Bazán Frías, el pendenciero que se hizo leyenda

15 Jul 2020 Por Gustavo Rodríguez

De todos los bandidos, él fue el más conocido de todos. Hasta el cine se encargó de llevar su vida a la pantalla grande. Un mito que se perdió con el paso del tiempo, pero que es casi obligatorio desempolvarlo de vez en cuando para que su historia no se pierda con el correr de los años. No es una historia más. Está cargada de interrogantes. ¿Fue realmente Andrés Bazán Frías un peligroso delincuente o fue una especie de anarquista que se oponía a los cambios que se impulsaban en la convulsionada provincia en las primeras dos décadas del siglo pasado? Esa es una pregunta que nunca terminó de responderse y que divide opiniones. Pero Andrés Bazán (el nombre que aparecía en su documento, pero al que la Policía le agregó el Frías sin que supiera el porqué) terminó siendo una leyenda en la provincia.

El 22 de noviembre de 1969, nuestro diario publicaba un llamativo aviso con el título “Bazán Frías: su vida y sus andanzas”. A continuación podía leerse: “dos periodistas de LA GACETA, Arturo Álvarez Sosa y Carlos Páez de la Torre (h), investigaron durante varios meses, minuciosamente, la vida y andanzas del célebre delincuente que la policía matara a balazos, en 1923, junto al paredón del Cementerio del Oeste, y elaboraron el más completo informe sobre Andrés Bazán Frías, que será publicado en LA GACETA…”. Y así fue. En 20 entregas, los reporteros recrearon como nadie antes lo había hecho la vida de este bandido que generó terror en vida y devoción, de muerto.

PROTAGONISTA. Andrés Bazán Frías.

Bazán Frías, también conocido como “El Manco” o “El Zurdo”, nació el 10 de noviembre de 1895. Era hijo del policía Juan Bazán y de Aurora Frías, ama de casa de las de antes. Se crió en el sector conocido como Siete Lotes, una de las zonas rojas de la capital. “Pasada la avenida Roca, detrás de El Provincial, los fascinerosos se sentían seguros. No había policía que se animara a entrar más allá de esa frontera entre civilización y barbarie, donde una corporación de asesinos, rufianes, ladronzuelos y mujeres de vida fácil cerraba toda intromisión”, publicó nuestro diario.

Su infancia no fue muy diferente a la de los chicos de la época. Siempre contaron que era un niño alegre, poco apegado a hacer las tareas de la escuela -se cree que hizo los primeros grados- y, recorriendo los campos con la honda colgada en el cuello y la mojarrera en verano, escapaba a las miserias y necesidades insatisfechas. “No es de extrañar que el chico creciera mirando la violencia sin impresionarse. Poco después de haber aprendido a hablar, ya correteaba molestando entre borrachines de cuchillo al cinto. Las primeras diabluras, la borrachera inicial, todo se lo perdonó doña Aurora. Juan Bazán iba poco a la casa. Él era, después de todo, un representante de la Ley, un policía que nunca fue muy bien mirado en Siete Lotes, aunque tenía un arte especial para hacer la vista gorda”, explicaron Álvarez Sosa y Páez de la Torre (h).


Mudanza y amoríos

A los 10 años, según se piensa, abandonó el barrio donde nació y se instaló, junto a su madre, en una casa de Mendoza al 1.300. En ese hogar estuvo más controlado. Y al poco tiempo de haberse instalado, sus primos de apellido Gramajo le enseñaron el oficio de yesero. Con esa profesión realizó varios trabajos en las viviendas de los miembros de la alta sociedad tucumana. Pero había algo que no le gustaba. La dejó para convertirse en mozo de confiterías. La paga no era buena, y las propinas tampoco. Pero él prefería llevar adelante ese trabajo. Siempre fue un hombre pulcro, que le gustaba estar punta en blanco y con su caballera inamovible por la cantidad de gomina que se colocaba. Pero tenía un problema: el alcohol que consumía en grandes cantidades, especialmente cuando visitaba a sus amistades del barrio Siete Lotes. “Su doble personalidad ya estaba definida para entonces. Sobrio, era capaz de trabajar fuerte y sin quejas. El vino Toro Carlón, con pan y mortadela bocha, solía darle una personalidad distinta. Transformado por el alcohol, se volvía atrevido, pendenciero”, definieron los periodistas.

TRIBUTO. Decenas de personas concurrían en los años 20 a la tumba del bandido en el cementerio del Norte.

