¿Qué chances tenemos de una vejez como la de la japonesa que vivió 119 años?

Kane Tanaka murió hace unos días y era la persona más vieja del mundo. Por la pandemia no pudo, en 2020, portar la antorcha olímpica en su país.

¿Qué chances tenemos de una vejez como la de la japonesa que vivió 119 años?

Las muertes por causas naturales no suelen ser noticia. Claro que se puede aducir que haber llegado a los 119 años y haber sido hasta ayer la persona más vieja del mundo tiene poco de “natural”. Así, pues, vamos de nuevo: Kane Tanaka, que había nacido el 2 de enero de 1903, en la región de Fukuoka, Japón, murió. La noticia es, en realidad, que hasta muy poco había gozado de una salud bastante buena.

Es más, según informaron las agencias de noticias internacionales, la señora Tanaka había planeado usar una silla de ruedas para participar en el relevo de la antorcha de los Juegos Olímpicos de Tokio en 2020, pero la pandemia se lo impidió. Cuando se le preguntaba cuál era el momento más feliz en su vida, respondía: “ahora”. Su existencia es un muy buen disparador para pensar la longevidad, un fenómeno mundial para el que, en nuestro país, al menos, no estamos demasiado preparados.

Cifras de primer mundo

Cuando nos pensamos, no imaginamos nuestro país en el primer mundo. Pero lo cierto es que en muchos parámetros lo estamos; la longevidad es uno de ellos. En la Argentina la gente vive, en promedio, casi 77 años, cinco más que el promedio de la población mundial, según el último informe global de la Organización Mundial para la Salud (OMS), de 2019. Esto quiere decir dos cosas: que los adultos mayores son cada vez más y que viven cada vez más tiempo. De hecho, según datos del Registro Nacional de las Personas, en 2020 vivían en nuestro país 15.491 personas de 100 años o más...

¿Estamos, como país y como personas, preparados para esto? Según la gerontóloga Silvia Gascón, directora del Centro de Envejecimiento Activo y Longevidad de la Universidad ISalud, de Buenos Aires, la respuesta es no. “Por un lado, el propio envejecimiento es un proceso que cuesta aceptar -afirma-. Por otro, estamos viviendo una ‘revolución de la longevidad’, y en poco tiempo se han modificado, de facto, muchas reglas del juego”.

Advierte que ideales propuestos por la sociedad -fuerza, belleza- conspiran contra el propio envejecer. “Y también contra los que ya envejecieron”, agrega y destaca que no es infrecuentes que familiares e instituciones los infantilicen (les impiden ser autónomos y tomar decisiones, por ejemplo), los maltraten y discriminan.

Los viejos sí pueden

“Hace falta volver a resignificar la vejez, pensarla en clave positiva; envejecer es un proceso que comienza en el momento en que nacemos”, resalta la gerontóloga Mariana Sánchez Ábalos, y destaca que, de hecho, históricamente (pensemos en los Consejos de Ancianos de las culturas antiguas), no siempre viejo fue sinónimo de “no sirve” o “no puede”.

“La sociedad en general continúa relacionando la vejez y las personas mayores con la enfermedad, la dependencia y la falta de productividad, omitiendo y sin tener en cuenta sus experiencias de vida y su sabiduría”, describe Constanza Baiz, psicóloga de la tucumana fundación León, cuya población objetivo son adultos mayores y sus familiares.

Sin embargo, aunque con poco apoyo de las instituciones y no aún como política firma de Estado, las cosas están volviendo a cambiar. Por un lado, porque estas personas longevas han sido padres y madres de una generación que Gascón llama “sándwich”: “es la generación de las mujeres que trabajan masivamente, tienen pocos hijos (o ninguno), construyen proyectos personales...”, describe, y también la de las mujeres que se van permitiendo preguntarse: ¿es obligación hacerse cargo de los mayores o una decisión? Esa pregunta -destaca- no viene sola. Porque si los familiares no pueden hacerse cargo las 24 horas, ¿cómo se organiza la vida cuando la gente empieza a envejecer y a necesitar ayuda? Es un gran tema... y, en general, una deuda social, sanitaria y de política pública.

