Tradición ancestral: cómo es el día a día de los criadores de gallos finos - LA GACETA Tucumán

Tradición ancestral: cómo es el día a día de los criadores de gallos finos

Entre 30.000 y 45.000 familias tucumanas,de zonas rurales, se dedican a esta actividad, que no es ilegal como sí lo son las riñas.

09 Sep 2020 Por Franco Vera

Las riñas de gallos fueron suspendidas en Tucumán por una decisión judicial. No así la cría de los gallos, que continúa desarrollándose en todo el territorio provincial, principalmente, en pueblos del interior. Esta actividad sí se considera legal.

De acuerdo con el último censo conocido, había 80.000 galleros y galleras en la provincia, cifra que, se calcula, ya ascendió a los 100.000. Esto puede equivaler a unas 30.000 o 45.000 familias tucumanas que crían gallos finos, especialmente, en las zonas rurales.

Estos expertos explican que la vida de cada ejemplar comienza antes del nacimiento, ya que el gallo y la gallina vienen de una selección. A su vez, el huevo puede ser incubado de dos maneras: de modo artificial (en incubadoras) o de forma criolla, bajo el calor de la gallina.

Como una terapia

En Bella Vista, a 25 kilómetros de la capital, Gabriel Sierra, de 27 años encontró en la cría de gallos finos una terapia para la parálisis cerebral que padece. Vive con su mamá, Ramona, de 63 primaveras, y su papá, José Luis, de 69. Fue de él de quien heredó los primeros pollos. Ellos adaptaron la casa para Gaby, que se moviliza en silla de ruedas, y para sus animales.

ENTRENAMIENTO. Este es el brete, donde los gallos hacen las “topadas”.

“Trabajo con mi papá y mi mamá desde los cinco años, todos colaboramos en atender y cuidar nuestras aves. Por ejemplo, la recolección de huevos se debe hacer con mucho cuidado; retirarlos, etiquetarlos con el nombre del gallo y la gallina de los que desciende... Eso se hace todos los días en la época que las gallinas están empollando”, describe.

Para muchas familias rurales la cotidianidad gira alrededor de estos animales, un conocimiento que se transmite de generación en generación, y que se define como una tradición familiar. En muchos hogares es posible encontrar de cuatro a seis generaciones seguidas de galleros, y de uno a 10 ejemplares de estos gallos finos.

A los 15 días de haber nacido los pollos, son separados y comienzan a ser entrenados en la pelea. “Los criadores colocamos en el gallinero un pollo de mayor edad para que cumpla la tarea de preceptor, y los separe”, relata Seifo Ángel Américo, de 66 años.

CUIDADO. A los gallos se les pone en el pico protectores de cuero.

Es un jubilado que hace seis años y medio perdió la vista a causa de una enfermedad nunca tratada en sus ojos. “Cuando perdí la vista, lo único que pensaba era en matarme; los gallos me sacaron de la depresión”, describe, y sus ojos muertos desprenden lágrimas. Seifo sigue hablando entre jaulas de madera y un ensordecedor graznar de gallos y gallinas que lo obliga a levantar la voz.

OTRO CRIADOR. José Luis Sierra muestra con orgullo su gallo fino.

Para poder seguir criando animales colocó más de 50 metros de cuerda, a 1,80 metro del suelo, que atraviesan toda su casa. Esa cuerda le sirve de guía para recorrer el enorme gallinero fabricado con cañas, paja y plásticos. Su gallo predilecto se llama El ciego, y como él perdió la visión. Claro que al gallo le pasó como consecuencia de un golpe que recibió en una topada en Leales. El sol empieza a soltar sus primeros rayos, el criador luego del “café” (un jarro de mate cocido con bollo) empieza a sacar los gallos de la jaula para que se alimenten al aire libre.

“La Tía”

María Silvia Gramajo está a punto de cumplir 89 años. Es conocida como La Tía en el ambiente gallero. Fue una de las primeras mujeres en criar gallos finos. Desde los ocho años acompañaba a su padre. Se contagió esta pasión de su hermano Miguel “Burro” Gramajo, que en 1940 con apenas 15 años empezó a caminar entre bretes. La Tía conserva sus animales en su casa, en un gran gallinero. Allí, los días de la familia transcurren en esta peculiar tradición, “observando y aprendiendo”. Es el ejemplo que le transmite a su nieto Matías, de 13 años, que ya cuida y entrena sus primeros pollos. La familia Gramajo cuenta con ocho generaciones de criadores.

“LA TÍA”. María Silvia Gramajo saca uno de sus ejemplares de la jaula.

En el brete

Las tareas más laboriosas son las de “el brete”, un círculo de estructura de hierros soldados, cubierta de lona roja, piso amortiguado con alfombras y césped sintético. Las aves de entre ocho y 16 meses se pesan, se lavan y se les coloca protectores de cuero en el pico y guantes en las patas para que no se lastimen con los golpes.

Cuando cae la noche, el brete queda vacío. Cada gallo ya está en su jaula, listo para el descanso. Las familias galleras cierran una jornada más de trabajo mientras siguen a la espera de que se resuelva el litigio judicial que mantiene suspendidas las peleas.

HIGIENE. Gabriel Sierra junto a sus padres lava uno de los gallos finos.

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