Oscar Barrionuevo: “soy un poeta simple, llano y comprometido”

Oscar Barrionuevo: “soy un poeta simple, llano y comprometido”

Oriundo de Famaillá, el escritor vivió una década en Tierra del Fuego y estuvo en varias ocasiones en Francia. Entre la literatura y la gestión política.

Tal vez, “La vuelta al mundo en ochenta días” le abrió las ventanas del deseo de viajar. Ya en la adolescencia, les mostró sus primeros escritos a Mario Chara y Roberto Reynoso, amigos que le acercaron los duendes de Pablo Neruda. Pero también sus padres y su tía Nelly, bibliotecaria del pueblo, alimentaron sus sueños con libros. “A partir de ‘Confieso que he vivido’, concebí la idea de que había que salir a andar el mundo para que el mundo después volviera a uno… cuando llovía me encantaba mirar el naranjo que estaba en la vereda de mi casa. Las gotas de agua, las naranjas y la calle de tierra se treparon en mí y se volvieron poesía”, dice el escritor Oscar Barrionuevo, que vio la luz en Famaillá. El autor de “Gramática de ausencias y desencuentros”, vive actualmente en Tafí Viejo, donde se desempeña como secretario municipal de Planificación.

- ¿Cómo era la actividad cultural del Famaillá de tu juventud?

- Mi adolescencia fue en dictadura… en un Famaillá militarizado. La Policía Federal entraba en las casas, el Ejército de Antonio Bussi, otro tanto. Quemaron los libros de la biblioteca del pueblo; sin embargo, en medio de ese contexto oscuro y de horror, apareció Caminos, un grupo cultural. Fue como una bocanada de aire fresco.

- ¿Cómo te vinculás con los integrantes de JoETuc? ¿Se trataba de un grupo homogéneo con una estética propia? ¿Cuáles eran las líneas de creación?

- Fui cofundador de Jóvenes Escritores Tucumanos. Éramos un grupo homogéneo, todos hijos del silencio. Estudiábamos en la Facultad de Filosofía y Letras y nuestros admirados eran los mismos: Juan Gelman y Armando Tejada Gómez. De alguna manera, influenciados por ellos, seguimos la línea de escribir comprometiéndonos con nuestro momento. Algunos éramos militantes, como fue mi caso y el de Alejandro Carrizo.

- ¿Por qué te fuiste a Tierra del Fuego? ¿Cómo era la movida literaria allí? ¿Qué experiencia te dejaron los diez años en Río Grande?

- Apenas me recibí de la Facultad me fui a vivir a Tierra del Fuego. Ya lo había intentado al terminar la escuela secundaria. Con 17 años trabajé en Trelew en una tejeduría. En las madrugadas de ese verano, cuando salíamos de nuestro turno, mis compañeros enfilaban para un boliche a tomar pisco y jugar a las cartas. Yo esperaba que la mañana avanzara y me iba a la playa. Me fascinaba mirar las gaviotas. En esos días descubrí a César Vallejo. Extrañaba Tucumán y me volví. Ya con el título de profesor en Letras intenté por segunda vez mi destino sureño. Allí conocí a los poetas Daniel Quintero y Julio Leite. Con ellos fundamos El Castor Literario, otro movimiento artístico. Publiqué con Julio el poemario “Primeros Fuegos”. Tejada Gómez lo presentó en Río Grande. Estuve vinculado 10 años a Tierra del Fuego. Sigo en contacto con esos amigos. Pero durante esos 10 años también viví en Capital Federal y viajé mucho a Francia.

- ¿En qué consistió el proyecto “Navegante de tierra firme”?

- “Navegante de tierra firme” solo lo puede hacer un “inocente y temerario corazón”, al decir del gran poeta Mario Casacci. Durante cuatro meses atravesé la Patagonia, desde Ushuaia a Neuquén, recopilando poemas y dando clases de escritura. Fue una experiencia riquísima. Alguna vez volverá en una novela. Se lo prometí a mi amigo Julio Leite, en Montevideo, donde compartimos el último recital junto también a Quintero. Lástima que Julio nos haya dejado para siempre hace muy poco tiempo.

- Luego anduviste por Francia, ¿cómo poeta, docente, o ambas cosas? ¿Qué actividad desarrollaste allí?

- Francia fue la más grande de las experiencias. Allí me publicaron el libro bilingüe “Gramática de ausencias y desencuentros”; di una clase en el Liceo Jacques Cartier, otra una charla en la Casa de los Poetas y Escritores en Saint-Maló. Por ese lugar habían pasado Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Camilo José Cela, yo le enseñaba a hablar a español a familias que se iban a radicar en Latinoamérica.

- ¿Cómo fue evolucionando tu poesía a partir de los cambios de geografías y de la experiencia de vida?

- Mi poesía es el reflejo de todas esas experiencias, pero sobre todo, de la madurez de mi mirada. Mis escritos se van encontrando en esa esquina de la vida. Ahora vivo en Tafí Viejo, que es una isla cultural e histórica.

- ¿Tu actividad como funcionario ha desplazado tu producción poética? ¿Qué importancia tiene la función pública en tu vida?

- Siempre he estado relacionado con la gestión política. Desde los 23 años, dos amores he tenido: la literatura y la política. La política me apasiona y también la escritura en su ancho mar. Ahora, por ejemplo, desde la Municipalidad de Tafí Viejo, en esta gestión de Javier Noguera, hemos fundado Ediciones Tafí Viejo. Soy el responsable editor. Siempre he estado ligado a estos dos mundos. A veces se parecen y otras veces, no. Para escribir un buen poema, uno tiene que sostenerle el ritmo y si trabaja con rima, la métrica tiene que ser exacta. En la política, el ritmo siempre tiene sus contramarchas y la métrica nunca es exacta. Pero ambas necesitan de la creatividad.

- ¿Cómo definirías o describirías tu estética literaria? ¿Qué líneas persigue tu poesía?

- Soy un poeta simple, llano y comprometido. Así son mis escritos.

- ¿Puede la poesía transformar el mundo?

- Pregunta difícil de contestar… Ernesto Cardenal, quien hacía poesía política, lanzó la idea de que cuando todos hayan fracasado será la hora de los poetas.

Escuelita

He conocido escuelas,

grandes y también chiquitas,

algunas tenían un enorme mástil

casi del tamaño

de los niños del pueblo.

Ventanales inmensos

mordisqueaban aberturas

alrededor de la manzana

en cambio, en otras, el mañana

solo por un costado asomaba.

A algunas les faltaban tizas

y a otras le sobraban alas

pero cada una sembraba y sembraba

las risas en los patios.

Pero también conocí otra escuela

que nació gris en medio del verde

al pie del cerro en Famaillá.

Allí ya no importaban los ventanales

ni tizas, ni mástiles, ni guardapolvos,

ni las paredes que intentaban blanquearse

porque antes de que retumbara el verbo

y la palabra

horrorizaba el grito, el clamor en los portones,

el pedido de piedad cada mañana.

En esta escuela sin campanas, alguna vez

Se mató el futuro

y se torturó a la esperanza.

Oscar Barrionuevo

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