Vivir con pares

Uno de los sueños de muchas personas que se plantean cómo vivir de viejos (“sí, viejos; no hay por qué andar buscando supuestos sinónimos”, reclama Sánchez Ábalos), y saben que se quieren autónomos, compartir los años de la vejez con pares, en espacios diseñados a tal fin. Ya funcionan en muchos países europeos; también en ciudades como Buenos Aires. Por sobre todo, esas personas no quieren que sus hijos (o algún otro pariente) “tengan que cuidarlos” cuando empiecen a necesitar ayuda (Ver “Cómo saber...”).

“La longevidad creciente y los cambios en las familias en algunos casos han provocado y permitido que los mayores tengan experiencias de vida autónoma, con buena salud, trabajo... Han producido diferentes ‘vejeces’”, resalta Gascón. “Las personas mayores, cuando pueden, eligen vivir con otras personas de su misma generación. Investigaciones demuestran que ellas perciben mayores niveles de bienestar que los que viven en hogares con otros grupos generacionales”, añade. Pero por ahora, en nuestra provincia, parece ser un sueño casi imposible...

Sin embargo, no es que no haya nada para hacer. En el “entretiempo”, para un vejez saludable, Baiz propone la consigna “vidas activas, más allá de la edad”.

“Ponemos como foco, en nuestro trabajo en León, en el envejecimiento activo, que engloba las áreas social, económica y cultural, durante el proceso de envejecimiento de las personas. Las actividades que proponemos a los adultos mayores conllevan responsabilidad, pero no son rígidas como el trabajo”, explica, y fundamenta: “con las actividades como mediadoras se generan relaciones esenciales con la vida: lazos sociales, valoraciones personales, proyectos”.

Es importante entender que el ser humano, más allá de la edad, no deja de desear. Y si puede -y lo dejan y/o lo ayudan-, tampoco de imaginar un proyecto ni de ocuparse activamente de él. “Y eso incide mucho en la calidad de vida”, añade Baiz, y resume: “los espacios considerados satisfactorios por los adultos mayores (talleres de estimulación cognitiva, de actividad física, de acercamiento a los digital, entre otros) están entre las mejores medidas de prevención para diversas patologías”.

Cómo saber si adultos mayores necesitan ayuda

1- ¿Pueden cuidarse solos?

Ciertos cambios en la forma en que hacen las cosas pueden darte pistas sobre su estado de salud: ¿son capaces de seguir su rutina diaria (bañarse y cepillarse los dientes)? ¿Funcionan las cosas en la casa: andan las luces, prendieron la calefacción si hace frío, está inusualmente largo el césped?

2- ¿Están perdiendo la memoria?

Hay una diferencia entre un olvido normal y que la pérdida de memoria dificulte actividades cotidianas. Los signos de este último tipo de pueden ser: hacer las mismas preguntas una y otra vez; perderse en lugares conocidos; no poder seguir instrucciones; confundirse con respecto al tiempo, las personas y los lugares

3- ¿Están bajando de peso?

Bajar de peso sin proponérselo puede ser la señal de que algo anda mal, y puede relacionarse con problemas como pérdida del sentido del gusto o del olfato; dificultad para hacer compras, o afecciones no diagnosticadas, como malnutrición, demencia, depresión o cáncer.

4- ¿Pueden movilizarse solos?

Hay que prestar atención a cómo se mueven. ¿Están reacios a caminar las distancias habituales o no pueden hacerlo? ¿Han sufrido caídas? La debilidad muscular y el dolor de articulaciones pueden dificultar la movilidad. Si no tienen estabilidad al caminar, podrían caerse y las caídas son una de las principales causas de discapacidad entre los adultos mayores.

5- ¿Mantienen su vida social?

Estar de algún modo (que les sea placentero) activos los ayuda mantener sus ganas de vivir. ¿Mantienen su interés por sus pasatiempos? ¿Participan en organizaciones, clubes o comunidades religiosas? Que los adultos mayores ya no quieran estar con otras personas puede indicar un problema.

Si advertís en vos o en un familiar alguna de estas señales, es importante la consulta con especialistas.

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