La pipa aventura un sueño escapado en humo. Las historias trepan por los bigotes y se descuelgan de una guitarra. En el haz de luz un diapasón crece como flecha en el escenario. Pudor. Silencio. Hasta lágrimas. El juglar bordonea un testamento: “me pondré triste como un sauce el día en que me llame Dios... Si hay que marchar al cementerio, el camino más largo tomaré, le haré la yuta a mi tumba y el mundo loco dejaré. Que el funebrero me regañe, creyéndome un loco de atar. Quiero partir al otro mundo distraído como un escolar... Ojalá mi viuda se alarme cuando sepulte a su mitad y que para llorar un poco cebollas no tenga que pelar... Aquí termina una hoja muerta, mi testamento terminó, han escrito en mi puerta: “cerrado por causa de duelo”. He dejado la vida sin rencor. Ya no me dolerán las muelas, aquí estoy en la fosa común, en la fosa común del tiempo”.
1921, octubre 22. En Sète, en el golfo de Lyon, un changuito gesticula su primera rebeldía en el mundo. Su padre aspira tener un albañil en la familia. Solo le basta un par de años para descubrir que la escuela no es su amiga. Para convencerlo de que está equivocado, la maestra lo encierra durante horas en un ropero. En ese oscuro silencio, el germen del odio a la autoridad va sembrando su corazón. Pero no todo es malo. Alphonse Bonnafé, otro maestro, le abre las ventanas de la poesía.
El gorila y el juez
Solitario y sin estridencias. Se alimenta de playas y mar, de hermanos como él. Anarquismo lo abraza. El diario Le Libertaire publica sus primeras osadías. En los años ‘50 los cabarets parisinos lo ven debutar. No pasa inadvertido para Charles Trenet, Mireille, Jean Sablon, Edith Piaf, Yves Montand, Juliette Greco, Jacques Brel. La canción francesa se viste de esplendor. Los gruesos bigotes se sientan en el escenario Olympia y comienzan a narrar insólitas historias. Un gorila escapado de su jaula viola a un juez que ha hecho decapitar un hombre. Las máscaras sociales inician un derrumbe en las cuerdas de la guitarra. Los duendes de François Villon y Rabelais se anochecen en la ternura y en la carcajada. Malas palabras. Crítica social. Ironías. Desparpajo. Desconcierto. Ovación inusitada.
“Para conocer a una mujer hace falta toda una vida… la amistad no pide nada a cambio, salvo mantenimiento. El mejor vino no es necesariamente el más caro, sino el que se comparte”, piensa. Los jóvenes lo siguen. Popularidad. Pero él, lejos. No hay rubias entre sus brazos, no hay castillos ni dólares por doquier. El caviar y el champán no son para él. Solo guisitos de lentejas. Nada de aviones. Una barcaza maltrecha lo arrima a la rebeldía del mar. De vez en cuando, desviste la soledad y sale a los escenarios, donde una silla lo espera. También su contrabajista Nicolas Pierre. “A mis canciones les doy una importancia capital y al mismo tiempo me importan un bledo. En la música soy un huérfano, pero en las palabras sé de dónde vengo. No soy un gran poeta, tampoco pequeño. Soy un poeta mediano. Me gusta hacer malabares con las palabras y lo hago seriamente. Llego cuando los hombres están fastidiados, y los hago jugar. Les hablo de cosas simples, de la vida, de la muerte, del amor”, dice.
Las palabras no chocan
Procaz. Tierno. Irónico. Provocador. Blasfemo para unos. Sublime para otros. Canciones y poemas son llevadas a otros idiomas. El escritor y periodista tucumano Julio Ardiles Gray es uno de sus traductores. “Soy meridional. Con mis compinches tenía la costumbre de cantar estrofas subidas de tono. A fuerza de vivir con personas como Rabelais, las palabras no chocan, se transforman en algo más abstracto. Me asombro mucho cuando me dicen que todavía se vende mi primer disco. Claro, me dirán que son los jóvenes que van llegando. Pero por lo común, lo primero que hacen los jóvenes es arrojar por la borda lo que es típico de sus padres. Tal vez, en el fondo, yo tenga una pequeña leyenda”, reflexiona.
1967. Gran Premio de Poesía. Le ofrecen postularse para un sillón vacante en la Academia Francesa. No acepta. Sus poemas se leen en las escuelas. Es un oso solitario y bribón, con alma de albañil. En cada ladrillo un sueño, una argamasa de bondad. “No soy un artista. Al menos no tengo ese aspecto. No valgo más que los otros. Para el público soy diferente. No molesto demasiado a los demás. No obligo a nadie a vivir conmigo. Eso me va a permitir continuar haciendo canciones y brindándolas a los que me aman de verdad. Porque los otros, los otros no tienen tanta importancia. Una canción es como el matrimonio. Es necesario haber vivido un poco junto a ella para saber si se trata de una luna de miel”.
Desde el ‘68, los riñones le vienen poniendo zancadillas. El cáncer lo arrincona. 1981, octubre 27. Saint-Gély-du-Fesc, cerca de Montpellier. “La única revolución es intentar mejorar uno mismo esperando que los demás también lo hagan… la vida es siempre amor y miseria, la vida son siempre las mismas canciones… Creo que Dios, si existe, exagera… muramos por las ideas, de acuerdo, pero de muerte lenta”, piensa, mientras mira con curiosidad cómo los 60 años recién cumplidos se trepan a las volutas de su pipa. Playa. Arena. Mar. Olas. El viento silba un testamento. Los poemas y canciones de Georges Brassens se van extraviando en la memoria del tiempo.
LA MALA REPUTACIÓN
En mi pueblo sin pretensión
tengo mala reputación,
haga lo que haga es igual
todo lo consideran mal,
yo no pienso pues hacer ningún daño
queriendo vivir fuera del rebaño;
no, a la gente no gusta que
uno tenga su propia fe.
No, a la gente no gusta que
uno tenga su propia fe
todos todos me miran mal
salvo los ciegos, es natural.
Cuando la fiesta nacional
yo me quedo en la cama igual,
que la música militar
nunca me pudo levantar.
En el mundo pues no hay mayor pecado
que el de no seguir al abanderado
y a la gente no le gusta que
uno tenga su propia fe
Y a la gente no gusta que
uno tenga su propia fe,
todos me muestran con el dedo
salvo los mancos, quiero y no puedo.
Si en la calle corre un ladrón
y a la zaga va un ricachón
zancadilla doy al señor
y he aplastado el perseguidor…








