Los personajes inolvidables de Robin Wood - LA GACETA Tucumán

Los personajes inolvidables de Robin Wood

19 Oct 2021 Por Federico Espósito

Allá por los 90, todos los jueves a la mañana se producía una pequeña disputa entre mis hermanas y yo: ser el primero en leer “la revistita” que venía ese día con LA GACETA, derecho que correspondía a quien se avivara de pedirla en voz alta frente a los otros dos antes de que llegara el gacetero. Así llamábamos a “Nueva Aventura”, que en cada número recopilaba historias que habían sido publicadas originalmente años antes, lo que se notaba en la estética setentosa de las vestimentas y los peinados.

Ya entonces comencé a ilusionarme con algún día conocer a Robin Wood. No sólo porque me encantaba leer y releer sus historietas (lo hago hasta hoy), sino también porque necesitaba comprobar que de verdad existía y que era una sola persona: ¿cómo era posible que todas esas tramas tan diversas y atrapantes salieran de la imaginación de un solo hombre, cuyo nombre -para colmo- sonaba tan ficticio como el de muchos de sus personajes? ¿Cómo podía ser la misma mano la que estuviera detrás de la sabiduría de Nippur de Lagash, de la chispa humorística y vernácula de Pepe Sánchez, del drama de Savarese o de la crudeza de Aquí, la Legión? Y eso sólo por mencionar algunas de las que salían en “la revistita”. Ni hablar de Gilgamesh, Dago, Morgan, Dax, Mojado, Dennis Martin, Jackaroe y tantos más.

Sin embargo, la que se impregnó con mayor profundidad en mi caso fue Mi Novia y Yo. El primer número de “Nueva Aventura” que cayó en mis manos fue el 14, en cuya portada se anunciaba el capítulo inicial mostrando al protagonista, Homero Tino Espinoza, que le obsequiaba no un ramo de flores sino una maceta con un enorme girasol a su novia, Penélope Poppy Andersen. Más allá de las hilarantes reflexiones que Tino compartía con el lector rompiendo la cuarta pared -y que servían para introducir el tema de cada episodio-, lo que hacía único al personaje dentro del vasto multiverso imaginado por Wood, era que se trataba de un tipo común y corriente, que no necesitaba ser guerrero sumerio, ni legionario, ni agente federal, ni espía internacional para vivir toda clase de aventuras y luego contarlas: le bastaba con ser periodista. Así fue germinando el deseo de algún día dedicarme a eso que no sabía bien en qué consistía, pero que parecía tan divertido. Hoy, más de 20 años después, puedo agradecerle al gran Robin escribiendo estas líneas en el mismo diario que me traía sus maravillosos relatos. Simples y profundos a la vez, describiendo escenas y situaciones con una pluma increíble.

Por todo eso, sólo me queda decir: gracias por tanto, maestro. Ojalá su obra perdure para siempre.

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