José Pablo Feinmann: “Las clases dominantes se sometieron al imperio británico o al norteamericano”

02 Ene 2022
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- ¿Creés que el nazifascismo tiene componentes capitalistas?

- Sí. Por supuesto. El nazifascismo es una forma de capitalismo de Estado. Capitalismo de Estado es siempre un mundo de economía intervencionista, dirigista, que no deja el mercado liberado a su propia dinámica sino que interviene con el Estado en el mercado para dirigirlo. Y el nacionalsocialismo fue una forma de capitalismo de Estado.

- ¿El nazismo ocultaba esa característica?

- Lo ocultaba un poco pero hay que tener en cuenta que Röhm, con las SA, intentó hacer una revolución a la izquierda de Hitler y lo aniquilaron. Incluso algunos adherentes de Hitler, como Goebbels, dijeron “no hicimos una revolución anticomunista para que nos lleven al comunismo”. Ahora, lo fundamental del régimen de Hitler era que le servía al capitalismo para frenar lo que llamaban “la ola roja”. Porque lo que más temían era que Unión Soviética se devorara a Alemania. Entonces por eso apoyaron tanto a Hitler antes de que Hitler se revelara descaradamente. Apenas antes. Cuando declaró la guerra dejaron de apoyarlo. Muchas empresas capitalistas, la General Motors, la Siemens, la Ford... Héroes norteamericanos como Lindbergh, el que cruzó el atlántico. Henry Ford también, que escribió El judío internacional.

- ¿Hacía el soldado alemán una diferenciación total con sus enemigos?

- Sí. También la hacía el soldado norteamericano, el soldado inglés. La guerra es eso; hacer una absoluta diferenciación con el enemigo.

Música y best-sellers

- En la novela, ¿te molesta lo que llamaríamos la anécdota?

- ¿La trama? En absoluto. Puedo hacer una novela sin trama. Cualquiera puede. Pero para mí la novela debe obligatoriamente contener una trama. Todas mis novelas tienen una trama sólida, muy sólida. Porque eso es lo que me atrae mucho.

- Creí que ibas a decirme que tenía tanta importancia lo filosófico como...

- (interrumpiendo) Lo filosófico y el lenguaje. Es decir, cómo escribís tu novela, con qué lenguaje. Yo fui alguna vez pianista y soy muy musical. La prosa para mí es música. Hasta que no siento que una frase es musicalmente perfecta, o apropiada, no la dejo. Tiene que ser musical, sino no está bien escrito. Por eso le recomiendo mucho a mis colegas que escuchen música, pero no rock, reggaeton, cumbia. Eso es deplorable.

-¿Y el rock sinfónico? ¿Pink Floyd?

-Eso es otra cosa. Eso es música. Sí, todo lo que sea sinfónico me gusta.

-¿Cuál es tu opinión sobre Los caminos de la libertad?

-Nunca me gustó Sartre como novelista, salvo en La náusea. El hecho de que nombres Los caminos de la libertad es un anacronismo. Nadie lo lee hoy. Yo tengo ganas de que vuelva Sartre, pero está prohibido en todas las universidades. Por marxista, etcétera. En Estados Unidos no se estudia Sartre, y acá tampoco. Somos cuatro locos los que lo estudiamos...

- ¿Creés que algún best-seller puede tener cierto valor?

- Bueno, sí, ¿por qué no? El nombre de la rosa es un libro interesante, valioso. El autor al menos se mató escribiendo ese libro. Hay libros que son best-seller y no por voluntad del autor, sino del público. Hay autores que escriben best-sellers deliberadamente, pero eso nunca se puede saber. Hay un autor que viene y te dice “estoy escribiendo un best-seller” ¿Y vos cómo sabés que va a ser un best-seller? O como en el cine. “Esto no le va a gustar al público” ¿Y ustedes cómo saben que no le va a gustar al público? Pero, por lo general, los best-seller que están en las vidrieras de los aeropuertos son lecturas de viaje... No son muy buenas literaturas.

- ¿Leés mucha ficción?

