La danza de la lluvia

25 Jul 2020 Por Federico Türpe

Una tenue llovizna bañó a los tucumanos entre el miércoles y el jueves. Pese al frío y a las complicaciones que provoca el agua helada para realizar algunas actividades al aire libre, el comentario de la gente fue unánime: ¡qué alivio!

No cayó suficiente agua, pero al menos sirvió para limpiar un poco el aire, que ya venía registrando picos de polución, principalmente por dos razones: una, porque hace casi cuatro meses que no llueve de verdad; las últimas lloviznas muy tenues ocurrieron el 25, 26, 27 y 28 de abril, con precipitaciones de entre 0,3 y un milímetro. Y la última lluvia en serio se registró el 1 de abril, cuando cayeron 25 milímetros.

El segundo motivo del envenenamiento sistemático del aire en Tucumán es la quema de caña. Práctica tremendamente nociva para la salud de la población, para la seguridad vial, para las redes eléctricas y para la higiene en general.

Pese a los esfuerzos del gobierno -por lejos, insuficientes- y a muchos sectores de la sociedad civil, este método de cosecha sigue estando muy arraigado en la provincia, al punto que hace apenas 30 años se lo enseñaba en la Facultad de Agronomía de la UNT.

Desde 2015 Tucumán viene implementando el Programa de Certificación de Buenas Prácticas local (Gap) “caña sin uso del fuego”, una rama del Global Gap.

Consiste en un conjunto de procedimientos y documentaciones, en los que el productor se somete a auditorías, luego de las cuales se documenta que el fuego no ha sido usado ni en las tareas de cosecha ni en las de cultivo.

Se constata además si en las fincas se toman las medidas preventivas para que el fuego no ingrese a los campos en ningún momento.

En la provincia existen unas 260.000 hectáreas destinadas al cultivo de caña. Hasta enero de este año, 44.000 hectáreas habían ingresado al programa de certificación Local Gap, según la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (EEAOC).

En la vereda del frente, cada año se queman hasta 80.000 hectáreas de cañaverales.

2019 fue el año en que menos se quemó (50.000 hectáreas), ya sea en pie o rastrojo de caña, desde que se llevan registros de estas prácticas, también según la EEAOC.

En 2018 se habían contabilizado 86.000 hectáreas incendiadas.

En una reciente entrevista al multimedio “Suena a Campo”, el ingeniero Manuel Ponce, asesor de los Grupos CREA (una asociación civil que nuclea a más de 2.000 empresas agropecuarias), explicó cuál, según su punto de vista, es uno de los principales problemas para erradicar la quema.

Contó que el 80% de la caña la produce sólo el 20% de los productores, la mayoría de los cuales está erradicando estos métodos nocivos.

Y que, a la inversa, el 20% restante de la caña de azúcar se distribuye entre el 80% de pequeños productores “que aún mantienen las viejas usanzas de cosechas semi mecanizadas, con equipos básicos y sin tecnología, viejas prácticas que necesitan del uso del fuego”.

Sin embargo, 44.000 hectáreas certificadas es bastante menos que el 80% que dice estar tecnologizado y sin usar el fuego.

Si bien la ley 6.253 y su posterior modificación (7.459) prohíben los incendios como métodos de cosecha, les otorga nada menos que 20 años a los productores para reemplazar esta práctica. Es, como mínimo, polémico.


Desde lejos sí se ve

Cuentan siempre los parapentistas que en los meses en que se extiende la zafra cañera -entre abril/mayo y noviembre/diciembre- lo que se ve desde el aire es realmente impactante. También lo pudieron ver los ciudadanos de a pie desde la cima del cerro San Javier.

Un infinito manto de humo que cubre a Tucumán hasta donde llega la vista.

Los departamentos donde más incendios se verificaron son Cruz Alta, Monteros, Simoca y Leales, en ese orden.

Es como si los casi dos millones de tucumanos estuviéramos conectados, entre seis y ocho meses, a un gran pulmotor lleno de un gas venenoso imperceptible, excepto desde las alturas.

