Podremos considerarnos agradables o tener muchísimos amigos, pero -al comparar los tantos- ganar resulta prácticamente imposible. Y es que ¿cómo se compite contra un hombre vestido de rojo que da obsequios gratis a medianoche? o frente a un conejo que brinda la excusa perfecta para devorar chocolates. ¿Qué tanta bolilla conseguiríamos si jamás contribuimos a la liberación de nuestra Patria ni morimos para librar a la humanidad del pecado?
Está bien, contamos con un feriado, pero por el resto, cumplir años el mismo día que una efeméride no representa un negocio rentable. Eso lo saben bien algunos tucumanos.
Entre laburantes y asados
Hoy es el Día del Trabajador y también el cumpleaños de Federico Romero (45), el primero de la lista en mostrar el lado B del primero de mayo.
“Cuando era chico estaba buenísimo porque gracias al feriado la asistencia de mis amiguitos y compañeros era siempre perfecta. Ahora de grande, llegué a la conclusión de que para sus padres mi fiesta implicaba la solución perfecta para que ellos pudieran disfrutar de sus eventos”, comenta el profesor de Educación Física.
La situación siguió igual por unas décadas. “En ese entonces parecía que el festejo no tenía fin y contábamos con un día entero para recuperarnos. Lo único complicado en esa etapa, desde los 18 hasta los 28, era rogar para que no caiga de domingo ni sábado”, detalla. Mala suerte la de este año.
El sabor amargo vino recién con la adultez. “Al elegir una profesión en la cual trabajás en distintos lugares, para la fecha mis compañeros siempre debían ir a varios compromisos. Al final, era yo quien debía estar disponible para el resto durante todo el día; ya que algunos caían a visitarme por la mañana y otros a la siesta o noche”, acota.
El cansancio acarreado hizo que Federico modificara su estrategia. La ingeniosa decisión: irse de vacaciones ese día a las Termas, Tafí del Valle o Salta. “Al contexto le tengo que sumar que mi mamá cumple años el 30 de abril. Hacer dos festejos en días consecutivos también es un tema porque -entre tantos compromisos- no terminás disfrutando. Cada año, en esta época aparece la misma discusión e idas y vueltas de ideas para celebrar”, explica.
El origen del Grinch
Vanina Ramas (39) la tiene difícil, entre el centenar de efemérides a ella le tocó codearse con el nacimiento de Jesús (y en su versión comercial con Santa Claus).
“De niña, recuerdo que el 24 a la mañana, mi papá me levantaba temprano y llevaba a dar vueltas por los negocios del barrio. Uno por uno, les decía a los comerciantes que yo cumplía años y ellos solían hacerme una atención o regalar caramelos”, relata.
Por las tarde y noche seguían los preparativos navideños. “Al ser chiquita, los fuegos artificiales me asustaban y terminaba escondida bajo la mesa. Para que no tuviera miedo, mi papá también decía que los estaban tirando para mí. Él me hacía sentir que el mundo estaba de fiesta en mi honor", atesora la recepcionista.
En el secundario no hubo bengala ni chasquibum que calmaran su embole. “Ahí supe que iba a volverme loca; mis compañeros nunca podían y hubo años en que tuve que postergar el festejo hasta el 26 o adelantarlo al 23 para que funcionara. De grande ¡olvidate! no venía ni el loro a las fiestas y a medida que mis amigas se casaban y formaban familias tenían el doble de obligaciones”, lamenta.
De la galera de “odios festivos” Vanna saca dos testimonios. “Alrededor de los 11, a mi mamá se le pasó hacerme una torta. Fue recién cuando le consulté en donde estaba que se dio cuenta. Quedé triste y a la hora de cantar el feliz cumpleaños ella apareció con un pan dulce bañado en chocolate y una sola vela. El resto se reía mientras yo quería revolear el panificado a la pileta”, dice.
Desde entonces la regla fue evitar decoraciones de arbolitos, las guirnaldas o cualquier referencia al espíritu navideño. Como efecto colateral, también vino un peculiar odio hacia Ricky Martin.
“Siendo chica, en uno de mis antiguos cumpleaños se me dio por prender la radio a la espera de saludos. Algo que no nunca ocurrió. Sin embargo, en los programas que sintonicé llamó un montón de gente para dedicarle felicidades a él”, confiesa.
