Carlos Guastavino: “Mi música se toca en todas partes, ¡qué más puedo pedir!”

El recuerdo de un encuentro con el notable músico santafesino que tuvo lugar en 1996. A 110 años del nacimiento del autor de “La tempranera”, “Se equivocó la paloma” y “La rosa y el sauce”.

Carlos Guastavino: “Mi música se toca en todas partes, ¡qué más puedo pedir!”
Por Roberto Espinosa 14 Junio 2022

Esas flores ejercitan pensamientos en el viento. El perfume de sus ojos va desbordando un canto. Por el piano baila un río, por la voz ruedan los pétalos de alguna nostalgia antigua, mientras la tarde dibuja los gestos del macachín. Los jazmines de la sangre parpadean madreselvas, ceibos que sueltan sueños en alas de mariposa, campanillas que hidratan voces en el azul de la siesta. Por la ventana del aire hay temblores que se aroman con las flores argentinas. Los pétalos se derraman entre negras y corcheas. El piano lanza un suspiro, en el pentagrama se cuela una pena, amores sembrados en surcos, palomas que se equivocan y se duermen en el rocío. Una lágrima de un sauce descuelga besos enlazados. Arrullos del silencio amodorran la ternura, en las manos de la vida una rosa se estremece.

“En el viento”, texto poético, escrito en 1995, a pedido de la pianista Elisabeth González para el recital que daría con el barítono Matías Safarsi, en el que interpretarían “Flores argentinas”, toca el corazón del maestro y le abre la puerta a una amable correspondencia epistolar.

1996, marzo. El portero eléctrico de un porteño edificio de la calle Tres de Febrero lo llama. A los minutos, una silueta calva, alta, me da la bienvenida: “¡Qué joven es, señor Espinosa! Usted escribe como una persona mayor”, dice sonriente. “El ascensor es pequeño, suba usted primero, yo lo haré luego”, agrega. Al llegar al quinto piso, me está esperando. “Uso la escalera para estar en forma”, comenta. Un departamento mínimo me recibe. En la soledad de ese cuarto, donde hay una mesita, un sillón, algún cuadro, una repisa con químicas pipetas, titila el corazón del maestro. Voces niñas de una Sonata en Do mayor, de Mozart, se cuelan por alguna parte y viborean entre libros y discos. Sus pensamientos se inclinan sobre el pequeño teclado. “Esto me hicieron tocar cuando tenía casi seis años”, dice con alegría.

Tiene 84 años y es el más notable compositor argentino vivo. Tal vez lo sabe, pero prefiere hablar de otros temas. Ligeramente encorvado, quizás por el peso de los las corcheas, abre la ventana de los recuerdos para dejar entrar una canción: “Bonita rama de sauce, bonita rama de amor. Nunca floreció, que siempre se quedó diciendo adiós. El río pasa y la peina, el río la jura amar. La rama le da sus trenzas. El río miente y se va... Se va... se va... Y la ramita se inclina, no la vean sollozar...”

Ávido de conversación: “Nací el 5 de abril de 1912. Santa Fe era entonces una ciudad chica; habrá tenido unos 50.000 habitantes. Vivíamos en una calle sin pavimentar a unas ocho cuadras del centro. Mi padre era una persona modesta, poco instruida, pintor de paredes, pero muy inteligente. Tenía la visión de la educación y a todos nosotros nos hizo estudiar (dos varones y cuatro mujeres). Mi hermano fue abogado y yo debí ser químico, pero la música me venció. Cuando vio que tenía habilidad para el piano, me mandó a una profesora alemana. De modo que aprendí música antes que a escribir”.

Los paisajes de la charla son cambiantes. Pasan de la ternura de algunas anécdotas a los ácidos comentarios de la realidad del país. “Soy argentino, a pesar de todos los latrocinios que están cometiendo. ¡Si seguimos así, vamos a desaparecer!”, se enoja.

Cuando se arrima a los 20 abriles, parte a Buenos Aires. En la universidad no le reconocen las químicas materias aprobadas. “Conocí a Héctor Ruiz Díaz, un gran pianista. Me dieron una beca para estudiar. Debía tomar una decisión. ¿Qué hacer? La música me atraía tanto... Me agarró entonces Athos Palma, gran profesor y persona, y me llevó a su casa... Hice una carrera corta, pero muy sabia”, cuenta.

No tengo vergüenza

Giras de concierto. Un aluvión de música desborda su sangre. “Siempre toqué obras mías. Siento la música argentina desde chico. Toda mi producción salió argentina y a propósito. No tengo vergüenza de haber escrito cosas a la manera popular. Es algo que siempre me vino solo, no fue un esfuerzo. No conozco el folclore nacional, pero el aroma de la música popular lo llevo en las venas”.

