Víctimas de nuestras propias emociones

11 Jul 2020 Por Federico Türpe
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Durante las últimas semanas estuvo circulando por las redes sociales una información que sostenía que, a causa del coronavirus, Italia recortaría el gasto político y eliminaría 345 bancas del Congreso (230 diputados y 115 senadores). De este modo, el Poder Legislativo italiano pasaría de tener 600 parlamentarios a 255, menos de la mitad.

Si bien esta noticia es verdadera, es vieja y, por lo tanto, termina siendo falsa.

El Congreso italiano aprobó esta ley el 8 de octubre de 2019, pero nunca entró en vigor. Debía ser confirmada, luego de que se publicara en la Gaceta Oficial -el equivalente a nuestro Boletín Oficial-, por un referéndum constitucional, que debía haberse celebrado el 29 de marzo.

La pandemia, que se desató meses después de que este recorte fuera autorizado, obligó a postergar la consulta popular y hasta hoy el primer ministro italiano, Giuseppe Conte, no confirmó una nueva fecha para la votación.

Existen distintos tipos de noticias falsas. La publicación de información antigua, descontextualizada, es una de las más extendidas. Fotos y videos antiguos son la estrella de la desinformación, porque resulta mucho más complejo, para el ciudadano común, descubrir que una foto o una filmación no son actuales.

Cómo saber acaso, si no se es experto en chequeo de datos, que la foto que nos llega por WhatsApp que muestra 10 cadáveres en un hospital de México no pertenecen a víctimas de la Covid-19, sino a personas fallecidas durante la epidemia de la Gripe Porcina (virus H1N1), ocurrida entre 2008 y 2009.


Cadáveres políticos

El cuerpo sin vida de Fabián Gutiérrez, ex secretario privado de Cristina Fernández de Kirchner, fue encontrado entre los escombros en El Calafate, el sábado 4 de julio.

El cadáver aún estaba tibio y sin embargo, minutos después ya miles de bots, de trolls y, por efecto contagio, de gente “normal”, ya habían investigado, juzgado y sentenciado el caso en las redes sociales: “lo mataron”, “lo suicidaron”, “lo callaron para encubrir a Cristina”, entre una larga lista de veredictos en tiempo récord.

El cuerpo estaba en el lugar perimetrado por la Policía, pero miles de personas decían que ya era "cosa juzgada".

Ocurrió con otros casos similares donde la muerte roza a la política, al poder económico o a las fuerzas de seguridad: Santiago Maldonado, Rafael Nahuel, el tucumano Luis Espinoza, el fiscal Alberto Nisman, o más antiguos, como el brigadier retirado Rodolfo Echegoyen, encontrado en 1990 con un balazo en la cabeza, cuando como titular de la Aduana investigaba casos de narcotráfico y lavado de dinero, o el escandaloso suicidio del empresario Alfredo Yabrán, en mayo del 98.

Ese mismo año también aparecieron muertos el capitán Horacio Estrada, con un balazo en la cabeza, imputado en la venta de armas a Ecuador, o el empresario Marcelo Cattáneo, acusado por corrupción en el caso “IBM-Banco Nación”, quien apareció ahorcado en la ciudad universitaria del barrio porteño de Nuñez.

La lista de “suicidios” y muertes extrañas desde el 83 hasta la fecha cuatriplica a los casos aquí citados, la mayoría aún impunes.

Salvo en las redes sociales, donde todos fueron resueltos en cuestión de horas, por gente que vive a miles de kilómetros del lugar del hecho y que en su vida pasó siquiera cerca de un libro de Derecho Penal.


Los gigantes están cambiando

Cuando buscamos en Google acerca del recorte político en el parlamento italiano, sorprende gratamente que los primeros resultados que nos arroja el buscador son noticias que desmienten este bulo, elaborado por equipos de verificación de datos, como Maldita.es (“Periodismo para que no te la cuelen”), una versión española de la argentina Chequeado.com, grupos de profesionales que cumplen la loable, compleja y necesaria tarea de advertirnos cuando una noticia, sobre todo del ámbito político y económico, es falsa, dudosa o verdadera.

Que Google esté empezando a jerarquizar en los primeros puestos a los medios confiables o encargados de verificar la información forma parte de cambios trascendentales que están impulsando los gigantes de internet, más por obligación que por filantropía.

Están enfrentando juicios, restricciones y millonarias multas en Estados Unidos y en Europa.

YouTube anunció hace unas semanas que ha eliminado 200.000 videos y más de 100 millones de anuncios contra la desinformación relacionada con el coronavirus y de este modo, además, evitar que algunos anunciantes saquen beneficios de las “fake news”.

