Frustraciones vivimos todos y no las podemos evitar. Vamos a vivirlas hoy, mañana, pasado... toda la vida: son uno de sus ingredientes. La cuestión es cómo lidiamos con ellas.
Por otro lado, lo sabemos, la mapaternidad no viene con manual de instrucciones. Pero en estos tiempos tan exitistas (a veces, al extremo), ¿cómo ayudar a niños y niñas a manejar la frustración; a reconocer en los errores no una tragedia, sino -como describe la Psicología Genética- “oportunidad de aprender”?
“La niñez no está ajena a las nuevas condiciones de la vida cotidiana, muy marcada por la velocidad, las corridas, la competitividad y la exigencia, fundamentalmente relacionada con la cuestión intelectual, con la búsqueda constante del éxito, con la intolerancia al fracaso”, describe la psicóloga tucumana Analía Lacquaniti, especialista en clínica con niños.
Lo paradójico es que los mismos adultos, de alguna manera, se quejan de eso mismo en los niños.
“En los últimos tiempos aumentó el uso etiquetas como ‘mal educados’, ‘caprichosos’, ‘tiranos’ o ‘agresivos’ para referirse a niños que sufren baja tolerancia a la frustración -resalta Borja Quicios, licenciado en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, en Guiainfantil.com-. La mayoría de las veces nos quedamos en las etiquetas, y no profundizamos en el porqué de ese comportamiento, en el que los ‘mayores’ tenemos tanto que ver”.
“Los padres procuramos ser el motor hacia el éxito de nuestros hijos; con nuestras palabras de aliento, felicitaciones y demás, hacemos que se sientan más seguros al realizar cualquier cosa”, reflexiona por su parte Adriana Acosta, comunicadora y columnista de Ser Padres, en Familias.com. Pero -destaca- las de aliento no son las únicas palabras que los niños reciben de los adultos. “Con frecuencia, los padres frustrados, enojados o tristes por algún fracaso, explotan al grado de no saber controlar sus emociones negativas; lamentablemente sus hijos también lo harán, puesto que suelen aprender con el ejemplo”, agrega.
La coherencia es clave
“Sucede que además de las palabras está el otro lenguaje, el del cuerpo y las emociones -destaca Lacquaniti-. Muchas veces se le da gran importancia al mensaje verbal sobre lo que deben hacer, lo importante de tener éxito y de que todo salga bien; y se adula esa situación”. “Muchos adultos funcionan desde el ‘quiero que todo sea perfecto; que mi hijo sea el mejor, el más reconocido. Pero se frustran cuando eso no sucede, y le enseñan esa frustración”, agrega.
Y Acosta refuerza: “con frecuencia así los influenciamos para que no puedan lidiar con sus propios fracasos”.
“Los adultos debemos aprender a buscar y a encontrar cosas buenas en las situaciones adversas, y es importante que esta actitud se la enseñemos a nuestros hijos -añade Quicios-. Cambiar pensamientos negativos por ideas positivas hace que nosotros y los niños adquiramos confianza, seguridad y, en consecuencia, más felicidad”.
“Si los padres no logran manejar su propia impulsividad y reaccionan mal frente a sus frustraciones o fracasos, este modelo tendrá mucho más peso que las palabras”, advierte a su vez Lacquaniti.
Y otra tendencia -coinciden- es estar siempre mirando el logro (que sea el más inteligente, el mejor, el ganador, el más capaz, el “campeón”) en lugar de poner el foco en los procesos.
Resaltar las capacidades
Un estudio titulado “El elogio de la inteligencia puede socavar la motivación y el desempeño de los niños”, publicado en la revista de la Asociación Estadounidense de Psicología, muestra que los elogios con frases sobre el desempeño son más eficientes para ayudar a desarrollar tolerancia a la frustración que los referidos a sus capacidades, desde la inteligencia hasta las habilidades para patear penales...
“Se considera comúnmente que el elogio de la capacidad tiene efectos beneficiosos sobre la motivación. Contrariamente a esta creencia popular, seis estudios demostraron que los elogios a la inteligencia tenían más consecuencias negativas para la motivación de logro que los elogios al esfuerzo”, resalta el resumen del paper. El estudio mostró que chicos de quinto grado elogiados por su inteligencia, después de un fracaso mostraron menos persistencia y menos disfrute respecto de la tarea; más autoatribuciones de baja capacidad y peor desempeño, respecto de los elogiados por el esfuerzo.
“Es muy importante enfocarnos en el proceso, en lo evolutivo, en el día a día; en la necesidad del niño de adquirir gradualmente seguridad frente a algo que le gusta, y que pueda disfrutarlo; no vivir en la permanente exigencia de llegar a un puesto determinado”, ratifica Lacquaniti.
Ojo con las expectativas
“Es importante también que se hagan elogios coherentes con la realidad, con la capacidad concreta de ese niño o esa niña -señala-. Hay que buscar cuáles son sus fortalezas, y también ayudarlos a aceptar que siempre existen dificultades, para que el niño pueda visibilizarlas y no negarlas”. Pero además -resalta- los niños no son todos iguales, aun cuando compartan edad o etapa evolutiva.
“Todos tienen particularidades relacionadas con sus condiciones de vida, su singularidad y su historia; y esta, con el lugar que tienen en su familia y con las expectativas sociales respecto de cómo deben ser las niñeces en un momento histórico determinado”, advierte, y propone: “como adultos es importante que podamos transmitir la importancia de las emociones; darnos cuenta de qué sentimos, qué la motiva, cómo se llama, dónde la deposito...”
“Porque yo puedo estar enojado por lo que no me gusta, no me salió, no es como yo esperaba... Ahora, ¿cómo lo manifiesto? Una forma es pegando a otro niño o encerrándome a mí mismo y no hablando. Y otra, pensar sobre lo que me pasa, por qué estoy tan enojado y cómo puedo hacer para resolver ese enojo”, añade.
Sería bueno que ese fuera nuestro objetivo para ellos. Y no lo será si no lo es para nosotros mismos.








