Cuando llega el calor

Epoca en que todos los ojos son para ellas.

Federico Türpe
Por Federico Türpe 17 Octubre 2004
Por Federico Türpe

Cuando sube la temperatura, todas las miradas son para ellas. En Tucumán la primavera se parece al verano de Namibia y el verano directamente se asemeja a la provincia donde vive el diablo. El calor. "Lo único bueno que tiene es cómo salen...", asegura el 99 por ciento de los taxistas.
¿Quiénes? "Las chicas, ¿no vio cómo salen cuando hace calor?", se entusiasman como encantados por una sirena de río, las únicas que se ven por aquí.Guardados en medio de naftalinas quedaron los encubridores tapados, las poleras herméticas y las lanas gordas que todo lo engordan. Con varios kilos menos de ropa, ellas caminan más ligeras, salvo durante las diabólicas horas de la siesta, cuando todo marcha más lento y hasta el puma Omar Hasán camina por el centro como convaleciente.
Ellas también abandonan esas gruesas y brillosas capas de maquillaje que usan en invierno para ocultar la palidez del frío. En verano, cinco minutos de exposición al sol pueden transformar un rostro con pintura en un ensayo fallido de Picasso. Además, con sólo atravesar al mediodía la plaza Independencia se consigue el mejor bronceado de la isla Margarita.

Siestas para volverse loco
Con calor todo tiende a ser más liviano y hasta las prendas son bajas calorías. Bien lo saben los conductores agobiados que esperan la luz verde a las cuatro de la tarde, al borde de la enajenación, cuando de pronto una voluptuosa dama de solera floreada cruza la bocacalle con pasos pendulares. Un vestido que parece en manos de un torero revolotea como un barrilete en el viento zonda; se acorta y se alarga a golpes de cadera.
Nada como un bocinazo para sentirse en falta, sobre todo cuando el semáforo hace rato que da paso y, para colmo, ante la torpeza del apuro, el motor se apaga. Qué bochorno. El mismo papelón que siente ese pobre alucinado que en el fondo de un profundo escote sólo encuentra un poste y un severo golpe en la frente. Ese es el único instante en que todas las miradas son para él y no para ellas, y la vergüenza es más grande que el motivo del tropiezo.

Diseños con méritos
El calor. Lo único bueno que tiene, siguiendo con la máxima taximetrera, es que los diseñadores exquisitos saben que contra la naturaleza no se puede. El mejor vestido es aquel que destaca las cualidades nativas. El mérito de un artista está en resaltar la sensualidad del cuerpo y no los trapos que lo cubren.
Lo malo del verano es que, democráticamente, todo se destapa. Así, por ejemplo, aparece un abdomen descomunal desparramado en el césped del parque 9 de Julio. Lo más difícil es evitar que los chicos miren atónitos como si fuera una rareza de circo, porque su dueño puede ser una amenaza si se pone de pie.
También resulta cuanto menos ridículo el clack clack de las ojotas de goma, en lugares como un banco, una librería o un cine. Hay quienes no se resignan que Tucumán no es Mar del Plata, o tal vez quieren mostrar que van seguido al mar, aunque elijan un atuendo tipo playa Bristol del 84.

La prenda justa
Por suerte, la mayoría de las mujeres siempre encuentra la prenda justa para sorprender, aunque los canales de la moda, que cada día muestran más desfiles europeos con torsos desnudos, aún está lejos de esta provincia sudamericana.
Sin embargo y aun con desventajas, las morochas norteñas han provocado más de un escándalo y su fama ya es mundial. Más de un extranjero ha llegado a perder tardes enteras en algún café de la 25 de Mayo, atormentado frente a cientos de jeans, minifaldas y tops infartantes que han merecido más fotos que la Casa Histórica.
Por algo dice la zamba: "si llega a ser tucumana, ahogate en agua bendita, que ya ni el diablo te salva".

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