La vida de Bazán Frías, de alguna manera, cambió cuando se enamoró de una joven costurera, Elena Orellano, que dejó su Santiago del Estero natal cuando era adolescente para instalarse en la casa de sus tíos, en Entre Ríos al 1.000. Tenía apenas 17 años. Se la describió como una mujer que no era llamativa, pero su pelo negro azabache amarrado a la nuca con una cinta, siempre limpia y sentenciosa para hablar. “Por la ventana del rancho, hacia el atardecer solía asomarse, cansada del traqueteo de la Singer, los ojos un poco abotagados de tanto mirar la lanzadera. Así la debe haber sorprendido en una tarde de octubre de 1915 Bazán Frías”.

Uno de los mitos que se generaron en torno a la figura de este bandolero fue la historia de amor que protagonizó con la joven santiagueña. “Bazán Frías no pudo escapar al influjo de la santiagueña. En sus brazos, inevitablemente, encontró el encanto ácido de los quebrachales, las pencas y las salinas. Las más chismosas susurraron: ‘algún gualicho debe haberle dado la chinita santiagueña al Andrés para llevarlo al casorio”, relataron Álvarez Sosa y Páez de la Torre (h). Pero el embrujo no fue tan fuerte como creyeron las doñas. Bazán Frías nunca dejó de consumir ese alcohol que lo transformaba en una verdadera bestia.

El noviazgo duró poco, casi nada. Se casaron por civil el 29 de enero de 1916 y llevaron, supuestamente, una vida feliz hasta que él comenzó a ser buscado por los problemas con la Ley. Ella, harta de esta situación, humillada y perseguida por la Policía, al parecer retornó a su Santiago del Estero natal para tratar de olvidarlo.


Las primeras detenciones

La primera detención de Bazán Frías, según los registros a los que accedieron Álvarez Sosa y Páez de la Torre (h), se produjo en la Nochebuena de 2015 por una pelea que protagonizó, alcoholizado, en una Romería Española. “Se trataba de una fiesta sumamente popular y divertida, especial para la mescolanza de gente y los encuentros inesperados. Los matones se confundían con jueces, funcionarios y señoritas, todos a la pesca de alguna novedad, tras la conveniente concentración de alcohol”, describieron los periodistas. “No estuvo preso mucho tiempo, sin embargo, la experiencia lo marcó con una nueva sensación: el odio a los ‘ropa prestada’, como llamaba despectivamente el malevaje a los policías”, agregaron.

El encierro en un calabozo, al parecer, hizo recapacitar al irascible joven de 20 años. Cuando recuperó la libertad, siguió trabajando como mozo, pero con más ganas que nunca. Al poco tiempo se afilió al gremio en el que se encontraban reconocidos anarquistas de la época. “No es arriesgado pensar que algo de ese ideario llegó a prender en su cabeza. Los delincuentes de esos tiempos señalaban que usaba corbata moñito al tipo socialista”, publicó LA GACETA.

Con el correr de los meses, el prontuario del “Manco” fue engrosándose considerablemente. Pero siempre por los incidentes que protagonizaba después de consumir litros de vino. Cayó detenido en agosto de 1917 y en febrero de 1918 por haber lesionado a diferentes personas en incidentes callejeros. En el medio, también tuvo otra entrada, pero esta vez por averiguación de antecedentes. “Esa vez fueron los hombres de Investigaciones los que lo llenaron de moretones. Cuentan aún hoy en Villa Alem que a la sola mención de la palabra ‘cana’, Bazán Frías solía escupir en el suelo y se le achispaban los ojos de furia”, explicaron los cronistas.

Por el hecho de febrero de 1918, el juez Adolfo Carranza, cansado de verlo deambular por tribunales, lo condenó a siete meses de prisión para hacerlo recapacitar. Pero nada de eso ocurrió. Un año después, sería detenido tras haber intentado balear a un subteniente del ejército y a un vecino que salieron a la ayuda de una empleada doméstica a la que habría insultado. Esta vez, la pena fue mucho mayor: recibió tres años.

Pero hasta aquí, todos los delitos de los que fue acusado eran por las peleas que protagonizaba cuando se perdía por el alcohol. La Policía, en esa época, especialista en inventar cargos, comenzó a divulgar que el “Manco” tenía peligrosas amistades. Entre otros, mencionaba a los hermanos Leal, Martín Leiva (su histórico cómplice), al legendario Segundo David “Mate Cosido” Peralta (este dato nunca fue confirmado) y Ramón “El Gauchito” Reynoso, al que probablemente nunca haya conocido. Álvarez Sosa y Páez de la Torre (h) encontraron un testimonio clave en su producción: el de Martín Estrada, un hombre pesado de la época. “Era un raterillo de mala muerte. No sé de dónde sacaron eso de su coraje y de los milagros. Era un don nadie”, sentenció. Pero el nombre de Bazán Frías estaba cada vez más cerca para que se construyera una leyenda.

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