El comienzo de la aventura *

Por Luis Gusmán.

11 Junio 2022

Lo que se llama flechazo es una coincidencia que dispone de manera arbitraria del tiempo y del espacio. Pertenece a los dioses; sin embargo, todavía sucede entre humanos. La literatura tiene una historia de encuentros, desencuentros y despedidas.

Se podría establecer una topografía del primer encuentro. ¿Dónde ocurrió? ¿En el subte? ¿En un bar? Puede ir desde el lugar más cotidiano al más exótico. Puede ser en una iglesia o en un casino, en una oficina o en un supermercado, a cielo abierto o entre cuatro paredes. Puede ocurrir en una ciudad, en un pueblito, en el campo o la montaña, cualquier día, en cualquier estación del año, a pleno sol o bajo la lluvia.

El tópico es extenso, inabarcable: el primer encuentro entre una mujer y un hombre; el instante en que dos mujeres se ven por primera vez o que un hombre se cruza en el camino de otro; el momento en que un par de ojos infantiles descubren a una persona mayor, y a la inversa, cuando un adulto ve por primera vez a un niño. Puede tratarse del encuentro entre dos criaturas, conmocionadas frente a esa otra que al mismo tiempo es y no es la misma.

También existen los encuentros reales. Y los desencuentros. Los biógrafos cuentan que cuando Samuel Beckett fue a trabajar de secretario de James Joyce, la hija de este, Lucía, se enamoró de él. Ante su declaración, recibió una respuesta lacónicamente beckettiana: «No vine por usted, sino por su padre».

En el encuentro, también importa quién toma la palabra. Y qué dice. Es posible que todo empiece con una pregunta, como la que Oliveira se hace a sí mismo en Rayuela de Cortázar: «¿Encontraría a la Maga?».

Para el desencuentro solo hace falta enfocar con el catalejo de Marlow. Cuando se encuentra con Kurtz, en busca de quien ha navegado un oscuro río de África, lo invierte. Es decir, lo distancia.

Las despedidas, aunque son de a dos, no son simétricas, exigen siempre del plural, como la pena. En la película Kaos, de los hermanos Taviani, basada en un cuento de Pirandello, hay una escena final donde Pirandello vuelve a Sicilia, a su casa natal. Cuando entra, la infancia perdida se le viene encima con todo el peso de la memoria. Su madre, muerta hace años, se «le aparece». Él abre una ventana. Junto con la luz entra el recuerdo. Mantienen un diálogo. Ella le pregunta si está triste porque ya no piensa en ella. El hijo la mira, y le dice que siempre piensa en ella. «El problema es que vos ya no me podés pensar», agrega.

* Fragmento de Flechazo (Emecé).

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