Lisandro Carrizo, el caudillo que soñaba con un rugby federal

A 35 años de su partida, el recuerdo que se mantiene con plena vigencia.

12 Sep 2020 Por Federico Espósito

A los fines de una reconstrucción más apropiada del siguiente perfil, deberá concederme el lector la licencia de una breve introducción en primera persona: por una cuestión generacional, no llegué a coincidir y mucho menos a conocer al ingeniero Lisandro Carrizo. Sin embargo, el suyo es por lejos el nombre que más veces he escuchado o leído de entre quienes alguna vez tuvieron el honor de presidir la Unión de Rugby de Tucumán. Lo que me llevó a preguntarme: ¿por qué? ¿A qué se debe que, habiendo pasado ya 35 años de su partida, se siga hablando tanto de él? ¿Qué tenía de diferente? ¿Cuál fue su mérito para que el pasaje donde se ubica la sede de la URT lleve su nombre? Fruto de esa curiosidad fue la búsqueda de algunos hechos y testimonios que me ayudaran (a mí y a quienes no lo conocieron) a tener una idea más acabada sobre quién y cómo era Lisandro Carrizo.

Extiendo la licencia para confesar que grande fue mi sorpresa al enterarme de que uno de los hombres más importantes e influyentes en la historia del rugby de Tucumán no era tucumano, sino salteño (surgió en Gimnasia y Tiro). Tal vez esa doble provincialidad haya tenido algo que ver en su pujanza por un rugby federal, de fronteras más amplias, contrapuesto al centralismo que imperaba en aquel tiempo.

Su personalidad de líder se reveló ya en los años de bachillerato. Años más tarde, a fines de la década del 50, fue titular de la Federación Universitaria del Norte (FUN), y egresó con el título de ingeniero geodesta y geofísico de la Facultad de Ciencias Exactas y Tecnología de la Universidad Nacional de Tucumán. A su formación académica le agregó estudios en administración de empresas en la Escuela de Economía de la Universidad de Chile. Ya para entonces, su costado rugbístico se desarrollaba como segunda línea de Lince, club del que luego fue presidente.

“Lo conocí en la época del colegio, y después nos empezamos a ver seguido en las canchas. Muy meticuloso en su andar, en su forma de vestir. Tenía un estilo comprador, pero no zalamero, sino carismático. Un tipo muy despierto, que pensaba en grande”, lo pinta Carlos “Cacho” Valdez.

Su labor dirigencial en Lince lo catapultó a la URT, donde se desempeñó primero como secretario del presidente Vicente Hernández Palacios. A fines de diciembre de 1973, los ocho clubes afiliados a la Unión lo eligieron en forma unánime como presidente, cargo que ocuparía durante 12 años, hasta su fallecimiento en octubre de 1985. Durante ese lapso, en abril de 1979, había sido nombrado director general de Catastro.

“Él quería ser presidente de la Unión, y en el futuro ir más arriba, a la UAR. De no haberlo sorprendido la muerte, estoy seguro de que hubiera sido el primer presidente del interior. Junto a él luchamos mucho contra los porteños. Armamos quilombo en la mesa de la UAR sosteniendo que era necesario federalizar el rugby, porque antes todo era Buenos Aires. Por eso digo que fue un hombre muy valioso para el deporte”, sintetiza “Cacho”.

Lisandro era, entonces, el hombre que las circunstancias pedían. Uno con visión de futuro, capaz de conducir hacia un destino más grande el talento y la pasión que sobraban en el rugby tucumano.

“Fue un puntal. Sabía manejar a la tropa, de jugadores, de entrenadores y de dirigentes. Lo ayudaba su personalidad, era muy macanudo, resultaba difícil no hacerse amigo de él. Por eso se lo añora tanto, porque no es fácil suplantar una figura así”, opina José Taboada, quien trabajó durante varios años al lado de Carrizo.

Sin embargo, su influencia trascendió por mucho los límites de Tucumán. Fue un abanderado del rugby del interior frente al absolutismo de Buenos Aires en la toma de decisiones. “Era grande la grieta. Ellos manejaban la UAR, y nosotros lo único que teníamos era la reunión de la Comisión de Uniones, donde se agrupaban todas. Tuve la suerte de acompañarlo a varias de esas reuniones, y él se imponía con su presencia y su personalidad. Por eso yo lo defino como un auténtico caudillo del rugby”, titula “Pepi” Taboada.


Misión cumplida

Durante la gestión de Lisandro se produjeron los primeros triunfos internacionales de Tucumán, a mediados de los 70, y se fue abonando el terreno para el despegue y posterior explosión de los Naranjas, ya en la década del 80. El seleccionado, aseguran, era la debilidad de Carrizo. “Le daba mucha importancia al jugador, y fundamentalmente a la camiseta de Tucumán”, sostiene Jorge Rocchia Ferro. “Además de gran político, era un gran armador de cosas. Junto a un rosarino de apellido Cripovich crearon el torneo Centro de la República una noche en Lawn Tennis, como a las tres de la mañana”, agrega el ex pilar “naranja”.

El sueño de Lisandro era ver a Tucumán consagrarse campeón argentino. A principios de los 80, el seleccionado había estado cerca de lograrlo en más de una oportunidad, pero le había faltado algo de suerte y quizás de irreverencia para faltarle el respeto a Buenos Aires. En junio del 85, ya debilitado por la enfermedad que lo aquejaba, se vio reconfortado por la visita de Francia, pero no quería partir sin ver a la Naranja en lo más alto.

“Quiso la Omnipotencia Divina que las cosas se dieran así, como las deseaba”, escribió Jorge Bascary en su semblanza del día posterior a la muerte del caudillo. Sí, con las últimas fuerzas que le quedaban, asistió al aeropuerto acompañado por su vicepresidente, Arnaldo Alonso, para ver a sus Naranjas (entre los cuales estaba su hijo Álvaro) descender del avión como campeones argentinos. El emotivo abrazo con el entrenador Alejandro Petra quedó grabado en la memoria de todos los que estuvieron allí. Los jugadores le dedicaron la conquista a quien siempre los había apoyado. Fue su última aparición pública. Pocos días días después falleció, con apenas 53 años, pero su misión estaba cumplida: Tucumán comenzaba su etapa de mayor grandeza.

A modo de homenaje, el 22 de diciembre de 1993 se aprobó la iniciativa de los concejales Alejandro Petra, Pablo Calvetti y Juan Luis Fernández de nombrar “Ingeniero Lisandro Carrizo” al pasaje de la avenida Soldati donde se emplaza la sede de la Unión. “Promovió la amistad entre los jugadores de distintos clubes. Un dirigente extraordinario, que dejó su vida por el rugby”, lo resume Rocchia Ferro.

Creo que ahora sí tengo las respuestas a todas aquellas preguntas que alguna vez me hice.

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