- Sí. Sobre todo de Argentina. Los libros que vienen de afuera no creo que sean obras maestras, además uno tiene que luchar con la traducción española, cosa que me irrita muchísimo. En cambio, un libro escrito acá, por un buen escritor... Ahora están surgiendo muchos escritores, habrá que ver si son buenos. Como con el llamado nuevo cine argentino, creo que se hicieron 200 películas en un año, pero eran directores que hacían una y después no hacían más. Vamos a ver qué pasa con la literatura. No hay demasiados escritores, pero eso es normal. No puede haber demasiados escritores. No todos tienen talento para escribir, eso es una verdad y listo, se acabó. No todos tienen talento para tocar el piano. No toques el piano si vos no avizorás que en algún momento vas a acercarte a lo que es Martha Argerich. O mirala a ella tocar un rato, escuchala y andate a tu casa después (lo dice con entusiasmo, pero también casi con indignación, que se adivina motivada por la falta de excelencia de estos tiempos). Repito, mirala a ella, porque es bellísima. Siempre la consideré la pianista más hermosa del mundo.

- Estoy por sospechar que la admirás.

- Sí, definitivamente. Ella está entre los cuatro mejores pianistas de la Historia.

- ¿Cuáles son los primeros?

-No, no hay primeros que ella. Ella está entre los cuatro. Los otros son Vladimir Horowitz, Claudio Arrau, Svjatoslav Richter, Rubinstein, Ashkenazi... Y no muchos más. En la actualidad, Sergio Tiempo y la invasión asiática (se ríe). Vienen los chinos, los japoneses... Y hay una coreana, de 24 años, que es extraordinaria.

Los 70

- Vos siempre te manifestaste en contra de la violencia. Montoneros, no. ¿Pudo la guerrilla argentina tomar el poder?

- No, en absoluto. Tendrían que haberlo evaluado adecuadamente y darse cuenta de que no podían tomar el poder ni podían pelear seriamente contra un adversario que los superaba tanto en poder de fuerzas. Pero la guerrilla argentina tuvo una conducción por lo menos, digamos, muy escasamente inteligente, que sabía muy poco de estrategia militar. Y bueno, se largaron a una empresa imposible que terminó trágicamente. Nunca estuve de acuerdo con la guerrilla argentina. Una cosa era bajo las dictaduras. Pero a partir del gobierno de Cámpora no se justificaba la violencia. Esto está en mi libro Tomo II de Peronismo. Nada más que son 814 páginas.

- Si te mudás de una casa y tenés que dejar algunos libros, ¿de cuáles te desprenderías?

- (Se ríe). Una pregunta cervantina esa. Fijate vos, cuando empieza la novela, el Quijote quema todos los libros, y vos ahora me preguntás cuáles dejaría de los míos en una mudanza. Me cuesta mucho desprenderme de los libros. Tengo una biblioteca enorme y en el caso supuesto que me presentás, no puedo contestarte. Es muy difícil.

- ¿En la época de la dictadura tiraste libros?

- Tiré libros, sí. Los de Lenin, Marx, libros de estrategia del general Giap, de Ortega Peña.

- Lo pasaste muy mal.

- Tuve cáncer cuatro meses antes de la dictadura. Ni te cuento.

- ¿Cáncer derivado posiblemente por eso?

- No, fue antes de la dictadura. Pero por ahí previendo eso. Me tuve que quedar acá con la dictadura y con el cáncer.

La literatura y el sufrimiento

- De tu novela El mandato, ¿cuál es el símbolo que se puede establecer?

-La escribí en un momento pesimista, en 2000. Lo que se puede extraer es que éste es un país infértil, como el protagonista de la obra. El mandato tiene una trama muy dura. El padre le exige al hijo que le dé un nieto. Y el hijo no puede, fisiológicamente no puede, entonces le pide a su mejor amigo que embarace a su mujer. Imaginate, esto es muy terrible porque él empieza a odiar a su mujer, le pega...

- Y ella no es indiferente a este hombre.

- Claro que no. El elegido el chico es un muchacho que a ella le gustaba mucho. Así que ésa es la trama.

- ¿La simbología cuál podría ser? ¿El poder?

- El poder. O la incapacidad de hacer un país con las propias fuerzas. Este muchacho no puede tener un hijo con sus propias fuerzas, y le pide a un amigo, que vendría a representar países externos en el caso de la Argentina. La Argentina siempre ha sido fertilizada desde afuera. Gran Bretaña en el siglo XIX y Estados Unidos en el siglo XX. Nunca tuvo sus propias fuerzas para ir adelante. Las clases dominantes, sobre todo, siempre se sometieron al imperio británico o al imperio norteamericano. Entonces la metáfora de El mandato es que este muchacho no puede engendrar vida, entonces se lo pide a otro.

