Espíritu alerta. Curiosidad intacta. Conversador ameno. Alma docente. Sus ojos se callaron hace ocho años, pero ello no ha representado un obstáculo para seguir actualizado y trabajar con la misma pasión con la que llegó a Tucumán para enseñar en la Facultad de Ciencias Exactas y Tecnología de la UNT. Han transcurrido desde entonces seis décadas. En septiembre pasado, la Facet lo distinguió bautizando con su nombre al Laboratorio de Desarrollos Especiales.
“Me atraía el funcionamiento de las ondas hertzianas. Mi padre era suboficial de Comunicaciones del Ejército, ya veía que el hecho de la comunicación por radio era utilizable en distintos lugares, era todo una especie de magia, cómo se podía hacer la comunicación a distancia. En la época de la niñez, cuando no existía todavía la televisión, el escuchar por radio era una cosa que tenía cierto aspecto mágico para mí. En el secundario, me tocaron profesores de matemáticas y de física realmente muy buenos que consolidaron esa vocación y cuando apareció en la Facultad de Ingeniería de la UBA, la carrera de ingeniería en telecomunicaciones, ahí me prendí de entrada”, recuerdan los 89 años del ingeniero Carlos Boquete, que nació en la ciudad de Buenos Aires el 7 de octubre de 1933, vivió en Caseros y se graduó de ingeniero en telecomunicaciones en la UBA.
- ¿Cómo se produce su llegada a Tucumán?
- Me recibí en enero de 1957. Había trabajado como técnico en una empresa y luego entré en Topeco, que fabricaba todos los elementos para la construcción de receptores de radio y de televisión. Estando recibido de ingeniero y trabajando en el Instituto Radiotécnico de la Facultad de Ingeniería en UBA, en la cátedra de Mediciones Eléctricas, me entero de que la Universidad Nacional de Tucumán estaban buscando profesores para la carrera de Ingeniería Electrónica; eso en el año 61. Me comunico con la Facultad de Ciencias Exactas y acordamos una visita a Tucumán. El sábado 18 de agosto doy una charla en el Instituto de Ingeniería Eléctrica que sirvió para que me conocieran a mí y yo conociera la Universidad, me ofrecían la residencia de Horco Molle e iniciamos el diálogo con el ingeniero Freiberg que era el director del Instituto. El rector era Virla y el decano, el ingeniero Herrera, quien me ofreció un contrato por dos años con la opción a dos más y yo le dije: “hagamos el primer contrato por un año a ver qué pasa y después vemos”.
- ¿Ya conocía Tucumán o era la primera vez que venía?
- Venir a Tucumán no era fácil para la gente que vivía en Buenos Aires. En agosto del 61, en el diario La Razón, por ejemplo, vi una fotografía del fotógrafo Font de LA GACETA, con la policía montada dándoles bastonazos a los estudiantes en la calle Muñecas. Era la época de Laica o libre. Entonces animarse a venir a Tucumán en esas condiciones… Con mi señora nos animamos porque me gustó el clima emprendedor que percibí en la Facultad. Me trasladé el 31 de marzo de 62 en el Estrella del Norte y llegué el mismo día que lo sacaban del gobierno a Frondizi y al gobernador de Tucumán, Gelsi. Y a partir de ese momento, el trabajo en Tucumán fue muy interesante. Ese primer año fue muy apasionante porque trabajamos mucho en el diseño de un plan de estudios porque hasta ese momento, los estudiantes de Ingeniería Electrónica, el penúltimo año lo iban a hacer en la Universidad de La Plata; acá existía la carrera de Ingeniería Eléctrica con orientación electrónica e industrial. La meta era empezar a dar todas las materias del último año. Yo entré en el 62 y ese año trabajamos con los ingenieros Bühler y Vitaly Grosse en el diseño del nuevo plan de estudios que fue el Plan 63. Y ahí empezó ya a pleno, entonces la parte de electrónica y yo ahí empecé a trabajar, inclusive ese año apareció la posibilidad a través del físico Sandro Radicella que trabajaba en el Instituto de Física de la UNT. Él estaba haciendo unos trabajos de investigación junto con gente de NASA. Entonces la idea era hacer mediciones ionosféricas y estaba participando también la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales.
