21 Noviembre 2004 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Perón solía decir que, en política, de vez en cuando "hay que tragarse un sapo". Y en materia de relaciones económicas internacionales, según parece, también. O quizás más de uno, como en el caso chino, tras haberse llegado, moneda a moneda, a conformar el anuncio de los U$S 20 mil millones; sólo el tiempo dirá si fue o no puro cuento.
Lo cierto es que, debido a la avasallante pretensión del gigante asiático de conseguir ya mismo el status de "economía de mercado" que la Organización Mundial de Comercio (OMC) le acordará en plenitud recién en 2016, los acuerdos firmados marcaron la evidencia de que, si bien se jugó fuerte por ambas partes, China se llevó lo que quería y dejó en la Argentina más interrogantes que certezas.
En primer lugar, se profundizó la brecha entre Roberto Lavagna y el resto del Gobierno. Quedó muy evidente su actitud de automarginarse, y hasta hay senadores que cuentan que no habló muy bien sobre los pasos dados en relación con China. Antes de avanzar en esa dirección, quizás el ministro hubiera preferido tener cerrado el frente de la deuda, que se le sigue complicando en el exterior.
A regañadientes
Desde lo filosófico, el Gobierno tuvo que admitir a regañadientes que en materia de comercio bilateral no se puede hacer todo lo necesario para vender y luego hacerse el desentendido para no comprar, aunque uno sea un pobre país en default, y el otro, un mercado poderoso y activo de 350 millones de personas. Así es el mundo de la apertura, aun para países que hasta hace pocos años vivían encerrados tras una muralla. Sin posibilidad de retroceso, el Gobierno decidió pagar ciertos precios políticos y tomar el camino de poner los eventuales beneficios generales por encima de algunos intereses sectoriales. Brindar el reconocimiento que China exigió golpeó muy duro en el corazón del esquema de sustitución de importaciones, tan caro a su manera de organizar la economía.
Por eso, la demora en escribir la "letra chica" de los acuerdos en materia de comercio e inversiones debe atribuirse más a la búsqueda de un discurso interno que no borre con el codo la prédica de un año y medio, que a convencer a los industriales perjudicados (textiles, calzado, juguetes, anteojos, bicicletas, etc.). Lo que no resulta demasiado científico es confiar, como hace hoy la Cancillería argentina, en que, como China querrá hacer buena letra con otros países y con la OMC, no se va a animar a romper ningún acuerdo hasta 2016.
El memorandum de entendimiento firmado el martes es más que claro al respecto. Antes de toda otra consideración, dice en su artículo 1 que se reconoce que China es una economía de mercado y que la Argentina declara "su decisión de no aplicar ningún trato discriminatorio a las importaciones" provenientes de ese país. A partir de ese punto fue que se pudo conversar todo lo demás, y está más que claro que será muy difícil encontrarle vericuetos a la frase "ningún trato discriminatorio", salvo desde el costado de la negociación política.
Brasil no avisó
El Gobierno argentino ahora esgrime como excusa que Brasil primero había dicho no; que luego, presionado, tuvo que acceder y que -otro sapo a tragar- ni siquiera avisó. Los funcionarios explicaron que, de no haberse aceptado el pedido chino, se iban a originar asimetrías o triangulaciones. También se sabía que Chile firmará un Tratado de Libre Comercio con China y que reconocerá sin más vueltas el pedido oriental -claro está, sin sectores industriales a los que proteger-, con lo cual la decisión argentina se tornó casi regional. Pero lo cierto es que la Argentina conocía desde junio cuáles eran las reglas de juego.
El Acta suscripta por entonces en Beijing por trece altos funcionarios del gobierno nacional, en ocasión de la visita del presidente Kirchner, decía claramente que la parte china había "enfatizado" la importancia de recibir el tratamiento de economía de mercado.
La paciencia oriental
Por otro lado, la delegación argentina admitía por entonces que el tema estaba incluido en la agenda de trabajo del Gobierno, mientras que "renovó su voluntad de impulsar de manera efectiva los estudios concernientes, a fin de lograr una solución en breve plazo". Y el fin de ese breve plazo -paciencia china- expiró el miércoles en tiempo de descuento, cuando los presidentes ya se habían despedido y Hu Jintao reposaba en Bariloche.
