23 Junio 2002 Seguir en 
Es creciente la cantidad de personas, en su mayoría jóvenes profesionales, personas con importante formación académica, y también técnicos capacitados, gente con oficio, que abandona Argentina en busca de mejores horizontes laborales.
Nuestro país se ha convertido en expulsor de sus propios habitantes. Lo que a principios de siglo pasado era la esperanza del mundo se ha convertido en la gran decepción, en el gran fracaso. Hay muchas razones para que esto haya ocurrido, pero quizá la más consecuente sea el déficit de una cultura nacional que privilegie el tejido social, de una sociedad que respete sus propias leyes, que las haga cumplir, y que ponga el mismo celo en el cumplimiento de las virtudes cívicas que en sus virtudes privadas. Los jóvenes, los que quieren trabajar y son capaces, se van. "Este país" no les ofrece un trabajo seguro, no les asegura que ganarán dinero dependiendo de sus capacidades y esfuerzos; sino que en muchos casos la retribución está en relación inversamente proporcional a la responsabilidad mostrada y a su capacidad en el desempeño de sus funciones. La distribución del dinero es, en general, injusta, inequitativa y desigual; atenta contra la misma sociedad, puesto que desarrolla el desaliento de los mejores y la soberbia de los peores.
¿Qué hacemos con nuestros recursos humanos? Los estamos preparando de la mejor manera posible, gracias al aporte desinteresado de los docentes de todos los niveles, que son tratados con indiferencia por la sociedad, sin reconocimiento económico y sin prestigio. Entonces, los que pueden, se van. A veces, a la deriva. La migración, además de ser una apuesta al futuro y un desafío a las propias fuerzas, es un fenómeno cada vez más masivo y doloroso. Se van los que tienen menos ataduras de familia y de bienes, y mayores bríos para la lucha. Se van los mejor preparados, porque no esperan encontrar en su trabajo acá la satisfacción que tendrían en otro lado.Algunos se van felices, pero muchos se van porque sienten la insatisfacción, el vacío, la frustración, la desesperanza de una lucha sin futuro, sienten que no hay lugar para ellos en el país en los términos de capacidad y competencia. La partida es difícil, se cortan lazos, se extraña a las personas, las cosas, los lugares, la relación con los demás, los códigos culturales. Y en esto también vemos cómo las sociedades fuertes conforman a las personas: los "típicos argentinos", en el peor de los sentidos, se convierten en otro país en ciudadanos respetuosos de las leyes, las normas y los compromisos. Llegan temprano al trabajo, cuidan su comportamiento, tienen conductas adecuadas y aceptadas socialmente: aprenden muy rápidamente que en una sociedad ordenada, es necesario cumplir las reglas y lo incómodo o fatal que puede resultarles el hecho de ser "piolas". Afuera, los argentinos hacen esfuerzos y aceptan trabajos que no aceptarían en su propio país: personas muy capacitadas aparecen realizando tareas manuales menores para sobrevivir. Vivir en el exterior no es sencillo. Ahí se descubre que cada país extranjero cuida y protege a sus ciudadanos, y los extranjeros tienen menos oportunidades y menos ventajas. Al hecho grato de descubrir que la formación profesional adquirida en Argentina es de muy buena calidad, y que están en condiciones de competir ventajosamente, se añade el hecho de que latinos, sudamericanos, y aún más argentinos, son mal mirados en otras latitudes.
Se paga un precio alto en afectos, aunque la ganancia sea la tranquilidad de una vida ordenada y sin sobresaltos económicos.
¿Podríamos hacer lo mismo acá? Como ciudadanos, ¿podríamos trabajar con capacidad y dedicación, cumplir los compromisos, respetar las leyes? Como líderes, ¿podríamos tener un país que cuide y reconozca a sus recursos humanos de calidad?
El desarraigo plantea el problema de empeorar la calidad de vida, al perder los afectos y las raíces. Que no les importan tanto a todos, pero a lo lejos se vuelven más importantes de lo que uno creía. Partir es una decisión personal. Es bueno y deseable que todo el que quiera se pueda ir. Es una experiencia enriquecedora, que sirve para constatar por comparación cuál es nuestro nivel, para conocer otros países y culturas, nuevos y diferentes modos de hacer las cosas, para aprender.