- Juan José Saer dice que la cosa alegre, feliz, no da lugar para obra de arte. Que lo que sí da lugar a obra de arte es lo reconcentrado, lo duro...

- Sabato dijo lo mismo. Lo dijo durante toda la vida. “Sólo del sufrimiento se aprende”. Pero el sufrimiento es un camino a la alegría. Cuando uno ha sufrido mucho valora a la alegría. No creo que Sabato haya sufrido. Decía que era necesario sufrir, pero no creo que eso se haya dado en él.

- En tus novelas, ¿todo tiene un símbolo o hay actos al servicio de la literatura?

- Sí, hay actos al servicio de la literatura. No todo tiene un símbolo. Trato, y esto es una máxima de Ítalo Calvino, él decía “escribe de tal modo que cuando el lector llegue al final de la página, tenga ganas de darla vuelta”, que tenga ganas de ver cómo sigue. Y para eso hay que entretenerlo al lector, y a la vez darle todo lo que uno pueda. Pero una trama tiene que ser interesante, tiene que apasionar al lector. Y eso que yo escribí un libro, La astucia de la razón, que es tremendo, doloroso, pesado. Empecé con una novela policial que tuvo mucho éxito, que es Últimos días de la víctima. Se filmó tres veces. No es poco.

Por Asher Benatar - PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

© LA GACETA

Un pensador incómodo

Por Santiago Garmendia

Para LA GACETA - TUCUMÁN

Feinmann fue muy importante para la cultura en general y la filosofía en particular. Fue incomodo, su lugar siempre estuvo cruzado por las polémicas de afuera y las de adentro y eso se volcó en sus escritos. Una producción de lo que Lichtenberg llamaba los “cacalibri”, con esa sorna de los escritores perezosos. Feinmann escribió muchísimo, enseñó en todos lados, siempre fuera de lo académico, nunca en lo popular del todo. La Critica de las Armas es, para mi modo de ver -también lo era para el del propio autor, según dice en El Flaco- su mejor libro y un mejor libro de esta época. Es que esa verborragía, logorrea, o como se quiera pensarla, suele hacer malas pasadas al autor cuando un personaje tiene que ser otro. Son todos filósofos, o absurdamente cultos. Pero en esta novela -y su pareja antecesora, La Astucia de la razón- la primera persona, donde su alter ego está apenas retocado, invita a la universalidad, a los grandes problemas humanos, al miedo, al dolor, a la felicidad y a la amargura. “El miedo era esperar. Siem-pre que uno espera el tiempo sobra, y cuando el tiempo sobra la conciencia se desboca. Esa sobreactividad de la conciencia -esa sobreactividad que el miedo detonaba- no se detenía nunca, nada podía frenarla, dibujar sus lí¬mites. Superaba todos los límites de lo posible. Lo real, por el contrario, acotaba la imaginación, detenía su des¬borde”.  La combinación de amargura y dulzor de los personajes,  de importancia e inutilidad de la filosofía y de la palabra, su escepticismo molesto, con el cobarde que descree, sus relaciones ambivalentes con el poder.   Esta novela es una expresión casi perfecta de lo que José Pablo Feinmann representa.  Esas tensiones de los buenos filósofos que son, si me permiten, una suerte de caramelo mediahora.

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PERFIL

José Pablo Feinmann nació en Buenos Aires, en 1934. Filósofo, novelista, ensayista, guionista y conductor de radio y televisión, fue fundador del Centro de Estudios del Pensamiento Latinoamericano de la Universidad de Buenos Aires. Militó en la Juventud Peronista en los 70, pero siempre se opuso al uso de la violencia. En 2001 recibió el Premio Konex de Platino en Guion de Cine y Televisión, y en 2004 el Konex-Diploma al Mérito en Ensayo Político. Tenía una columna en Página/12 en la que escribía sobre literatura, política, música y cine. Condujo los programas televisivos Cine contexto y Filosofía aquí y ahora. Algunos de sus ensayos más conocidos son Filosofía y nación (1982); La sangre derramada (1998); Escritos imprudentes (2002); La historia desbocada (2004); El cine por asalto (2006); La filosofía y el barro de la historia (2008); Peronismo (2010). Entre sus novelas, Últimos días de la víctima (1979), Ni el tiro del final (1981), La astucia de la razón (1990), El mandato (2000), La crítica de las armas (2003), La sombra de Heidegger (2005), Timote (2009) y la saga de Carter.

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