Una ciudad poco funcional

Es hora de tomar medidas para mejorar la capital.

28 Septiembre 2004
Hace 319 años, San Miguel de Tucumán se instaló en el lugar en que se halla actualmente. Atrás quedaban los 120 que duró el primitivo asiento, en Ibatín. La ciudad creció desde entonces, lenta pero firmemente. En la actualidad, es una urbe de 523.939 habitantes (de los cuales casi 92.000 tienen necesidades básicas insatisfechas), y con 129.470 casas (de las cuales casi 19.000 exhiben gran precariedad), que se distribuyen en 3.900 manzanas.
Por sus estrechas calles -que conservan el diseño del casco colonial- se desplazan a diario unos 140.000 autos. Los espacios verdes no han acompañado el crecimiento y se estima que Tucumán necesitaría 300 hectáreas más para ser considerada una urbe saludable. El dato sirve para recordar que, si hubiéramos conservado en su integridad el terreno expropiado originalmente para el parque 9 de Julio (exactamente 400 hectáreas), el requerimiento verde hubiera sido mucho menor.
El domingo, en nuestro suplemento Actualidad, dedicamos varias páginas a registrar una mirada sobre la ciudad que habitamos. Recogimos allí los juicios tanto de los expertos en planificación urbana, como del hombre de la calle y aun del niño. De esa masa de opiniones -todas ellas en extremo interesantes- surge como denominador común el hecho de que graves deficiencias acomplejan a San Miguel de Tucumán.
Su crecimiento se ha desarrollado sin orden. La nuestra no es una ciudad que funcione con eficacia, prácticamente en ninguno de sus terrenos. Por la razón que fuere, no hemos sido capaces de darle eso que necesita. Una grave falla, marcada por un experto, ha sido la falta de objetivos: "si uno no sabe a dónde ir, no llega a ningún lado". Otro propugna, en la misma línea, que la ciudad sea "eficiente en el uso de sus recursos y equitativa en la administración de sus bienes"; y que acerca de ella puedan tomarse decisiones, porque se tenga "una visión completa del universo de opciones". Esto no es sólo un problema de los administradores urbanos, por mucha y pesada que sea su responsabilidad. A una ciudad la hace también la gente que la habita. El vecino tucumano no se caracteriza precisamente por el cariño hacia la urbe en que vive. Es un transgresor nato. Alguien que se obstina en incumplir las ordenanzas, y a quien no parece importarle cuidar las pertenencias que son de uso común; al contrario, las hace objeto de una depredación tan asombrosa como sostenida. Ni qué decir que se trata de una conducta diametralmente opuesta a la vigente en otras capitales argentinas.
Sobresaturada de edificaciones y de vehículos, y en un proceso de cambio constante -como ocurre en toda ciudad moderna-, San Miguel de Tucumán puede y debe aspirar a un futuro mejor. Bien se lo merece el ámbito donde se jugó la suerte de la revolución argentina, con la Batalla de Campo de las Carreras, y donde se declaró la Independencia nacional.
Hace 319 años que esta capital existe, y es hora de tomar las medidas para que sea todo lo que debe ser. Es decir, ese espacio capaz de cobijar gratamente la existencia diaria de una ciudadanía laboriosa y responsable, que aspire a la mejor calidad de vida posible y que sea capaz de actuar en su consecuencia.
Alguna vez tenemos que superar la triste fama actual, de tener una de las ciudades menos cuidadas del país, donde cualquier capricho suena posible y donde nada parece funcionar ordenadamente y con regularidad. La tarea no puede ser obra solamente de la Municipalidad. El cambio, repetimos, ha de ser acompañado por una nueva mentalidad en el vecindario. Si eso falta, nunca podrá llegarse a resultados perdurables.

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