Acceso a internet: cómo es la brecha tecnológica cuando se la muestra en personas de carne y hueso - LA GACETA Tucumán

Acceso a internet: cómo es la brecha tecnológica cuando se la muestra en personas de carne y hueso

En distintos contextos sociales, dos madres ponen blanco sobre negro cómo es lograr que sus hijos aprendan las primeras letras desde la virtualidad.

14 Jun 2021 Por Magena Valentié
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SIN INTERNET. Cintia Chaile enseña a Julián, de siete años, en El Bañado.

Después de pensarlo mucho Cintia Chaile tomó una drástica determinación. Decidió dejar de trabajar para poder dedicarle tiempo a la educación de su único hijo Julián, que comenzaba el primer grado. En tiempos normales Cintia hubiera seguido trabajando mientras su hijo estaba en la escuela, pero la virtualidad hace las cosas más difíciles, sobre todo en El Bañado, donde ella vive, a 18 km de Amaicha del Valle. Entre sus vecinos, solo hay cuatro o cinco que disponen de wifi y solo uno tiene impresora.

Carina Mondino también tiene una sola hija, Delfina, que va a primer grado, y como Cintia está dedicada a su educación. Pero las condiciones son diferentes. La pequeña estudia en su habitación, donde tiene una computadora portátil y buena conectividad. Sin embargo ni Delfina ni Julián no podrían aprender las primeras letras sin la ayuda de su mamá. En virtualidad, eso es imposible.

Aunque los alumnos tucumanos alternan clases presenciales con virtuales, en El Bañado el elevado número de casos de covid-19 obligó a los vecinos a meterse en sus casas. Enfermarse en el pueblo, de 42 familias, es complicado. Hay un solo Caps con un médico que atiende una vez por semana. La farmacia más cercana está en Colalao del Valle, a 10 kilómetros, y hay que los medicamentos con anticipación.

“La maestra nos manda una foto con la tarea acompañada de un audio por WhatsApp. Cuando es un tema nuevo, envía un video. Pero como yo, muchas mamás no tenemos internet y vamos a descargarlos a la casa de algún vecino que sí. Lo mismo pasa cuando tenemos que imprimir”, cuenta Cintia, que debió renunciar a un trabajo que le ocupaba más de ocho horas en las Ruinas de Quilmes.

También recibe los cuadernillos del Ministerio de Educación de la Nación, que reconoce que a veces resultan inadecuados. Por ejemplo, para enseñar la “B” Julián miraba la figura de un barco y no alcanzaba a comprender qué era eso. Su mamá, que se recibió de docente de educación primaria, tuvo que reemplazar la figura del barco por la de una banana, que era algo más conocido. Cintia se compadece de sus vecinas que tienen seis o siete hijos y que tienen un solo celular. “Esas mamás no pueden dedicarse a la educación de sus hijos como quisieran, deben confiar en que los hermanos mayores les enseñen a los más chicos. Un niño aprende cuando hay una persona que le enseña, sino es muy difícil. Los papás no estamos preparados para esto. Además el niño necesita ir a la escuela para sociabilizar”, reflexiona. Cintia no puede pagar el servicio de wifi. Vive con su madre y mantiene a su hijo con la Asignación Universal por Hijo y con la tarjeta Alimentar.

En la capital, Delfina hace enormes esfuerzos por mantenerse desde las 8 de la mañana frente a la pantalla, donde recibe clases por Classroom y por Meet. Con siete años maneja la computadora portátil pero su mamá le imprime las tareas para que ella las resuelva en su cuaderno.

Con todo, Delfina llora por ir a la escuela. “Se cansa en la computadora, no puede hablar con sus compañeros y para hablar tiene que mandar un emoticón. Por la tarde le hago practicar en una pizarra. Todo es muy difícil. Ella no me deja que yo me vaya de su lado, tiene sentimientos de inseguridad, de miedo a hacer las cosas mal”, cuenta Carina.

“Pienso en esas familias con chicos que solo practican en la escuela. En los que no tienen quien los ayude con las tareas en la virtualidad, los que no tienen internet”, reflexiona. En la escuela, en cambio, Julián y Delfina no son tan diferentes. Fuera de la escuela la brecha se agranda.

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