ARCO 2021, de lo distópico a la esperanza - LA GACETA Tucumán

ARCO 2021, de lo distópico a la esperanza

18 Jul 2021
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UNA FERIA PREVISIBLE, SOBRIA E HIGIÉNICA. El Guernica del artista Agustín Ibarrola, un mural de 10 metros que presentó la galería José de la Mano, fue lo más llamativo.

Ya Frieze se había presentado en Nueva York en mayo, pero mudando su locación a The Shed, un edificio en Chelsea, en lugar de la tradicional locación en una isla cercana a Manhattan, donde probablemente habían sido enterradas algunas víctimas del Covid-19, y con un tercio de las galerías. Además se pedía el hisopado para asistir a la feria. Frieze es una feria para el público norteamericano, de modo tal que tiene mucha pintura y es bastante conservadora. La única galería argentina que participó, Barro, llevó –a contrapelo– una obra conceptual de una artista muy joven radicada en Estados Unidos, Agustina Woodgate, que consistía en una reflexión sobre el dinero en épocas de criptomonedas y de NFT. La operación tenía dos fases: en la primera, se ponía la tarjeta de débito en un cajero automático y se pagaban 100 dólares a cambio de lo cual la máquina entregaba un billete de un dólar completamente lijado. En la segunda fase se llevaba el billete a un mostrador y, a cambio de 1.900 dólares más, lo enmarcaban en un ladrillo y entregaban la certificación de la obra.

En ARCO 2021, que cambió de fecha, pasando del frío febrero al caluroso julio de Madrid, pero no de locación, manteniéndose IFEMA a pesar de que durante el año pasado esos pabellones habían servido como ominoso hospital improvisado para los enfermos de Covid en el pico de la pandemia (foto con las camas simétricas que tal vez torne difícil cualquier alarde de alegría futura sobre el mismo escenario), en cambio, no hubo ninguna galería argentina. Apenas unas pocas obras en un sector común poco frecuentado. No pedían hisopado para el ingreso, pero el aforo se redujo al 50 %, sin país invitado ni tema y bajando el número de galerías de 209 a 130. Pasillos anchos, muy poco bullicio, desaparecieron muchas de las caras habituales con las cuales solíamos tropezar. No existió esta vez el catálogo de la feria ni las clásicas bolsas con el logo de ARCO que todos los años le regalaban a los 350 invitados internacionales (esta vez fueron menos de 200) y que, colgadas de sus brazos, pasaban a ser una contraseña y organizaban un paisaje identitario.

A diferencia de otros años, los ánimos no estaban para bromas ni provocaciones. Esta feria fue previsible, sobria e higiénica. Tal vez el Guernica del artista Agustín Ibarrola, un mural de 10 metros que presentó la galería José de la Mano, previsiblemente comprado por el Museo de Bellas Artes de Bilbao en 300.000 euros, fue lo más llamativo. El País Vasco tiene una relación conflictiva con el Guernica de Picasso: siendo la cuna de ese desastre, siempre quisieron llevarlo para que se exhibiera en la región pero el Reina Sofía, con toda razón dada la fragilidad de la obra, nunca aceptó prestárselo. Al menos ahora tienen esta citación, este sucedáneo pintado no por un malagueño sino por un vasco.

La galería francesa Mor-Charpentier llevó a la mexicana Teresa Margolles con fotografías sobre un terremoto en China; la brasileña Rosángela Rennó, con un trabajo sobre casamientos en Cuba; y Paz Errázuriz con fotos en blanco y negro que ponen en circulación el típico costumbrismo negro de la artista chilena, compradas por un importante museo español. El colombiano Oscar Muñoz se hizo presente con una pieza muy interesante de portarretratos blancos vacíos en Mor-Charpentier, pero también en la galería alemana Carlier Gebauer con una joyita: la videoinstalación El método Ludovico, sobre la entrega de armas por parte de la guerrilla en los años previos al bogotazo.

La madrileña Max Estrella nuevamente con las obras digitales de Daniel Canogar, esta vez con un software que se dedica a capturar on line obras NFT en internet y triturarlas, convirtiéndose visualmente en una suerte de video neofigurativo; y una videoinstalación muy impactante de Marco Godoy sobre las revueltas callejeras en Chile, hecha sobre la base de una performance viva al entregarle el artista a los manifestantes unos escudos con espejos que empuñaban cuando eran atacados, de modo tal que los represores se vieran a sí mismos cuando embestían.

Otra madrileña, Elba Benítez, presentando una vez más al cubano Carlos Garaicoa (que vive en Madrid en el edificio que alguna vez habitara Mario Vargas Llosa), con sus fotos melancólicas y conceptuales en blanco y negro de La Habana devastada por el comunismo, y el brasileño Ernesto Neto con unas obras fruto del confinamiento. Helga de Alvear, que acaba de inaugurar un museo en la región de Extremadura, en Cáceres, se hizo presente con las fotos de piernas atadas de la portuguesa recientemente fallecida Helena Almeida, una foto fabulosa del potente inglés Isaac Julien y el polémico Santiago Sierra con fotos de veteranos de guerra de espaldas, mirando a la pared.

La galería vienesa Krinzinger fue espacio obligado para la gran performer Marina Abramović con una foto de ella misma sosteniendo una calavera, con un precio propuesto de 180.000 eeuros. La mítica Juana de Aizpurú, fundadora y primera directora de la Feria, que asistió a la feria a regañadientes después de haber tratado de disuadir sin éxito a la nueva directora, Maribel López, presentó fotos de Cristina García Rodero y Wolfgang Tillmans.

Una feria atípica, que con sus claroscuros resuena como una esperanza.

© LA GACETA

Marcelo Gioffré – Periodista, escritor y abogado. Su último libro, escrito junto con Juan José Sebreli, es Desobediencia civil y libertad responsable (Sudamericana, 2020).

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