Dependemos de las poco frecuentes lluvias de invierno para respirar aliviados al menos unos días.

Percibimos las cenizas en los patios, en la ropa, en las piscinas, en todo lo que ensucia, pero esas son sólo las partículas más grandes, y las menos; al resto que no vemos simplemente lo respiramos.

Está comprobado que las partículas microscópicas de este hollín terminan en casi todos los órganos del cuerpo, lo que aumenta el riesgo de problemas cardíacos, enfermedades oculares, accidentes cerebrovasculares, asma, neumonía y cáncer de pulmón.

Un estudio publicado en abril y actualizado en mayo por la Universidad de Harvard descubrió que una mayor exposición a pequeñas partículas en el aire de solo 1 microgramo por metro cúbico aumenta las tasas de mortalidad de Covid-19 en un 8%. En Tucumán se llegaron a medir 100 veces esos valores de contaminación en épocas de zafra.

Ya que siempre nos hablan de cuidarnos.


Más grave que los autos y la industria

Para comprender la gravedad de este problema causado por el hombre vamos a compartir un estudio que acaba de publicarse. Fue producido por Bloomberg Green, un medio internacional focalizado en cuestiones medioambientales, en sociedad con OpenAQ, una organización sin fines de lucro que combate la desigualdad atmosférica y comparte datos abiertos en todo el mundo, en base a índices del informe anual que realiza la consultora suiza IQAir.

Hace unos días dieron a conocer el ranking de las ciudades que tienen la atmósfera más contaminada del planeta.

Para sorpresa de muchos, la metrópolis con el aire más envenenado no fue la Ciudad de México, famosa por su polución, ni grandes urbes de la India o de China.

Resultó ser Temuco, una ciudad chilena ubicada a 620 kilómetros al sur de Santiago de Chile.

Temuco, de 240.000 habitantes, es capital de la provincia de Cautín y de la Región de La Araucanía.

“A diferencia de las megalópolis asiáticas, con poblaciones casi 100 veces superiores, tráfico y actividad fabril las 24 horas, la polución en Temuco no tiene su origen en la actividad industrial, sino en la pobreza”, explica Bloomberg Green.

“La situación se agrava entre junio y agosto, durante la época más dura del invierno en el Hemisferio Sur, cuando la temperatura mínima marca en promedio 4 °C. Producto de la desmejorada condición económica, los temuquenses no tienen más remedio que quemar leña barata, a menudo húmeda (como la caña de azúcar), para mantenerse calefaccionados”, agrega la publicación.

El 87% de las PM 2,5 (partículas en suspensión de menos de 2,5 micrones) en las ciudades chilenas está producido por el fuego que genera el hombre, según el Ministerio de Medio Ambiente de Chile. El 6% por los vehículos, el 3,5% por el sector termoeléctrico y el 2% por otras industrias.

Desconocemos la razón por la que no hay mediciones de Argentina en IQAir.

Chile tiene además una condición que agrava sus estándares de polución: su geografía. El aire queda atrapado, en muchas ciudades, entre el viento marítimo que empuja y la cordillera que lo frena.

En Tucumán ocurre un fenómeno parecido. Es una región que carece de fuertes vientos gran parte del año (la capital está en una especie de pozo) y el humo que viene de los cañaverales del este queda atrapado cuando choca con las montañas, justo en las zonas más pobladas.

Como con las cloacas, durante el alperovichismo-manzurismo se subestimó el problema con el argumento de que no era urgente porque era algo que no se veía. Hasta que explotó por todos lados y se terminó viendo.

En medio de una enfermedad respiratoria pandémica, la contaminación del aire por la quema de cañaverales debería encabezar la agenda de esta administración.

Por ahora, como es un problema que se respira pero no se ve, excepto para los pocos que suben al cerro o sobrevuelan la ciudad, no está siendo una prioridad para el gobierno.

A los tucumanos, como creen en algunas culturas, sólo nos queda bailar la danza de la lluvia y rezar para que el agua nos ayude a respirar.

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