SUGESTIVO. Una lapicera fue el regalo del líder de la Uocra, Gerardo Martínez, al Presidente. SUGESTIVO. Una lapicera fue el regalo del líder de la Uocra, Gerardo Martínez, al Presidente.

No hay mejor síntesis para ilustrar el poder de un dirigente que una lapicera. Sirve tanto para dimensionar el margen de maniobra que tiene una persona como para minimizarlo. Es claramente, una medida para comparar posiciones, demostrar fortalezas y exponer debilidades. Por eso el regalo que le hizo ayer el líder de la Uocra a Alberto Fernández resume a una clase política aturdida.

Gerardo Martínez, en pleno acto y en medio de la crisis de autoridad por la que atraviesa el Gobierno, “empoderó” al Presidente con una lapicera. Lo hizo entre señales de flaquezas y contradicciones evidentes. Un rato antes, el jefe de Estado había deslizado que iría por un aumento de las retenciones a las exportaciones y su ministro de Agricultura debió salir a aclarar que no sería así. Como si se tratara de otra persona, y también en la previa del acto, Fernández había dispuesto que la secretaría de Comercio Interior, con el kirchnerista y crítico Roberto Feletti incluido, pase a manos de su ministro de Economía, Martín Guzmán. ¿Cuál es el verdadero Presidente? ¿Aquel al que los funcionarios no le responden e incluso contradicen? ¿O el que le suma tinta a la lapicera de su ministro más cuestionado por La Cámpora, en un claro mensaje de autoridad?

Sobre el escenario de ayer estaban sólo los que se preveía que iban a estar. No hubo kirchneristas. Esos faltazos dan cuenta de lo oportuno del obsequio que recibió Alberto Fernández. Tampoco estuvieron los gobernadores peronistas, con excepción del sanjuanino Sergio Uñac. Hace unos días, en pleno conflicto entre las provincias y el Gobierno nacional por los subsidios al transporte público de pasajeros, el intendente de una de las ciudades más grandes y pujantes de la Argentina aprovechó una conversación informal para despacharse con un rezongo: “ya nadie maneja nada en la Nación”. La sensación de resignación de este peronista con aspiraciones de gobernador es idéntica a la que sienten muchos mandatarios, senadores y diputados: la gestión está paralizada por las internas. Varios intendentes tucumanos dan cuenta de convenios que avanzan y que se frenan en despachos porque los funcionarios no saben si firmar o no, de acuerdo al momento de la interna y al humor del día.

ANHELO. Sánchez escribió en Panorama Tucumano su deseo político, aunque tuvo un error de “tipeo”. ANHELO. Sánchez escribió en Panorama Tucumano su deseo político, aunque tuvo un error de “tipeo”.

El desgobierno es abrumador. El lunes, frenético en negociaciones para evitar el paro de colectivos en el interior, los gobernadores se toparon con una inacción alarmante de la Casa Rosada. Fueron ellos los que tuvieron que levantar el teléfono para alertar al jefe de Gabinete Juan Manzur y al titular de Transporte, Alexis Guerrera, de lo que estaba ocurriendo. Jamás obtuvieron respuesta del ministro y el martes no hubo transporte público en casi todo el país. Es evidente que la carencia de una autoridad visible permite esos encasillamientos: cada sector maneja el área que le tocó en el reparto según su antojo e interés. En el caso del transporte y las compensaciones, el massismo, cuyo capital político no está en el interior sino en el núcleo del país.

Entre ese desparramo de voluntades sin dirección se mueve Manzur. Con el pretexto de que lo hace en nombre de Alberto e incluso consciente de las limitaciones del Presidente, el tucumano apuesta a pleno al armado nacional para 2023. Este viernes, entrevistado por Indalecio Sánchez en LG Play, el consultor Jorge Giacobbe sintetizó muy claramente cuál es la situación de Fernández: al inicio de su gestión llegó a tener un 68% de aceptación; hoy, no supera el 15% y es -a decir del analista- el deterioro más grande que le tocó registrar a su consultora en 30 años. Ni siquiera Fernando De la Rúa cayó tanto durante su mandato, comparó. Aún con esos números, Manzur sonríe porque lo que construye en nombre de otro lo capitaliza para sí mismo. Si el tiempo y el contexto le permiten continuar en ese rol, estará sentado en la mesa en la que se definirá el futuro del Frente de Todos. De todas maneras, choca con una realidad: la lapicera que le dieron tiene la tinta justa para lo que le encomendaron. No puede escribir siquiera una oración extra.

La analogía del bolígrafo bien calza para redactar sobre la realidad tucumana. A Osvaldo Jaldo ya le conocen la letra y por eso escribe hasta donde le permite su tregua con Manzur. Antes del punto final, por si acaso, le muestra para chequear que no haya errores en el texto. Son cada vez más habituales sus encuentros a solas con el jefe de Gabinete en Buenos Aires y, de paso, con el Presidente. El silencio es parte de su estrategia por mantenerse a la cabeza de las especulaciones electorales comarcanas. Jaldo apunta a que el calendario avance lo más rápido posible hacia junio de 2023: el entretenimiento de su compañero de fórmula con las rencillas nacionales es el mayor empujón que recibe en la carrera por ser el candidato del oficialismo local.

Quien recibió esta semana una lapicera fue el radical Roberto Sánchez. En Panorama Tucumano, Federico van Mameren le pidió que escribiera y el diputado dejó sentado que quiere gobernar la provincia. La revelación del concepcionense no hace más que demostrar cuán difícil le resultará a Juntos por el Cambio resolver sus postulaciones. El problema es serio, porque el ex piloto no se plantea siquiera la posibilidad de ocupar otro rol en una eventual alianza, y tampoco quienes lo rodean barajan otra alternativa. Enfrente, el peronista Germán Alfaro dice lo mismo pero piensa diferente. Pragmático y especulador, el intendente de San Miguel de Tucumán trabaja por el premio mayor, pero por las dudas tiene otros planes en carpeta. Quienes lo conocen aseguran que esperará hasta último momento para definir qué hará en 2023. Si las chances de arrebatarle la Casa de Gobierno al oficialismo son concretas, entonces tomará ese rumbo y no cederá el primer lugar. Si las previsiones no son alentadoras, se replegará con la intendencia como trinchera para aguantar hasta 2027.

Pero si el escenario es propicio, el asunto a resolver será cómo convencer a los radicales de que deben acompañarlo. El primer método es la persuasión; el segundo, el espanto. Más de un alfarista repite que a partir del café que en marzo compartieron el intendente y Ricardo Bussi se abre una ventana nueva, todavía poco explorada. ¿Y si Alfaro ofrece la intendencia a Fuerza Republicana en una alianza a cambio de su apoyo para gobernador? A los radicales, con Sánchez a la cabeza, le quedarían dos alternativas: secundar en la fórmula a Alfaro y competir con chances reales por el poder provincial; o bien romper la coalición opositora con el riesgo cierto de que el Partido Justicialista retenga el Poder Ejecutivo. La idea sienta bien al bussismo, espacio en el que no la consideran descabellada: incluso recuerdan que esa fue la intención en aquel frustrado acuerdo electoral con Sánchez y con Mariano Campero, dinamitado por un sector del radicalismo y por el propio alfarismo.

Por supuesto, ninguno de estos garabatos está formalizado sobre un papel ni lo estará. Porque las estrategias y los anhelos jamás se escriben si es que uno pretende tener éxito y que se materialicen. Una vez que se cumplen, recién entonces, existe la posibilidad de usar la lapicera. Una práctica que escasea entre la dirigencia argentina.

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