Queda claro, entonces, que la Argentina tiró de la cuerda para ver que obtenía y que China condicionó todo el juego a su necesidad de conseguir el apetecido status. Y que ganó. Recién cuando lo logró se permitió consentir en una fórmula de compromiso que expresa que ambos países "continuarán trabajando para crear condiciones favorables" para que el valor anual de las exportaciones argentinas "se incremente sobre el nivel actual, al menos en U$S 4 mil millones en un período de cinco años".
Por último, el Gobierno también tuvo que tragar una medicina no muy dulce cuando comprendió que no podría aspirar a un paquete de inversiones y créditos en materia de hidrocarburo, trenes, telecomunicaciones ni viviendas, que necesitaba como el agua para mostrar los U$S 20.000 millones, sin hacer ciertas concesiones. En rigor de verdad, los convenios firmados son bastante primarios, oscuros y plagados de vaguedades, salvo en ferrocarriles -donde aparecen algo más avanzados- y en el caso de Enarsa, donde aparece la filial china de la Sociedad Nacional de Combustibles de Angola (Sonangol), no como asociada sino como una subsidiaria que tiene "la intención de colaborar para desarrollar proyectos".
En este punto, las actividades no se reducirán a la prospección, la exploración y la explotación en el mar, sino que se prevé además el "desarrollo de recursos gasíferos en terceros países".
Voluntarismo
Por lo demás, los acuerdos sectoriales cuentan con una serie de apelaciones demasiado voluntaristas, con múltiples llamados a la "cooperación", a la "intención de colaborar", al "entendimiento" o a la "complementación" y en los que se está dando recién un primer paso, según el prudente decir del ministro Julio de Vido.
En todos los acuerdos -el comercial país-país y los de infraestructura con empresas chinas mixtas- la realidad resultó más poderosa que las ideologías. Es probable que en la encerrona final algunos en el Gobierno hayan comprendido también ciertas facilidades que se brindaron dispendiosamente durante la década del 90 a empresas que apostaban por entonces en favor de la Argentina.
En fin; para una pelea tan desigual todo resultó demasiado edulcorado y hasta -si se quiere- ingenuo y simplón; casi tanto como la cláusula que prevé cómo se procederá en el caso de controversias que puedan presentarse con la angoleña Sonangol. Está firmado que los problemas se resolverán... "amigablemente entre las partes". (DyN)
Lo cierto es que, debido a la avasallante pretensión del gigante asiático de conseguir ya mismo el status de "economía de mercado" que la Organización Mundial de Comercio (OMC) le acordará en plenitud recién en 2016, los acuerdos firmados marcaron la evidencia de que, si bien se jugó fuerte por ambas partes, China se llevó lo que quería y dejó en la Argentina más interrogantes que certezas.
En primer lugar, se profundizó la brecha entre Roberto Lavagna y el resto del Gobierno. Quedó muy evidente su actitud de automarginarse, y hasta hay senadores que cuentan que no habló muy bien sobre los pasos dados en relación con China. Antes de avanzar en esa dirección, quizás el ministro hubiera preferido tener cerrado el frente de la deuda, que se le sigue complicando en el exterior.
A regañadientes
Desde lo filosófico, el Gobierno tuvo que admitir a regañadientes que en materia de comercio bilateral no se puede hacer todo lo necesario para vender y luego hacerse el desentendido para no comprar, aunque uno sea un pobre país en default, y el otro, un mercado poderoso y activo de 350 millones de personas. Así es el mundo de la apertura, aun para países que hasta hace pocos años vivían encerrados tras una muralla. Sin posibilidad de retroceso, el Gobierno decidió pagar ciertos precios políticos y tomar el camino de poner los eventuales beneficios generales por encima de algunos intereses sectoriales. Brindar el reconocimiento que China exigió golpeó muy duro en el corazón del esquema de sustitución de importaciones, tan caro a su manera de organizar la economía.
Por eso, la demora en escribir la "letra chica" de los acuerdos en materia de comercio e inversiones debe atribuirse más a la búsqueda de un discurso interno que no borre con el codo la prédica de un año y medio, que a convencer a los industriales perjudicados (textiles, calzado, juguetes, anteojos, bicicletas, etc.). Lo que no resulta demasiado científico es confiar, como hace hoy la Cancillería argentina, en que, como China querrá hacer buena letra con otros países y con la OMC, no se va a animar a romper ningún acuerdo hasta 2016.
