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El futuro luce turbio. No es necesario ser demasiado instruido en temas financieros para advertir que la economía está dando señales claras de que nos encaminamos hacia una tormenta aún más potente que la que atravesamos en este momento. Y que existe una desconexión abismal entre las urgencias de un país que se hunde y las prioridades de quienes deben conducir sus destinos.

En este contexto, los argentinos transitan la crisis con una sola certeza: día a día somos más pobres. No importa cuánto trabajemos, no importa cuán lejos hayamos llegado en nuestras respectivas carreras o negocios: nadie (o casi nadie) está a salvo del deterioro. Los números angustian: por día, unas 2.800 personas caen en la pobreza, según estimaciones privadas. Y, de acuerdo con el Indec, en esta situación ya se encuentra casi el 40% de la población.

Mientras que son cada vez más los jóvenes -y no tanto- que ven en Ezeiza una salida (lo cual representa una catástrofe que aún no logramos dimensionar), otros náufragos de la tragedia argentina buscan desesperadamente salvavidas a los cuales aferrarse para seguir a flote. Entre las alternativas que muchos analizan, por una cuestión lógica, está la de encontrar el modo de generar ingresos en dólares sin tener que irse del país. Y -muy vinculado con lo anterior- la de escapar de industrias, profesiones u oficios golpeados por la crisis que hoy no ofrecen certezas de estabilidad en el mediano plazo.

Ahí es donde aparece la tecnología como una especie de panacea. La enorme demanda de trabajadores (capacitados, claro) que presenta este mercado en expansión vertiginosa, la posibilidad de obtener puestos de trabajo en el exterior, pero sin moverse de casa, y la tentación de acceder a sueldos en dólares generan un atractivo difícil de resistir. (Mucho más a partir de la nueva disposición del Banco Central que permite a los trabajadores independientes ingresar sus dólares al país sin que se los liquiden al valor oficial, cosa que no ocurre con las empresas, por ejemplo, pero ese otro tema.)

La barrera de ingreso es alta: solo pueden entrar aquellos que poseen habilidades y conocimientos específicos. Por eso se multiplica con fuerza -según reflejan las matrículas universitarias y terciarias tucumanas- la cantidad de personas que se inscriben en cursos o carreras cortas en las que se transmiten conocimientos digitales, como la programación. Entre ellos, hay muchos que ya superaron largamente las tres e incluso las cuatro décadas de vida, pero que comparten horas de estudio con adolescentes 100% nativos digitales ¿Síntoma de la crisis? ¿Miedo a quedarse en el camino? ¿Necesidad de subsistencia? ¿Voluntad de cambio? Quizás un poco de todo esto y más. Ya lo dijo el ingeniero Carlos “Charlie” Huergo, de larga trayectoria en empresas tecnológicas: “los cambios que vamos a ver los próximos 20 años van a ser mayores a los que vimos en los últimos 5.000”. Hoy más que nunca, quien no esté preparado corre el riesgo de caerse a la banquina.

Mercado voraz

En los pasillos tucumanos de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) hacen un paralelismo: salvando todas las distancias posibles comparan el atractivo que despiertan las empresas tecnológicas con la fiebre del oro ocurrida en Estados Unidos a mediados del siglo XIX, cuando miles de personas dejaron hogares, empleos y familias, y se volcaron masivamente hacia donde estaba o hacia donde suponían que estaba el dinero. Hoy, un termómetro es la cantidad de inscriptos en carreras, tecnicaturas o cursos relacionados con la tecnología. En muchos casos (especialmente en el de aquellos adultos que deciden entrar a este mundo desde otros campos profesionales, que son cada vez más), la vocación queda en un segundo plano, porque el objetivo principal es obtener un empleo en un mercado que ofrece condiciones atractivas.

Hay un dato que permite dimensionar el fenómeno: antes de la pandemia, directivos de una tecnológica multinacional con oficinas en Tucumán se reunieron con autoridades de la Unsta y les plantearon que era tal la urgencia por contratar personas con formación en sistemas que les sugerían la creación de carreras cortas para abastecer un mercado voraz (un ingeniero necesita cinco años, como mínimo, para recibirse). Así nació, por ejemplo, la Tecnicatura en Desarrollo y Calidad de Software, cuya primera camada está por egresar con una tasa alta de empleo, según afirman en la institución.

Los que se hicieron ricos

Hoy, hablar de programación y programadores opera como una especie de reduccionismo atroz al que se recurre con frecuencia para referirse a la multiplicidad de trabajos que están englobados en la industria tecnológica. Si bien es cierto que el aprendizaje de lenguajes como JavaScript o HTML es uno de los más requeridos por quienes quieren lanzarse a la búsqueda de empleos freelance, el abanico es enorme y abarca especialidades como el diseño (en sus múltiples variantes), la experiencia de usuario, el desarrollo digital, el marketing, la optimización de motores de búsqueda, las finanzas y un largo etcétera. Hecha esta aclaración, vale preguntarse: ¿se ajusta a la realidad la idea de que quien se dedica a alguno de estos campos tiene empleo garantizado? ¿Con un curso de seis meses alcanza? ¿Todos los salarios de esta industria se pagan en dólares? Conviene ir por partes.

Juan Pablo González Quinteros es docente en la cátedra Paradigmas de la Programación, en la UTN, y hace una advertencia: hoy, la demanda de mano de obra es enorme, pero posiblemente, en pocos años, muchas tareas serán automatizadas mediante inteligencia artificial y eso cambiará el panorama. Por otro lado, quien decide apostar por este mercado debe tener en cuenta que la formación básica para volverse productivo demanda, como mínimo, tres años. Otro factor es el manejo del inglés, porque el monto y la calidad de los ingresos estarán atados indefectiblemente a esta variable: quien lo hable podrá obtener empleos en el exterior (que se pagan en dólares, claro); quien se limite al castellano deberá conformarse con el mercado local, donde reinan los pesos. Una más: hoy todo puede encontrarse en YouTube y en plataformas muy conocidas y de fácil acceso. Es decir, la clave está en el tiempo y en el compromiso que se le dedique a la formación y no necesariamente en la institución de la cual se egrese. Volviendo a la fiebre del oro, no está de más preguntarse quiénes fueron los que realmente se enriquecieron: ¿los que salieron a buscarlo o quienes les vendieron las herramientas para hacerlo?

Analfabetos del futuro

Los que crecieron en las décadas del 80 y del 90 seguramente habrán escuchado a sus padres repetir una y otra vez: “tenés que aprender inglés; el que no sepa inglés será el analfabeto del futuro”. Posiblemente muchos de ellos hoy aconsejen a sus hijos con una cantinela parecida: “estudiá programación si no querés ser el analfabeto del futuro”. La duda es qué pasa en la escuela. Hay que destacar que tanto en el sector público como en el privado existen herramientas tecnológicas y programas que les permiten a los chicos ingresar a este mundo. Pero es clave la formación de los docentes. De nada sirve incluir en la currícula espacios para que los alumnos aprendan lenguajes de programación, por ejemplo, si quienes deben enseñarlos no los conocen a la perfección.

Además, no hay que olvidar que no todos los niños cuentan con las mismas oportunidades. Según datos oficiales que coinciden con los de ONGs que trabajan con poblaciones vulnerables, de la pandemia hasta acá aumentó la cantidad de chicos que viven en las calles tucumanas. Cada día que pasa, entre ellos y una computadora se abre un abismo cada vez más grande, pero seguramente es un tema que merece otro análisis.

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