Brindo, ¿por vos?
Rememorar nuestro natalicio implica una forma de sentirnos especiales. “Claramente eso nunca me pasó”, afirma -mitad risa, mitad resignación- Romina Daniela Cardan (22). Ella estudia una tecnicatura en Recursos Humanos, atiende un drugstore y, en una ronda de presentación, lo que la caracteriza es haber nacido el 1 de enero del 2.000; con el cambio de año y de generación.
“De chica solía enojarme porque la mayoría tomamos nuestro cumpleaños como algo especial y hasta hoy la situación me molesta. Dado que el 31 de diciembre la gente se reúne en familia o con amigos para esperar el Año Nuevo es común que no puedan pasar a saludarme o que el primero estén demasiado resaqueados para recordarlo”, describe.
La lista de puntos negativos sigue con la falta de colectivos o taxis para movilizarse y la infaltable comida recalentada o sobras. El chiste sobre los sanguchitos de miga de jamón y queso que se multiplican por arte de magia es divertido hasta que nos toca en vivo.
“La torta es otra cosa que me parece importante -enfatiza, en su versión de expectativa versus realidad- Usualmente la torta es un bizcochuelo hecho a último momento y con unos merenguitos encima; así nomás, para cantarme el feliz cumpleaños y chau. Tampoco falta en mi memoria el salir a buscar a alguna heladería una torta helada ese mismo día o comer un budín o pan dulce con una vela encima”.
Antes de llegar a sus cinco minutos de gloria, Romina tiene que sortear los brindis y el combo de tradiciones. “En casa no realizamos ningún ritual (como armar cartas, escondernos bajo la mesa, comer uvas, etcétera), pero igual cada quien está concentrado en lo suyo. Creo que las Fiestas ya no son como antes y perdieron algo de valor. En muchas familias, se espera a que lleguen las doce y luego cada miembro se toma el palo", dice.
La lucha por ser recordada también pasa por las redes sociales y grupos del WhatsApp, al perderse los saludos entre la avalancha de fotos, publicaciones y cadenas de mensajes augurando buenos deseos.
“Los obsequios también son un tema porque las personas no tienen mucha plata a esa altura. Ya con la Navidad quedan fundidas y al primero de enero llegan con lo justo y necesario. Con tantas deudas, debo conformarme. Una amiga mía diría que hablo por el grupo completo de quienes cumplen durante la primera quincena de enero”, declara.
Bebé albiceleste
En el momento en que María Paula Dávila (40) llegó al mundo, mínimamente unos 10.000 argentinos usaban escarapelas. Quizás, en alguna locación, incluso su llanto coincidió con la interpretación del himno nacional. Bienvenida al mundo y ¡que viva la patria!
“Cumplir el Día de la Bandera me gusta porque admiro al general Manuel Belgrano. No obstante, durante la secundaria no fue nada lindo porque ese día siempre debía ir a alguna ceremonia o desfile conmemorativo. Aunque era mi cumpleaños y encima feriado, todos descansaban menos yo”, indica la profesora de Matemáticas.
El otro punto a favor es poder comer logro en el agasajo (ella insiste en que su papá lo cocina de ensueño). Entre las escenas de festejo más vergonzosas se le viene a la mente su adolescencia.
“Recuerdo que tuve que levantarme muy temprano para ir a un acto y estaba muerta de sueño. Encima, como la fecha cae en vísperas del inicio del invierno, hacía un frío. Pasé la mañana en la calle (en jumper) esperando que le toque el turno a mi colegio. De la nada, mis compañeras decidieron empezar a cantar el feliz cumpleaños y el resto de escuelas también se sumaron", relata la ex alumna del Instituto Madre Mercedes Pacheco (Famaillá).
Pese a haber abandonado su rol de estudiante, al desempeñarse en una oficina pública las largas horas parada en ese tipo de ceremonias todavía la persiguen. “Desde que crecí solo me molesta que esa fecha sea un feriado movible porque rara vez me toca ese día libre para festejar. Al contrario, la mayoría de las ocasiones ( 90 %) debo trabajar”, agrega.