Facebook, que hoy tiene a 35.000 personas trabajando en seguridad, más del triple que hace tres años, luego de varios escándalos por filtración de datos y reproducción de bulos, anunció varios cambios para frenar las campañas engañosas o que fomentan el odio, entre ellos, uno que está vigente desde hace unos días, que es limitar la difusión de información antigua como si fuera actual.

Si la noticia o el posteo tiene más de 90 días, al usuario de Facebook le aparece una notificación que le advierte que está por compartir un contenido que no esa actual. Aún así, Facebook todavía permite republicar la información si el usuario considera que sigue siendo relevante.

Twitter también está rastreando, penalizando y eliminando publicaciones que fomenten el odio, el racismo, las noticias falsas, entre otros delitos aberrantes, y profundizó estas acciones luego del escalofriante asesinato de George Floyd a manos de la policía en Minneapolis.


Los canales de la ira

Hay distintas formas en que se propaga la desinformación. Por un lado están los bots (aféresis de robot), que responden a sistemas algorítmicos, diseñados por empresas para replicar por miles o millones de veces contenido interesado, a favor o en contra de alguien o de algo.

Después están los trolls, que son personas reales, organizadas en oficinas y en redes, de empresas privadas que venden estos servicios o que responden a sectores políticos, que cumplen la misma función que los bots, aunque con contenido más humano, que parece más espontáneo.

Luego están los influenciadores (influencers) que a veces publican contenidos falsos al sólo efecto de generar escándalos, agitar a la audiencia y sumar seguidores.

Por último, la gente común, que reproduce, en general, cualquier cosa que coincida con sus pensamientos, su ideología, o sus emociones, sin importar demasiado si es cierto.

Varios estudios confirman que una noticia falsa es hasta cien veces más compartida que una real, porque suelen ser más atractivas, más escandalosas, lo mismo que con la información negativa, que supera ampliamente a la difusión de los hechos positivos.

Un estudio chino publicado por arXiv.org, un archivo abierto de la Cornell University, confirmó que motivaciones como el enojo y la ira superan por cien veces a publicaciones de personas que están felices.

No reproducimos lo que es cierto, sino lo que coincide con lo que ya creemos y si daña al enemigo, al adversario, con más razón.

En el fondo, nos interesa menos que una información sea verdadera a que coincida con nuestra ideología, nuestros pensamientos, nuestras creencias.

Buscamos información que refuerce lo que ya pensamos, no que nos haga cambiar de opinión. Sólo dudamos de aquello que nos contradice, en cambio, si coincide, lo reenviamos sin pensar demasiado.

Este fenómeno en psicología se llama “razonamiento motivado”. Viene a ser la creencia inconsciente de que la opinión de uno es la mejor de todas y nos hace ignorar cualquier dato que la contradiga.


Los audios que ocultan los contagios

Todos hemos recibido estos meses hasta el cansancio audios en WhatsApp de “médicos”, “enfermeros” o “trabajadores de la salud” que fueron “testigos presenciales” de actos de ocultamiento de la información relacionada con la pandemia.

Si el audio ataca al gobierno, provincial o nacional, contrario a nuestra forma de pensar, lo reenviamos sin dudarlo. Y si es a la inversa, lo ignoramos.

Vale aclarar que los manuales básicos de comunicación empidemiológica y de sanitarismo son contundentes en cuanto a que cualquier brote debe ser difundido lo antes y mejor posible. Hacer lo contrario equivale a dispararse en el pie, como suele decirse.

Ocultar casos de contagios puede parecer, a cortísimo plazo, positivo para una administración, que se muestra como exitosa, pero su efecto a mediano plazo puede ser devastador para cualquier gobierno.

Son datos que no pueden taparse demasiado tiempo, que involucra a una red demasiado amplia y compleja para controlar en su totalidad, y que los resultados, en el caso del coronavirus, saltarán por sí solos en, cuanto mucho, un par de semanas.

Todo experto en epidemiología sabe que cuanto antes se difundan los focos de infección más fácil será controlarlos, porque además la propia población tomará medidas más estrictas sobre su propio cuidado.

Suponer lo contrario no sólo es paranoico y conspirativo, sino propio de una supina y entendible ignorancia, alimentada sólo por el temor o por el enojo.

Las noticias falsas generadas, ya sea por miedo, desconocimiento u operaciones políticas maquiavélicas e interesadas, no son algo nuevo, conviven con la raza humana desde tiempos remotos. La diferencia es que hoy gracias a las comunicaciones los bulos son masivos, instantáneos y de consecuencias impredecibles.

Para que una noticia falsa se propague y cause el daño que pretende necesita de nosotros, ingenuos y muy baratos empleados de algún oscuro poder. Sin nosotros no hay noticias falsas.

Como con la cuarentena, es conveniente mantener a nuestras emociones en casa. Hacer lo contrario es salir a la calle virtual a propagar todos los virus que circulan y que, tarde o temprano, también nos enfermarán a nosotros y a la gente que más amamos.

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