Sexualmente hablando: Anafrodisia

Se denomina “anafrodisia” a la ausencia permanente o circunstancial del deseo sexual. En la práctica clínica es bastante común que las personas manifiesten que su interés sexual ha decrecido de manera significativa, algo que las puede hacer sentir angustiadas y culposas y -a quienes están en pareja- les suele generar también fastidio cuando reciben demandas y reproches por este motivo.

Los estudios indican que la falta de deseo es casi dos veces más frecuente en las mujeres. Quizás por eso el sexólogo argentino Juan Carlos Kusnetzoff se refiere largamente al tema en su libro “La mujer sexualmente feliz”.

Ya sea crónica u ocasional, se trata de una alteración de la primera fase vasocongestiva de la respuesta sexual (le siguen la excitación, el orgasmo y la resolución). Por supuesto que “la mujer que padezca de anafrodisia evitará las relaciones sexuales y apelará a la ya famosa colección de pretextos para eludirlas”: dolor de cabeza, cansancio, riesgo de despertar a los hijos, etcétera. Pero, ¿cuáles son los orígenes de esta disfunción? Pueden vincularse “a una mala o inexistente educación sexual y a un extraordinario desarrollo de la vergüenza y la culpa con respecto a la sexualidad”. Conflictos que deberá abordar el especialista, a fin de reducir los factores de inhibición, ya sea con ejercicios de sensibilización, autoerotismo, revisión teórica del sistema de valores de la paciente u otras técnicas.

Cuando la mujer tiene una pareja estable, es fundamental incluirla en el tratamiento. Le corresponde admitir la existencia del problema y aprender a estimular adecuadamente a su compañera y adquirir una buena dosis de conocimientos, paciencia y respeto. “Un comentario inoportuno, una torpeza, una exigencia apremiante o una actitud de indiferencia pueden inhibir la respuesta femenina e inducirla a dudas y temores”. Cuando esto ocurre y aparecen los “¿lo estaré haciendo bien?”, “¿en verdad le gusto?”, la mujer no se abandona a sus sensaciones sino que se convierte en espectadora de sí misma, y tampoco se conecta con la otra persona como tal: la vive como una suerte de juez moral y estético de su desempeño. Si esta dinámica se vuelve habitual, afirma Kusnetzoff, “la ausencia de deseo puede, lejos de superarse, transformarse en una verdadera aversión sexual”.

Desde luego que otros enemigos del deseo en una relación de larga data son la rutina, la falta de imaginación y, por supuesto, los conflictos vinculares -incomunicación, agresión, distanciamiento afectivo- que, sostiene el sexólogo, de ninguna manera pueden “resolverse en la cama”. Al revés, cuando no se abordan, desarrollan iras, rencores y rechazos que se evidencian en el momento de la intimidad sexual. La baja autoestima, la falta de confianza en el otro, el temor a la intimidad y al compromiso son también posibles causas de un deseo escaso o nulo.

No debe olvidarse que la ingestión de algunos medicamentos, cierto tipo de enfermedades, el alcoholismo, la depresión o el agotamiento físico, son otros tantos inhibidores circunstanciales del deseo sexual, en todas las personas. Lo mismo que estar atravesando un momento doloroso, como la enfermedad de un ser querido, el desempleo, problemas de fertilidad, etc. Algunos casos crónicos están asociados a acontecimientos traumáticos en la infancia o adolescencia, a una fuerte represión sexual, o a niveles muy bajos de testosterona, entre otros factores.

Y no son pocos los casos en que la falta de deseo está relacionada con la pobreza o ausencia total de estímulos sexuales: caricias, besos, halagos, palabras seductoras, ponerse linda/o y un largo etcétera. Por diversos motivos, muchas parejas caen en el automatismo que las lleva a simplificar cada vez más el aspecto sexual del vínculo, de manera tal que llegan a prescindir casi totalmente de los estímulos, cuando lo recomendable es hacer es justo lo contrario: procurarle al deseo cada vez mejores condiciones.

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