Los artífices de la unidad nacional

En los campos aledaños a Monte Caseros tuvo lugar el encuentro de dos ejércitos de grandes proporciones.

30 Enero 2022

La lucha, que se podía prever como enorme, prolongada y cruenta –sumando ambos contendientes se contaban cerca de 50.000 soldados–, fue mucho más rápida de lo previsible aunque su costo humano no fue menor: cerca de 300 muertos y heridos en el bando urquicista y 1.500 bajas (entre muertos y heridos) y cerca de 7.000 prisioneros de los rosistas, además de la pérdida de todo el parque y la artillería. La explicación es sencilla: las fuerzas nucleadas alrededor del Restaurador concurrieron a la batalla con muy baja moral de combate e incluso con importantes deserciones, al punto que dos de sus principales oficiales –el general Lucio N. Mansilla y el coronel Ángel Pacheco– se retiraron a sus chacras días antes del combate. La conducción supuesta de Rosas era, además, completamente ineficaz: el gobernador de Buenos Aires jamás había participado en un combate abierto en toda su vida, más allá de algunos movimientos y campañas en la frontera.

Concluida la lucha las fuerzas aliadas se acercan a la ciudad mientras que quien había regido los destinos porteños –y, desde 1831, de buena parte de la Confederación Argentina por medio de ejercer sus relaciones exteriores– huía del país buscando refugio en territorio británico.

Como había anunciado Urquiza con su famoso pronunciamiento del 1° de mayo de 1851, era la hora de la organización nacional. Sin embargo, los porteños –celosos de sus derechos aduaneros y de su antigua condición de capital virreinal– se alzan en una revolución el 11 de septiembre y provocan la secesión de su provincia. Mientras los “trece ranchos” –como despectivamente llamaban los porteños a las provincias– se reunían en Paraná y aprobaban la Constitución Nacional en mayo de 1853, un año después el estado de Buenos Aires votaba la suya propia. Ínterin sucederá un hecho curioso: las dos principales espadas intelectuales de los bandos en pugna, Juan B. Alberdi por los “confederados” y Domingo F. Sarmiento por los “secesionistas” tendrán el más importante debate político de la historia institucional argentina… por medio de artículos publicados en la prensa chilena: las “Cartas Quillotanas” –plasmadas en Quillota– del tucumano respondidas por las “Ciento y Una” del sanjuanino –redactadas en Yungay– escalaron su tono hasta llegar casi a la agresión personal, constituyendo así todo un símbolo del sangrante exilio y desgarrador conflicto a que se había sometido la “intelligenza” y que arrastraba a toda la nueva república.

Durante una larga década habrá dos estados. Urquiza es presidente durante un sexenio y en 1859 es reemplazado por el cordobés Santiago Derqui. En Buenos Aires, el gobernador Pastor Obligado cumple su mandato de 4 años y lo sucederán los efímeros Valentín Alsina y Felipe Llavallol –apenas unos meses cada uno– hasta que Bartolomé Mitre aparece como el nuevo referente desde mayo de 1860 irguiéndose como factótum del nuevo acuerdo republicano.

Una nueva batalla en Cepeda, en 1859, significa el triunfo político de los porteños “nacionalistas” que avanzarán en una Convención Reformadora donde se aceptan la mayoría de las modificaciones exigidas por los porteños y en 1861, tras otra fallida batalla, en Pavón, se cerrará un nuevo acuerdo: a pesar de triunfar en las armas, Urquiza abandona el campo y entrega el “campo orégano” a Mitre. Es el gesto de un verdadero estadista, que sabe infructuoso continuar con el país dividido; de este modo nacerá la nación unificada con la presidencia del muy porteño Don Bartolo.

Si consideramos que este camino de construcción republicana comenzó allá por 1806 –con el primer triunfo ante los ingleses y la elección de Liniers como virrey por un Cabildo Abierto– constatamos que la república –jamás se retornó a formas monárquicas algo que sucedió solo en dos países del mundo, la Argentina y los Estados Unidos– tardó más de 50 años en conformarse. Aún más, la crisis continuará más solapada o fragmentaria –los sucesivos alzamientos de Peñaloza, Varela, López Jordán, Mitre y Tejedor y los asesinatos de gobernadores como el magnicidio del propio Urquiza dan testimonio de ello– hasta que en 1880 se “capitaliza” Buenos Aires y otro tucumano, Julio A. Roca inaugura el período de “Paz y Administración”.

En ese complicado camino deben recordarse algunos gestos, tres de ellos muy sintomáticos. Primero: que desde 1864 Urquiza, fiel a su fe federal y como empresario potente saladerista, envió a Rosas a Inglaterra mil libras esterlinas anuales para su sostén económico; segunda, que el mismo Urquiza invitó al presidente Sarmiento a que lo visitara en su residencia, que éste aceptó gustoso, desembarcó en Entre Ríos el 3 de febrero de 1870 y que al entrar en el Palacio San José, dijo: “Ahora sí me siento presidente”. Por último, que cuando Alberdi regresa al país, en 1879 –tras cuatro décadas de exilio– fue el ministro del Interior del otro tucumano presidente, Nicolás Avellaneda –nada menos que el mismo Sarmiento–, quien envió por él al puerto y lo homenajeó en su casa esa misma noche. Se comentó entonces que el Maestro de América estaba contento de reencontrarse con su rival dialéctico: “Por fin tengo alguien con quien discutir”, dicen que dijo.

Urquiza, Alberdi, Mitre y Sarmiento, cuatro personalidades relevantes para la construcción de la “unidad nacional” bajo una misma constitución, hasta que Avellaneda cierra el período poniendo la banda a Roca. ¿Que pensaban diferente y encarnaron proyectos distintos? ¡Por supuesto!

© LA GACETA

Ricardo de Titto – Historiador.

PERFIL

Luego de una penosa enfermedad, el pasado 21 de noviembre, fallecía en la Capital Federal, la historiadora María Fernández de Ullivarri, investigadora del Conicet, cuyo campo de trabajo académico fue el movimiento obrero tucumano, entre las décadas de 1920 hasta 1940. Su tesis doctoral Trabajadores, sindicatos y política en Tucumán, 1930-1940, defendida en 2010 en la Universidad Nacional de Buenos Aires, puede considerarse como una obra relevante para la historia tucumana. Allí, expuso cómo la clase obrera tucumana gravitó en el mundo social y político de la provincia en el periodo posterior a la crisis económica de 1929 y el Golpe de Estado de 1930. Al igual que Donna Guy y su libro Política Azucarera Argentina. Tucumán y la Generación del 80; el trabajo de Fernández de Ullivarri vino a completar el campo de los estudios sociales y políticos de la historia tucumana del siglo XX, mostrándonos la faceta del mundo del trabajo.

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