“¿Es compatible una coalición electoral con un sistema tan presidencialista como el nuestro?”
El régimen parlamentarista es fléxible pero inestable. El presidencialista blinda el mandato, por lo que una interrupción es traumática. En Argentina, desde 1999, hay jefes de Estado con armados de poder de varios socios.
ENCRUCIJADA. Fernández llegó a la Presidencia tras reunir a “diferentes peronismos” en 2019, que en 2017 tenían caminos electorales diferentes.
“Todos queremos que el Presidente termine, pero tienen que hacer algo para que eso ocurra. Y dar señales políticas. La pérdida de la figura presidencial genera pérdida de confianza en la economía”, manifestó en una entrevista, hace unos pocos días, Miguel Ángel Pichetto, titular de la Auditoría General de la Nación.
La aseveración del ex presidente de la bancada peronista del Senado dividió aguas. Generó repudios de quienes consideran su advertencia como una malintencionada chicana opositora, y recuerdan que en 2019 fue candidato a vicepresidente de Mauricio Macri. Y fue respaldada por quienes le endilgan a la interna de poder del Frente de Todos la responsabilidad por el tembladeral político y económico del país.
Con independencia de adherentes y detractores, las declaraciones de Pichetto contienen un elemento de vértigo institucional: la posibilidad de una interrupción en el mandato presidencial. Y actualizan un debate que, aunque a veces más solapado que en otras, siempre está vigente: presidencialismo vs. parlamentarismo.
Ensayos
Desde el retorno de la democracia, en 1983, las dos oportunidades en que un Presidente de la Nación no pudo terminar su gestión estuvieron asociadas con verdaderas calamidades económicas y sociales en la Argentina.
Primero, la renuncia de Raúl Alfonsín en junio de 1989 y la entrega anticipada del poder a Carlos Menem en el contexto de la hiperinflación. Luego, la dimisión de Fernando de la Rúa cuando apenas había cumplido medio mandato y no había un sucesor electo: se agravó el “corralito”, hubo “pesificación asimétrica” de los depósitos en dólares y en 13 días (entre el 20 de diciembre de 2001 y el 2 de enero de 2002), el país tuvo tres jefes de Estado, más dos funcionarios a cargo del Poder Ejecutivo (los famosos “cinco presidentes”).
En el sistema de gobierno argentino, la interrupción del mandato presidencial no está prevista como una situación “regular”, sino todo lo contrario. Es el epítome de la excepcionalidad: muerte, inhabilidad, renuncia o destitución, para mencionar los casos en que el Vicepresidente queda a cargo de la Casa Rosada (artículo 88 de la Constitución Nacional). Y en el caso de la remoción, las causales son extremas: mal desempeño, delito en el ejercicio de sus funciones o crímenes comunes (artículo 53).
Esta rigidez es considerada una de las desventajas del sistema presidencialista, derivada de una de sus virtudes: la estabilidad del gobernante.
Lo “natural” (en tanto forma parte de la “naturaleza” del sistema) es que el mandatario complete su mandato. La no ocurrencia de esa previsión alumbra catástrofes institucionales, con denuncias de golpes de Estado, manifestaciones en las calles, desbordes sociales y descalabros en el equilibrio de la república.
El parlamentarismo, en este punto, se presenta como el revés de la práctica. El cambio de un primer ministro está previsto en la dinámica de los gobiernos. Boris Johnson anunció su dimisión hace 10 días (seguirá en el cargo hasta que el parlamento inglés elija su sucesor) y no hubo saqueos, toque de queda, piquetes ni represión en el Reino Unido.
El costo a pagar por esa flexibilidad es la inestabilidad del gobernante. A finales del mes pasado, el Parlamento israelí aprobó su disolución y convocó a nuevas elecciones para noviembre por quinta vez en menos de cuatro años, dando por terminado un período de poco más de un año de un Ejecutivo compuesto por partidos de todo el arco político.
La distinta naturaleza de uno y otro sistema se encuentra en la historia de Europa y en la de América, como expone acabadamente el constitucionalista Luis Iriarte en esta página. El Viejo Continente encontró en el parlamentarismo la manera de “sujetar” las monarquías. El Nuevo Mundo y sus colonias se independizaron de los reyes: lo que debían conjurar no era el despotismo de uno, sino el de muchos.
“La tiranía posible es la de la mayoría parlamentaria sobre las minorías, frente a la que hay que defenderse. De ahí la necesidad de establecer un mecanismo rígido de división de poderes, de controles recíprocos, que dificulten (y, si es posible, hagan completamente impracticable) la formación de una mayoría estable y generalizada, que pueda acabar imponiendo un ejercicio tiránico del poder”, explica Iriarte.
El presidencialismo argentino, además, nace en el contexto histórico de la necesidad de acumulación de poder: aquí se libraron, simultáneamente, la guerra de la independencia y la guerra civil. En 2016, en una disertación en la Facultad de Derecho de la UNT, el jurista Martín Böhmer subrayó que tanto Juan Bautista Alberdi, autor de las “Bases”, como Domingo Faustino Sarmiento, autor de “Facundo”, fueron testigos de la tragedia que la desorganización nacional había significado para el país durante la primera mitad de siglo XIX. Entonces, esos históricos antagonistas concibieron un Poder Ejecutivo fuerte, pero limitado en el tiempo. Porque las consecuencias de su cronicidad sólo darían como resultado lo que José Hernández retrata en el “Martín Fierro”.
Fracasos
Frente a esos dos grandes paradigmas de formas de Gobierno, la actual crisis argentina tiene una particularidad. Concretamente, el país del presidencialismo blindado sigue recorriendo un esquema de tejido del poder político propio de los países parlamentaristas: las alianzas.
“Este formato que llamamos ‘presidencialismo de coalición’, ¿funciona en la Argentina? El interrogante es independiente de quién gobierna. Fracasó con la Alianza. Fracasó con Cristina y Cobos. No funcionó bien con Cambiemos porque había mucha asimetría entre el PRO y los otros socios. Y la actual experiencia es la peor de todas”, graficó el consultor político Sergio Berensztein a principio de este mes en el Foro Económico del NOA.
Las últimas experiencias opositoras son acuerdos entre diferentes partidos. El peronismo ha incursionado en idéntico terreno. La “transversalidad” proclamada por Néstor Kirchner determinó que la primera presidencia de Cristina Fernández tuviera un radical como vicepresidente de la Nación: Julio Cobos. El actual gobierno nacional surgió de una alianza en 2019 entre sectores disímiles del peronismo, que en 2017 ya habían tomado caminos electorales por separado.
“¿Es compatible una coalición electoral con un sistema tan presidencialista como el nuestro?”, se preguntó el analista durante el panel titulado, nada menos, “Interrogantes del escenario político”. “Esto puede contagiar también al próximo gobierno. No sé de quién va a ser; intuyo que va a ser opositor, pero sí estoy convencido de que va a ser una coalición”, proyectó.
Y dejó una advertencia: “Esto no se resuelve con las PASO, porque en las primarias se resuelve quién lidera, pero de ninguna manera se resuelve la forma distribuir luego el poder; ni la forma de gobernar: el método”.








