Sexualmente hablando: ¿existe el gaydar?

Sexualmente hablando: ¿existe el gaydar?
03 Julio 2022

En la serie “Sex and the city”, Carrie Bradshaw le pedía a Standford, su amigo gay, que activara su “gaydar” cuando le gustaba un hombre pero no estaba segura de si se trataba de un straight. La expresión “gaydar”, que une las palabras gay y radar, hace referencia a una especie de sexto sentido por el que las personas seríamos capaces de detectar si alguien es homosexual o no con sólo mirarlo o tener una mínima interacción. Olfato que supuestamente tendrían más desarrollado los gays (“Ojo de loca no se equivoca”, dicen por ahí).

Uno de los primeros estudios al respecto fue realizado en 1999 por el Dr. Nalini Ambady, de la Universidad de Harvard, el cual reveló que los homosexuales eran mejores identificando correctamente la orientación sexual en videos sin audio y en fotografías de lo que lo eran los heterosexuales, y lo hacían también en forma superior al azar. En 2003, el Dr. Ron Smyth y sus colegas llegaron a encontrar fundamentos bioquímicos en el sistema de “radar” de los homosexuales, aspectos no presentes en hombres ni mujeres hétero. Pero ¿existe el “gaydar”, funciona?

Teorías

Una interpretación acerca de cómo funciona este asunto hace referencia a la idea -¿medio disparatada?- de que los rostros de los heterosexuales y homosexuales, tanto hombres como mujeres, presentarían ciertas diferencias morfológicas. Por lo que las personas, al detectarlas, seríamos capaces de “leer” la orientación sexual de otro. Esto se ha estudiado en el laboratorio con resultados relativamente positivos. Sin embargo, muchos investigadores creen que, más que los rasgos en sí, lo que los participantes juzgan son ciertas características de los mismos asociadas a estereotipos homosexuales (como ser una piel cuidada, una barba muy prolija o un rostro con cierta expresividad).

Otra teoría sostiene que este mecanismo no es otra cosa que juzgar la orientación sexual en base a estereotipos. De manera que, cuantas más características culturalmente asociadas a la homosexualidad tenga una persona, más seguros podrían llegar a sentirse algunos de que su radar no puede estar equivocado. Esta vía complica un poco las cosas cuando el sujeto en cuestión, siendo gay, no coincide con la imagen del típico “gay fashion”. Es decir, cuando “no parece gay”. Lo mismo pasa con los hombres metrosexuales, a quienes ser hétero no les impide cuidar con mucho esmero su apariencia y tener ciertos hábitos e intereses que bien podrían confundirlo con un hombre gay de ciudad.

Si bien algunos consideran el “gaydar” como una herramienta psicosocial que podría tener cierta utilidad si es concebida con cautela… otros sostienen que, además de hacernos errar muchas veces, validarla es peligroso: contribuiría a perpetuar y aumentar los estereotipos hacia la comunidad homosexual, tipificando y restringiendo las individualidades de quienes la integran.

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