- ¿Cómo fue la experiencia del Chamical, en La Rioja, en el año 67? ¿Cuál era la importancia de las mediciones en la ionósfera?
- En ese momento, no existían todavía lo que ahora conocemos como las estaciones de radio de frecuencia modulada, era solamente la radio por onda larga y onda corta, era la época de los receptores de cinco bandas. Por ejemplo, en Tucumán por onda larga se escuchaba Radio El Mundo, Radio Belgrano, y la propagación de las ondas era por la reflexión en la ionósfera. Entonces el conocimiento de la ionósfera era fundamental, las comunicaciones en el campo se hacían por banda lateral única, que también que es una forma de comunicación por radio, pero cada uno de los que se registraban tenía un horario, por ejemplo, de media hora para la comunicación y si había buena comunicación bien y si no, perdiste. En el parque del 9 de Julio, había una casa donde había un sondador ionosférico que era manejado por el ingeniero López de Zavalía, profesor del Instituto de Ingeniería Eléctrica. El conocimiento de la ionósfera se hacía por mediciones en base a esos sondadores, que mandaban ondas de radio verticales y que se medían en función de eso. La importancia de hacer mediciones era mediante un cohete sonda, porque la altura de la ionósfera es alrededor de los 80 a 120 km de altura. Esas mediciones se hacían mediante un cohete que llevaba una carga útil que hacía entonces las mediciones concretas de la densidad electrónica, y eso se después se procesaba. Eso fue lo que se hizo con las dos mediciones que se hicieron con cohetes, que manejados por la UNT con el apoyo de la NASA y la Comisión Nacional de Estudios de Investigaciones Espaciales
- O sea que nuestra universidad fue de algún modo pionera en este tipo de experiencias, como también lo fue en otras.
- Exacto, fue notable, cuando se hizo el primer lanzamiento, el artículo que sacó el diario Clarín de lo que se había hecho. Incluso acá en Tucumán el arquitecto Lombana, que estaba en Canal 10, hizo un video. Entonces esos son los documentos que han quedado de esa época. Los más importante de eso fue el equipo que trabajó en este tema: el licenciado Radicella manejaba la parte física; la implementación electrónica la hacía el Instituto de Ingeniería Eléctrica; yo estaba a cargo de ese proyecto y trabajamos con el equipo formado con estudiantes de Ingeniería Eléctrica y entre ellos, se destacaba Mario Humberto Acuña, un cordobés que había venido a estudiar electrónica a Tucumán. Con él fuimos a la NASA, donde yo estuve tres meses y él siguió trabajando con el diseño de los transmisores que se usaban para la medición.
- ¿Qué materias tenía a su cargo en la Facultad de Ciencias Exactas?
- Las que tenían que ver con la física de los semiconductores. Hay que tener en cuenta que en 1947 aparece el diseño del primer transistor. Y en el 52, cinco años después, ya existía la primera radio portátil a transistores, la Regency, que fue toda una innovación, en ese año ya existían las radios a transistores y todavía la UBA no lograba que se hablara de transistores, seguíamos hablando de válvulas y todo ese tipo de cosas. Cuando empiezo a trabajar en Topeco, se comenzaba a trabajar con el primer receptor de a transistores en Argentina. Había dos empresas que estaban trabajando en eso: Topeco, haciendo un receptor de cinco bandas y el cliente era Philco. Por otro lado, Marcelo Diaman, que era el gerente de Tonomac, estaba diseñando su propio equipo a transistores en cinco bandas. En el 57, ya estaban compitiendo dos empresas para trabajar equipos de transistores y todavía en la universidad no se enseñaba. Entonces cuando vine a Tucumán, mi meta era incorporar el transistor como elemento básico y eso lo logramos con el ingeniero López de Zavalía. Era la época dual porque las radios todavía se seguían fabricando con válvulas, pero ya empezaban a trabajar con el tema de transistores. Entonces eso fue la gran la gran innovación que tratamos de implementar en Tucumán.