Pero también es deseable que todo el que quiera pueda volver, a este país, nuestro país, y que encuentre en él las oportunidades que le permitan crecer y desarrollarse sin tener que resignar su bienestar económico, lo pueda hacer. Es trascendente que el país le permita a sus hijos estar con sus afectos sintiendo que está en el mejor lugar del mundo. Que Argentina sea capaz de mantener dentro suyo a los hijos dilectos que la aman. Que encuentren en ella las oportunidades de trabajo y desarrollo, de retribución justa y de seguridad del reconocimiento y la valoración de las capacidades, competencias y habilidades de aquéllos que quieren aportar a su país, consiguiendo sinérgicamente, sus propias metas personales.(Por Graciela Chamut, Psicologa Laboral)
Nuestro país se ha convertido en expulsor de sus propios habitantes. Lo que a principios de siglo pasado era la esperanza del mundo se ha convertido en la gran decepción, en el gran fracaso. Hay muchas razones para que esto haya ocurrido, pero quizá la más consecuente sea el déficit de una cultura nacional que privilegie el tejido social, de una sociedad que respete sus propias leyes, que las haga cumplir, y que ponga el mismo celo en el cumplimiento de las virtudes cívicas que en sus virtudes privadas. Los jóvenes, los que quieren trabajar y son capaces, se van. "Este país" no les ofrece un trabajo seguro, no les asegura que ganarán dinero dependiendo de sus capacidades y esfuerzos; sino que en muchos casos la retribución está en relación inversamente proporcional a la responsabilidad mostrada y a su capacidad en el desempeño de sus funciones. La distribución del dinero es, en general, injusta, inequitativa y desigual; atenta contra la misma sociedad, puesto que desarrolla el desaliento de los mejores y la soberbia de los peores.
¿Qué hacemos con nuestros recursos humanos? Los estamos preparando de la mejor manera posible, gracias al aporte desinteresado de los docentes de todos los niveles, que son tratados con indiferencia por la sociedad, sin reconocimiento económico y sin prestigio. Entonces, los que pueden, se van. A veces, a la deriva. La migración, además de ser una apuesta al futuro y un desafío a las propias fuerzas, es un fenómeno cada vez más masivo y doloroso. Se van los que tienen menos ataduras de familia y de bienes, y mayores bríos para la lucha. Se van los mejor preparados, porque no esperan encontrar en su trabajo acá la satisfacción que tendrían en otro lado.Algunos se van felices, pero muchos se van porque sienten la insatisfacción, el vacío, la frustración, la desesperanza de una lucha sin futuro, sienten que no hay lugar para ellos en el país en los términos de capacidad y competencia. La partida es difícil, se cortan lazos, se extraña a las personas, las cosas, los lugares, la relación con los demás, los códigos culturales. Y en esto también vemos cómo las sociedades fuertes conforman a las personas: los "típicos argentinos", en el peor de los sentidos, se convierten en otro país en ciudadanos respetuosos de las leyes, las normas y los compromisos. Llegan temprano al trabajo, cuidan su comportamiento, tienen conductas adecuadas y aceptadas socialmente: aprenden muy rápidamente que en una sociedad ordenada, es necesario cumplir las reglas y lo incómodo o fatal que puede resultarles el hecho de ser "piolas". Afuera, los argentinos hacen esfuerzos y aceptan trabajos que no aceptarían en su propio país: personas muy capacitadas aparecen realizando tareas manuales menores para sobrevivir. Vivir en el exterior no es sencillo. Ahí se descubre que cada país extranjero cuida y protege a sus ciudadanos, y los extranjeros tienen menos oportunidades y menos ventajas. Al hecho grato de descubrir que la formación profesional adquirida en Argentina es de muy buena calidad, y que están en condiciones de competir ventajosamente, se añade el hecho de que latinos, sudamericanos, y aún más argentinos, son mal mirados en otras latitudes.
Se paga un precio alto en afectos, aunque la ganancia sea la tranquilidad de una vida ordenada y sin sobresaltos económicos.
¿Podríamos hacer lo mismo acá? Como ciudadanos, ¿podríamos trabajar con capacidad y dedicación, cumplir los compromisos, respetar las leyes? Como líderes, ¿podríamos tener un país que cuide y reconozca a sus recursos humanos de calidad?
El desarraigo plantea el problema de empeorar la calidad de vida, al perder los afectos y las raíces. Que no les importan tanto a todos, pero a lo lejos se vuelven más importantes de lo que uno creía. Partir es una decisión personal. Es bueno y deseable que todo el que quiera se pueda ir. Es una experiencia enriquecedora, que sirve para constatar por comparación cuál es nuestro nivel, para conocer otros países y culturas, nuevos y diferentes modos de hacer las cosas, para aprender.
Pero también es deseable que todo el que quiera pueda volver, a este país, nuestro país, y que encuentre en él las oportunidades que le permitan crecer y desarrollarse sin tener que resignar su bienestar económico, lo pueda hacer. Es trascendente que el país le permita a sus hijos estar con sus afectos sintiendo que está en el mejor lugar del mundo. Que Argentina sea capaz de mantener dentro suyo a los hijos dilectos que la aman. Que encuentren en ella las oportunidades de trabajo y desarrollo, de retribución justa y de seguridad del reconocimiento y la valoración de las capacidades, competencias y habilidades de aquéllos que quieren aportar a su país, consiguiendo sinérgicamente, sus propias metas personales.(Por Graciela Chamut, Psicologa Laboral)







