca. Entre los fundamentos se citaron normas nacionales e internacionales que obligan a la universidad a garantizar igualdad de derechos y acceso a la educación, además de los beneficios pedagógicos de la educación mixta.
Para Borigen, el ingreso de mujeres no era solo una cuestión administrativa, sino una definición de fondo. “Quitarles a las niñas la posibilidad de acceder a una escuela experimental de la universidad era discriminatorio. Los estudiantes no pueden formarse aislados del otro género: la convivencia y el respeto se aprenden desde la escuela”, sostiene.
Años después, una imagen terminó de darle sentido a todo: “en una marcha de Ni Una Menos vi a chicas del Gymnasium participando, comprometidas, usando las herramientas que les dio la escuela. Ahí entendí que valió la pena”.