- A su edad, cómo percibe esta transformación en las comunicaciones que ha experimentado la humanidad con el desarrollo de la tecnología. ¿Se imaginaba que iba a haber esta especie de estallido en las comunicaciones?
- No. Esto fue una sorpresa. ¿Conoce el concepto de cisne negro? Se refiere a aquellos fenómenos que son imposibles de pensar como posibles porque son una cuestión de fantasía. En Australia aparecen por primera vez cisnes negros que nunca se habían visto, nadie se los imaginaba como posibles y aparecieron, entonces así como fenómenos de ese tipo, en cierta medida, el transistor generó una especie de cisne negro que no se conocía, posibilitó las comunicaciones con muy bajo consumo y todo lo que generó después en lo que hace a la facilidad de comunicaciones, a las microondas y todo lo demás. La electrónica produjo una especie de cisne negro, sorprendiendo con cosas impredecibles.
- ¿Hasta dónde cree que va a llegar el ser humano en cuanto al desarrollo de la tecnología?
- Yo sigo pensando que estamos conociendo mucho más del mundo exterior, a través de la tecnología, pero todavía no nos estamos conociendo a nosotros mismos. Es decir, fíjese todo lo que se está trabajando en la parte de control de los comportamientos, no lo logramos controlar el estrés. ¿Por qué se está dando en las redes sociales la necesidad de mostrar las intimidades y descalificarse? Como seres humanos, nos descontrolamos a nosotros mismos, la tecnología ha hecho que nos descontrolemos.
- ¿Alguna asignatura pendiente que le haya quedado en sus 89 años?
- Antes de jubilarme me di cuenta de que lo que yo sabía de electrónica no tenía valor comercial para un jubilado que quisiera hacer asesoramiento. Yo quería seguir trabajando, entonces me di cuenta de que la gestión de la calidad era importante. Entonces me dediqué justamente en los años 90 perfeccionarme en eso. Y vengo trabajando desde entonces asesorando a una empresa de Tucumán en el tema de salud. En ese sentido, fui cambiando de trabajo periódicamente porque las novedades que aparecían, me parecían innovadoras. Trabajar en gestión de la calidad en el servicio de Salud fue un desafío muy interesante que me apasionó y sigo trabajando en eso. Aquí estamos, todos los días, trabajando cinco horas en la mañana y a veces algunos por la tarde, tenemos mucho para hacer. Me falta tiempo para hacer todas las ideas que están dando vuelta en mi mente.
Con la mirada en el cielo
“Los pies en la tierra y la mirada en el cielo. Universidad Nacional de Tucumán: importante aporte para la investigación de la ionósfera” se titula la nota del diario Clarín, del 15 de agosto de 1967.
“El corresponsal de Clarín ingresa en el Laboratorio de Desarrollos Espaciales del Instituto de Ingeniería Eléctrica, en el que se halla un grupo de jóvenes técnicos e ingenieros, manipulado toda suerte de modernos y complejos instrumentos. Restando preciosos minutos de su actividad al ingeniero Carlos B. Boquete (33 años), quien dirige el laboratorio con su colega Mario Acuña (27 años), se interioriza de que el proyecto ION 67 constituye la segunda etapa de los trabajos de mediciones ionosféricas, iniciadas en Chamical, La Rioja, en 1964, con utilización de cohetes... ‘En el proyecto ION 64 -continuó el ingeniero Boquete- no se pretendió medir vientos, cosa que sí se hará en el actual... El programa previsto de lanzamientos está dividido en tres etapas, la primera de las cuales se cumplirá el 24 del corriente con el lanzamiento de un cohete de precedencia norteamericana destinado a estudiar la ionósfera... Clarín ha destacado en anteriores informaciones el lugar de avanzada que ha conquistado en Sudamérica el cuerpo de investigadores del Instituto de Ingeniería Eléctrica de la UNT y que constituye un auténtico motivo de orgullo para nuestra nación”