El memorandum de entendimiento firmado el martes es más que claro al respecto. Antes de toda otra consideración, dice en su artículo 1 que se reconoce que China es una economía de mercado y que la Argentina declara "su decisión de no aplicar ningún trato discriminatorio a las importaciones" provenientes de ese país. A partir de ese punto fue que se pudo conversar todo lo demás, y está más que claro que será muy difícil encontrarle vericuetos a la frase "ningún trato discriminatorio", salvo desde el costado de la negociación política.
Brasil no avisó
El Gobierno argentino ahora esgrime como excusa que Brasil primero había dicho no; que luego, presionado, tuvo que acceder y que -otro sapo a tragar- ni siquiera avisó. Los funcionarios explicaron que, de no haberse aceptado el pedido chino, se iban a originar asimetrías o triangulaciones. También se sabía que Chile firmará un Tratado de Libre Comercio con China y que reconocerá sin más vueltas el pedido oriental -claro está, sin sectores industriales a los que proteger-, con lo cual la decisión argentina se tornó casi regional. Pero lo cierto es que la Argentina conocía desde junio cuáles eran las reglas de juego.
El Acta suscripta por entonces en Beijing por trece altos funcionarios del gobierno nacional, en ocasión de la visita del presidente Kirchner, decía claramente que la parte china había "enfatizado" la importancia de recibir el tratamiento de economía de mercado.
La paciencia oriental
Por otro lado, la delegación argentina admitía por entonces que el tema estaba incluido en la agenda de trabajo del Gobierno, mientras que "renovó su voluntad de impulsar de manera efectiva los estudios concernientes, a fin de lograr una solución en breve plazo". Y el fin de ese breve plazo -paciencia china- expiró el miércoles en tiempo de descuento, cuando los presidentes ya se habían despedido y Hu Jintao reposaba en Bariloche.
Queda claro, entonces, que la Argentina tiró de la cuerda para ver que obtenía y que China condicionó todo el juego a su necesidad de conseguir el apetecido status. Y que ganó. Recién cuando lo logró se permitió consentir en una fórmula de compromiso que expresa que ambos países "continuarán trabajando para crear condiciones favorables" para que el valor anual de las exportaciones argentinas "se incremente sobre el nivel actual, al menos en U$S 4 mil millones en un período de cinco años".
Por último, el Gobierno también tuvo que tragar una medicina no muy dulce cuando comprendió que no podría aspirar a un paquete de inversiones y créditos en materia de hidrocarburo, trenes, telecomunicaciones ni viviendas, que necesitaba como el agua para mostrar los U$S 20.000 millones, sin hacer ciertas concesiones. En rigor de verdad, los convenios firmados son bastante primarios, oscuros y plagados de vaguedades, salvo en ferrocarriles -donde aparecen algo más avanzados- y en el caso de Enarsa, donde aparece la filial china de la Sociedad Nacional de Combustibles de Angola (Sonangol), no como asociada sino como una subsidiaria que tiene "la intención de colaborar para desarrollar proyectos".
En este punto, las actividades no se reducirán a la prospección, la exploración y la explotación en el mar, sino que se prevé además el "desarrollo de recursos gasíferos en terceros países".
Voluntarismo
Por lo demás, los acuerdos sectoriales cuentan con una serie de apelaciones demasiado voluntaristas, con múltiples llamados a la "cooperación", a la "intención de colaborar", al "entendimiento" o a la "complementación" y en los que se está dando recién un primer paso, según el prudente decir del ministro Julio de Vido.
En todos los acuerdos -el comercial país-país y los de infraestructura con empresas chinas mixtas- la realidad resultó más poderosa que las ideologías. Es probable que en la encerrona final algunos en el Gobierno hayan comprendido también ciertas facilidades que se brindaron dispendiosamente durante la década del 90 a empresas que apostaban por entonces en favor de la Argentina.
En fin; para una pelea tan desigual todo resultó demasiado edulcorado y hasta -si se quiere- ingenuo y simplón; casi tanto como la cláusula que prevé cómo se procederá en el caso de controversias que puedan presentarse con la angoleña Sonangol. Está firmado que los problemas se resolverán... "amigablemente entre las partes". (DyN)







