Un tango aún respira en el último pucho de Napoleón Escobar

El pianista, nacido hace 115 años, fue uno de los protagonistas del Tucumán musical de otros tiempos. De las amenazas maternas a los grandes escenarios.

En alguna página perdida del recuerdo viven las orquestas típicas. Los bailes en los clubes. El dibujo del dos por cuatro en las confiterías céntricas. Voces de un teclado ruedan en cascada en la espalda de la madrugada.

1987. El lunes 23 de noviembre se ha detenido en la calle San Lorenzo 739 para celebrar los 80 años de un antiguo propietario de la ternura noctámbula, que recibe el abrazo de Nélida Pacheco, su esposa, de su hija Pili y de sus nietos.

Desde hace un tiempo, la enfermedad lo ha amurado en el sufrimiento. Temeroso de que la luz de su corazón se extinguiera antes, en agosto lo he visitado por sugerencia del querido Dardo Nofal. La mano me saluda débilmente. Hace un esfuerzo por hablar.

Un pedazo de calles y bares tucumanos construyen su historia amasada en la música y en el gesto generoso de aquellos, que se conectan con el corazón del mundo. “En casa solía haber un piano en la sala, pero solo lo tocaba mi hermana. Algo de Strauss, Chopin… Por esos años, el tango no tenía entrada en las respetadas casas de familia. Le hablo de los años 20. Mi mamá, que se llamaba Carmen, me tenía jurada una paliza si me acercaba al piano, pero yo me las arreglaba. Cuando nadie me veía, le metía mano al piano y sacaba mis tanguitos, de oído nomás. Después, el que me guió musicalmente fue el maestro Juan Serra Bernabé”, cuenta.

El pianoteo precoz se consuma poco más tarde, en 1921, en su primera actuación pública: “A los 14 años actué por primera vez en el teatro Politeama Argentino, que quedaba en 9 de Julio y Las Piedras. Integraban la orquesta Luis Varas en bandoneón, el Gordo Suárez en violín y Alfonso Torres Guadalupo en batería, porque en ese entonces todas las orquestas típicas tenían baterista”.

Caminador de un tiempo ido, compañero de la bohemia, lo asaltan a menudo imágenes de su juventud. “En el Tucumán de esa época se podía tocar en las confiterías El León, en La Madrid y Congreso, y al frente, el Mundial Park. También el cine social de los Hermanos Caporaletti, en Laprida al 100; los cines Moderno, Majestic, Splendid; las confiterías Londres, Buen Gusto, París… Ocurre que en los cines, como las películas eran mudas, uno tenía que ir tocando la música a medida que se las proyectaba”, evoca.

Hacia 1925, sus blancas y corcheas viajan a La Paz y Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) y a su regreso forma su orquesta. Llega a tener tres conjuntos: tango, jazz y ritmos tropicales. Toca en los bares Helvecia, El Buen Gusto y la Lucciola; es el pianista de la orquesta típica Select. Las radios LV12, y también LV7, lo cuentan como uno de sus artistas habituales.

Vivo o muerto

Victorio Militello, Virgilio Carmona, José Luis Padula, Joaquín Signorelli, Luis D’ Angelo, José Laurito, los hermanos Cognato, Eduardo Podazza, Francisco Scapola, Alfredo Grillo, José Melián,  José Teves, Miguelito Ruiz y Alberto Albornoz, Pastor Bringas algunos de los notables músicos con los que comparte las madrugadas tucumanas en distintos escenarios.

“Padula era parte de aquel Tucumán tan distinto. Una vez, él estaba contratado para tocar en la confitería bailable de Vicente Pinello, en el parque 9 de Julio, pero no apareció. Entonces Pinello me llamó para reemplazarlo. Cuando llegué al local, en la puerta había un cartel del que me reí años: ‘José Luis Padula. Buscado. Vivo o muerto. 100 pesos de rescate’. Creo que el espíritu de la gente era otro en ese tiempo”, cuenta.

1988, 26 de marzo. Un súbito silencio amordaza aquel gesto de un músico que ha dejado sin teclado a la vida. De allí han brotado alegrías y dolores, nocturnidades de estrellas, suburbios reos y cromáticos, donde se dice, nació el tango. Un pentagrama desnudo vagabundea por las noches sin ese amigo hacedor de la ternura de las vigilias, de la emoción del canto, de la mano que se abre en un parpadeo de tangos y milongas, que liberan el gesto apresurado de la vida.

El sábado detiene las agujas del corazón de Napoleón Pucho Escobar. Desde entonces anda tangueando en la eternidad.

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