Pizarnik y el enigma de una obra, una vida y una muerte

Pizarnik y el enigma de una obra, una vida y una muerte

Una obra testimonial y poética.

TRAZOS VÍVIDOS Y EMOTIVOS. Inés Malinow recrea la figura de una amiga querida y admirada como ser excepcional. ecured.cu TRAZOS VÍVIDOS Y EMOTIVOS. Inés Malinow recrea la figura de una amiga querida y admirada como ser excepcional. ecured.cu
02 Octubre 2022

TESTIMONIO    

ALEJANDRA SECRETAI

NÉS MALINOW

(Druida – Barcelona)

Fruto de la memoria y de la devoción hacia una amiga querida y admirada como un ser excepcional, la autora de este libro recrea su figura con trazos vívidos y emotivos. Inés Malinow declara en unas palabras liminares el origen de Alejandra secreta: “León Ostrov me regaló, a la muerte de Alejandra Pizarnik, una veintena de cartas, escritas por la poeta. (...) De ese material, entresaqué párrafos, pensamientos, circunstancias, y así nació ese volumen, pues de inmediato advertí que esas cartas eran, ante todo, poesía”. Por su parte, el poeta Antonio Requeni, quien también fue amigo entrañable de Pizarnik, señala en la contratapa: “Los versos y las prosas líricas de este libro van más allá de lo que la crítica moderna ha dado en denominar ‘intertextualidad’. Son textos que reconstruyen las delicadas e íntimas relaciones de un alma que desafiaba los límites del mundo visible y ansiaba desesperadamente llegar a las puertas de la salvación por el camino de la belleza. Son textos que asumen, a la vez, la recreación de un estilo. Proeza, sin duda, que Inés Malinow ofrece a los lectores (...) como prueba de su notable capacidad literaria y de una profunda identificación espiritual”.

Debo confesar que quienes no hemos conocido personalmente a Alejandra Pizarnik (y que tal vez por eso hablar de ella mencionando sólo su nombre de pila nos sonaría tan extraño como referirnos a Pessoa simplemente como Fernando o a Borges como Jorge Luis), nos sentimos a veces ante testimonios y ofrendas de esta naturaleza como puede sentirse un escéptico ante la fervorosa devoción de un creyente que relata los milagros de su santo preferido. Algo hay de hagiografía en estas páginas: vale decir, en este libro dedicado a la “Alejandra secreta”, en realidad nos encontramos con la imagen más conocida de la poeta, esa imagen que ya tiene su hornacina en el corazón y la mente de muchos poetas y poetisas de las generaciones sucesivas a la de Pizarnik. Es la imagen que la representa como una víctima de la familia y de la sociedad en la que le tocó nacer, así como de su sacrificio a un arte absoluto, por el cual necesariamente la palabra desemboca en el silencio y la vida, en la muerte. A esta “poeta enamorada de los ángeles”, los ángeles le han correspondido su amor, y ya ha sido angelizada.

Para quienes comparten la devoción por Alejandra a secas, recomendamos pues esta colección de prosas líricas y poemas de Inés Malinow, que denotan esa “identificación espiritual” a que hacía referencia Requeni (poéticamente, en cambio, creemos que los textos no permiten confundir el estilo de Pizarnik con el trazo propio de Malinow, que muestra su oficio de prosista en la mayor circunstancialización y narratividad de sus poemas): la admiración por su poeta no será defraudada, todo lo contrario.

Pero para quien no participa de esa veneración, también recomendaríamos el libro. Por una parte, entre las plumas angélicas el lector podrá percibir el temblor meramente humano de la carne de un ser que buscaba acercarse a otros seres en busca de un poco de calor, como cuando la autora recuerda que Alejandra Pizarnik solía visitarla con algún pretexto, atraída en realidad por el cariño que les había tomado a sus hijas pequeñas…

Alejandra secreta, de Inés Malinow, con todo, no es un libro de crítica, sino una obra testimonial, además de poética, en la cual importa fundamentalmente el enigma de una obra, de una vida y de una muerte que sus páginas buscan transmitir -no develar-: de allí, tal vez, el mejor sentido del adjetivo del título, ese secreto que la palabra poética sin cesar merodea y que a veces encarna.

© LA GACETA

Pablo Anadón

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