Cuando se le habla de la música contemporánea, monta en cólera. “El atonalismo, ¡la música concreta! ¡Eso es una porquería! Esas son mentiras, falsedades: eso es decir quiero y no puedo. La música auténtica es armonía, melodía, ritmo, perfectamente tonal. Es la única forma de hacer música. Y el ejemplo se lo puedo dar con mis propias obras. Si yo hubiera sido un improvisador de cosas feas, nadie las interpretaría. No conozco al guitarrista John Williams ni a Teresa Berganza, sin embargo, ellos, como muchos otros se han interesado por mis piezas”, afirma eufórico.

Exhibe unas planillas de Sadaic, donde se consigna la interpretación de sus obras en los últimos años: Inglaterra, Suiza, Suecia, Francia, Sudáfrica, Italia, Chile, Estados Unidos... Ecos de “La tempranera”, “La rosa y el sauce”, “Se equivocó la paloma” merodean el cuarto. El maestro confiesa su profunda timidez.

Río o lloro

“Me han invitado a muchos homenajes; uno de ellos fue en Londres, pero no fui. No soy feliz entre las muchedumbres, me molesta que la gente esté mirándome o me pida un autógrafo. No tengo la culpa de haber escrito música; sólo hice la música que brota en mi cabeza. Cuando leo una poesía que me llega, me conmociono mucho. Se contorsiona todo mi cuerpo, vibro totalmente, aparecen lágrimas en mis ojos... ¡Es muy fuerte! Entonces tomo un papel pentagramado y escribo las notas. Todo es muy rápido, no puedo parar; es como si estuviera poseído. Cuando me doy cuenta de que encontré lo que quería, me pongo de pie, hago gestos, camino, doy vueltas, río o lloro y doy gracias a Dios. La música sale sola y no soy responsable: una parte de mi cerebro tiene música”, revela.

La rivalidad con Alberto Ginastera no tarda en aparecer. Tres sonatas le dan vida a la guitarra. “Me gusta mucho el andante de la N° 1”, le manifiesto. “Se la dediqué a mi hermano que se suicidó, nunca supimos por qué, pero la había escrito para Roberto Lara, que fue mi guitarrista preferido, y ahora lo es Víctor Villadangos”, señala. Husmeo en los libros de su pequeña biblioteca y descubro un ejemplar de “Constelación”, cuyo autor, el catamarqueño Luis Franco, se lo ha dedicado amablemente. Le comento mi grato descubrimiento. “No me gusta la poesía de verso libre. Si le gusta Franco, se lo regalo”, me dice. No se lleva bien con el comunismo.

Escribo para todos

El viejo maestro ya no compone. Expresa su cariño por Carlos Vilo, quien con su grupo vocal, en el que canta la tucumana Patricia Neme, interpreta bellamente sus canciones. “Escribí música que me gusta a mí. Creo que el tiempo y la difusión que ha tenido mi obra me han dado la razón de lo que estaba haciendo. Pienso que mi música no tiene eco solo en los críticos, pero todo el mundo se queja de ellos. Les fastidia lo que llaman ‘la falta de actualidad en mi música’. Siempre me han dicho que escribo en forma romántica o tonal. Yo escribo para todos. Mi obra se difundió en los públicos más vastos… he trabajado mucho. Ahora puedo esperar la muerte tranquilo. Estoy en la ‘edad del asombro’ -así se llama uno de sus ciclos de canciones que compuso con Hamlet Lima Quintana- porque mi música se toca en todas partes, ¡qué más puedo pedir!”, dice.

La visita encuentra su epílogo. Despedida conversada en la vereda: “Lo acompaño a tomar el colectivo”. Me deposita en la parada con la promesa de volver a vernos. Abrazo. El atardecer libera ecos de una canción: “Creyó que el mar era el cielo, que la noche, la mañana, se equivocaba. Que las estrellas, rocío, que la calor, la nevada, se equivocaba. Que tu falda era tu blusa, que tu corazón, su casa, se equivocaba. Ella se durmió en la orilla, tú en la cumbre de una rama, se equivocaba”.

1997. La ceguera puebla inesperadamente su mente. Extravía torpemente su identidad. 2000, octubre 29. El viento santafesino se sienta en una rama de sauce y le canta: “Ya me voy a retirar… a ver si puedo encontrar lo que mi alma necesita… porque me hirieron los ojos que me perdieron. Ya me voy a retirar, donde oran los zorzales, a ver si puedo encontrar remedio para mis males pues me dañaron los ojos que me miraron…” La calva de 88 años de Carlos Guastavino trastabilla en el silencio y rueda súbitamente en la eternidad.

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