Rugby femenino: una revolución que cumple 35 años - LA GACETA Tucumán

Rugby femenino: una revolución que cumple 35 años

El 23 de noviembre de 1985 se jugó en Buenos Aires el primer partido protagonizado por mujeres en el país, hito que marcó el inicio de un fenómeno imparable y expansivo.

23 Nov 2020 Por Federico Espósito
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LAS PRIMERAS. En la cancha de Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó se enfrentaron las locales contra un equipo de jugadoras que vestía la camiseta de Alumni. El triunfo de las anfitrionas fue meramente anecdótico: comenzaba una nueva era.

Para muchos, el de las chicas que juegan al rugby puede ser un fenómeno más o menos reciente. Si se considera que hasta hace poco más de 10 años el número total de jugadoras en Argentina era de apenas 150 (hoy son más de 6.000), podría concluirse que sí. Pero la verdad es que no: en los últimos años, nuevas evidencias revelaron que ya a fines del siglo XIX había mujeres rugbistas en Europa. Igual, no hace falta irse tan lejos ni tan atrás. En Tucumán existe ya desde 1996, cuando surgieron las “Huarmis” en la entonces Escuela de Educación Física, aunque su período expansivo comenzó a partir de 2009, con la aparición del equipo femenino de Cardenales. Sin embargo, para llegar al big bang argentino hay que remontarse bastante más atrás, al sábado 23 de noviembre de 1985. Ese día, en cancha de Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó (GEI), en Buenos Aires, se jugó el primer partido de rugby protagonizado por mujeres. Una idea transgresora para la época que, sin proponérselo, fue el inicio de una revolución imparable. Hoy, cuando se cumplen 35 años de ese hito, es una buena oportunidad para recordar su historia.

Contra la corriente

En la mesa familiar de los Ruffo siempre se hablaba de deportes. Algo lógico, siendo que las cuatro hijas de Rodolfo Ruffo practicaban alguna disciplina en GEI, club al que él está ligado desde 1953. “Un día, me preguntaron por qué no había rugby femenino en Argentina. Yo me reí. Imaginate, era 1985. Les dije: cómo va a haber mujeres jugando al rugby acá, no me hagan perder el tiempo”, recuerda “Pichi”. En realidad, sus hijas estaban haciendo todo lo contrario: se estaban adelantando al tiempo. Porque ese mismo año, en septiembre, Ruffo leyó en una pequeña revista que había un grupo de jugadoras entrenándose con un chico de Alumni, sin un rival con quien jugar. Se llevó el folleto a su casa y les dijo a sus hijas: ahí tienen, ya hay chicas que quieren jugar al rugby.

TRANSGRESOR. Rodolfo “Pichi” Ruffo, uno de los iniciadores del fenómeno.

Le preguntaron cuántas jugadoras hacían falta para formar un equipo. Les respondió que unas 15 a 18 por lo menos. Y ellas se pusieron en campaña para reclutar chicas del colegio. Virginia pegó una invitación en un pizarrón, lo que desató cierto revuelo. “Es que era un colegio de monjas, súper estructurado”, cuenta Mónica Mottura, compañera de Juliana, otra de las hijas de Ruffo. Mónica no tenía ningún vínculo con el rugby, pero le atrajo la propuesta. “Me gustó el desafío. Y reconozco que también acepté un poco porque sabía que en el rugby había chicos lindos. Suena feo, pero era así, ja ja”, confiesa “Mottu”.

Apenas una semana les tomó a las Ruffo juntar las 18 voluntades necesarias para pedirle a “Pichi” que las entrenara. “Las cité para un martes a la tarde en el anexo de GEI. Estaba lloviznando y pensé que no iba a ir nadie, pero a la hora pactada había 18 chicas listas para comenzar el entrenamiento. Les dejé en claro que el rugby es un deporte de contacto y que primero iba a hacer un ejercicio de prueba del que dependía si empezábamos o no. El ejercicio consistía en que yo tiraba la pelota hacia arriba y ellas la tenían que embolsar contra el pecho, como si fueran un arquero. Si eso les provocaba dolor, porque el pecho es una parte sensible de las mujeres, no podíamos seguir. Pero todas lo hicieron sin ninguna queja, así que comenzamos los primeros días de octubre”, cuenta Ruffo.

A jugar

Después de casi dos meses de trabajo, las chicas de GEI estaban listas para enfrentar a las de Alumni. El encuentro se desarrolló en cancha de GEI, y contó con un gran marco de público. “Creo que nunca lo vi tan lleno al club como ese día. Había gente hasta en los techos. Al principio algunos nos gritaban que nos fuéramos a lavar los platos, pero cuando nos vieron jugar, se sorprendieron. Porque teníamos un juego inteligente”, cuenta Mónica, capitana de GEI.

“Muchos habían ido a reírse de las chicas, pero se dieron cuenta de que no jugaban así nomás, pateando la pelota a cualquier lado. Yo era entrenador en mi club y les había enseñado a jugar como a los varones”, cuenta “Pichi”.

NACIONALES. Mottura (izquierda, arriba) junto a referentes del país.

Medios como La Nación, Clarín y el Buenos Aires Herald reflejaron al día siguiente el triunfo de las “vikingas” de GEI sobre las chicas de Alumni. O mejor dicho, a las que vestían los colores de Alumni, que no es lo mismo. Sucede que Pablo Di Liscia, su entrenador, jugaba en ese club y les había conseguido las camisetas, pero eso no implicaba el reconocimiento de la institución. “La idea era jugar la revancha en Alumni, pero no nos lo permitieron. Nos dijeron que no se podía porque ese era un club de hombres. Así que el segundo partido también lo jugamos en nuestra cancha. Muchos años después escuché a un hombre de Alumni decir que su club era pionero en rugby femenino y me enojé, porque eso no era cierto. En su momento, a las chicas no las reconocieron ni las dejaron jugar en su cancha. Por eso, el primer equipo femenino de club en Argentina es GEI”, remarca Ruffo.

El impacto derivó en una invitación al año siguiente para jugar contra Barbarie RC, un equipo femenino formado en Concepción del Uruguay. Tras la revancha, que se jugó en Ituzaingó, el rugby femenino se apagó hasta mediados de los 90. “Un tipo me propuso hacer negocio con las chicas y dije que no, que lo que hacíamos era para divertirnos”, explica Ruffo. Mónica da otra razón: “había mucha oposición machista. El rugby argentino todavía no estaba listo, nuestra imagen chocaba mucho con la de la mujer que debía quedarse en la casa cuidando a los hijos. Nos veían como subversivas. Por suerte, con el tiempo eso fue cambiando y hoy hay otra cabeza. Todavía subsisten prejuicios, pero que desaparezcan es sólo cuestión de tiempo y perseverancia”.

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