Bazán Frías no tuvo un final heroico

Sexta parte.

Bazán Frías no tuvo un final heroico

Andrés “El Manco” o “El Zurdo” Bazán Frías murió en su ley: abatido por la policía cuando intentaba escaparse un 13 de enero de 1923. Y lo hizo después de haber protagonizado un incidente con otros malandrines con los que había compartido litros de cerveza y vino en una fonda de mala muerte. No hubo nada extraño. El bandido, que había sido yesero y mozo de confiterías, no se escondía en los nichos del cementerio del Oeste como aseguraba el mito. Allí quiso ingresar para escaparse del grupo de uniformados que lo ultimaron de un certero disparo en la cabeza. Su muerte generó conmoción.

A los 28 años se había acabado la vida de un hombre que generaba terror y respeto en la sociedad tucumana. Un delincuente al que se lo consideraba un peligroso asaltante, pero que en realidad, según el trabajo de los historiadores fue un simple ratero que difícilmente haya podido repartir los magros botines que conseguía entre los pobres. Un asesino al que lo acusaron de haber cometido al menos tres homicidios, pero sólo en uno de ellos hay indicios de que él haya sido el autor. Un joven que tuvo más problemas legales por las peleas que protagonizaba cuando se emborrachaba. Un soñador, quizás contagiado por las ideas anarquistas que supo masticar en su paso por el gremio de los mozos, que pensaba copar la cárcel que estaba ubicada en 25 de Mayo y avenida Sarmiento.

“El Manco” -sobrenombre que le quedó luego de haber sufrido una herida en su mano durante una pelea a cuchillo limpio- nunca terminó de cumplir una condena. La pena de tres años quedó inconclusa porque el interventor federal Federico Álvarez de Toledo terminó indultándolo en 192. Al poco tiempo, volvió a ingresar al penal, pero esta vez, acusado de la muerte del policía Segundo Pascual Figueroa. Sin embargo, a los pocos meses, logró evadirse y, supuestamente, sumarse otra muerte sobre sus espaldas.

OFICINA. Así era la peluquería de la antigua cárcel ubicada en 25 de Mayo y avenidaSarmiento. OFICINA. Así era la peluquería de la antigua cárcel ubicada en 25 de Mayo y avenidaSarmiento.

Han pasado 100 años de la permanencia de Bazán Frías en la cárcel y podría decirse que su fuga dejó al descubierto una red de presos y guardias que se dedicaba a falsificar billetes dentro de la prisión y otra que vendía morfina, heroína y cocaína entre los internos y los adictos de la ciudad. En esos tiempos también había una crisis carcelaria. Los periodistas Arturo Álvarez Sosa y Carlos Páez de la Torre (h), en la investigación “Bazán Frías: su vida y sus andanzas”, consiguieron transcribir el testimonio del médico Ángel Reolín sobre cómo era la vida en la prisión: “el infeliz que cae a nuestra cárcel, francamente no vive. Allí se muere de hambre de miseria fisiológica, de enfermedades infectocontagiosas, sífilis, tuberculosis, etcétera”.

El prontuario del “Manco” fue creciendo considerablemente entre 1919 y 1923, año en el que fue ultimado. Hasta ahora, según las crónicas policiales de la época, fue considerado responsable de tres homicidios. En esos tres crímenes que se le adjudicaron las víctimas fueron uniformados.


En Los Chañaritos

En octubre de 1921 Bazán Frías y Martín Leiva ingresaron al domicilio de Ferro Podestá ubicado en Bolívar 526. El dueño de casa se despertó por los ruidos y encontró a los dos ladrones que cubrieron su fuga a balazo limpio. Un agente que observó el incidente llamó a sus compañeros y se inició una larga persecución por la zona sur de la ciudad. A balazo limpio Bazán y Leiva fueron ganando campo. Llegaron a la finca San Jerónimo, en Los Chañaritos, donde sólo el agente Segundo Pascual Figueroa siguió sus pasos. Los peones que se encontraban allí le relataron a LA GACETA que el intercambio de los disparos había sido muy fuerte y que los tres hombres estaban heridos, pero fue el uniformado el que se llevó la peor parte, ya que al haber sido baleado en las dos piernas, no se podía incorporar para buscar el arma que se le había caído.

Según el testimonio de los trabajadores, Leiva le dijo a Bazán que lo rematara para que se calle. “’El Manco’, rengueando se dirigía hacia el yacente Figueroa. Algo le brillaba la diestra. Las imprecaciones de Figueroa de nada le valieron. La cuchillada hendió el casco y la punta le llegó hasta el hueso. Así lo dejaron revolcándose, cegado por la sangre, las manos lastimadas en el afán de sacarse el cuchillo que se balanceaba como un penacho”, escribieron Álvarez Sosa y Páez de la Torre (h). Horas después, el policía moría.

VÍCTIMA. El teniente Domingo Saldaño. VÍCTIMA. El teniente Domingo Saldaño.

Los delincuentes huyeron del lugar. Pero la fuga le duró poco. A los pocos kilómetros se encontraron con los compañeros del agente herido. El sargento Blas Gómez y el agente Victoriano Lazarte no tuvieron demasiados problemas en reducirlos y trasladarlos nuevamente a Los Chañaritos. “Bajo una morena de la finca San Gerónimo, tirado en un catre, agonizaba Figueroa. Poco quedaba ya del animoso cazador de la mañana que se desangraba sin remedio. La patrulla se detuvo impresionada, pero Bazán Frías y Leiva soltaron una carcajada. Algunos de los policías, indignados, quisieron ahí mismo pegarles un balazo. Pero se tuvieron que conformar con arrastrarlos hasta la Seccional Sur (hoy la seccional 2ª). Cuando entraron a la ciudad, la vecinería miraba con respeto a los capturados: ya no era un simple ratero Andrés Bazán Frías. Ahora sabía lo que era matar con sus propias manos. Ya era un asesino”.


Fuga mortal

“El Manco” y su cómplice volvieron a la cárcel. Rápidamente, sin que nadie supiera los verdaderos motivos, ambos fueron ganando méritos dentro del penal, pese a que habían fracasado en un intento de fuga a los pocos meses de haber ingresado. Los temidos delincuentes habían hecho de todo, incluido aprender el oficio de peluquero para realizar ese trabajo. Mientras tanto, sus familiares les acercaron revólveres para que se escaparan. La evasión, planeada meticulosamente, se produjo el 29 de septiembre de 1922. Aprovechando que había una guardia reducida porque los hombres estaban afectados a los actos del aniversario de San Miguel de Tucumán, la pareja de forajidos tomó rehenes y ganó la calle haciendo disparos. En la zona se encontraba el teniente Domingo Saldaño, que intentó detenerlos, pero una bala le arrancó la vida. Bazán Frías corrió como un atleta, pero Leiva fue atrapado.

El autor del crimen fue un verdadero misterio. LA GACETA adjudicó el disparo mortal a Leiva, mientras que “El Orden”, a Bazán Frías. Las dudas se despejeron 47 años después, en la investigación periodística realizada por Álvarez Sosa y Páez de la Torre (h). Los periodistas entrevistaron a la viuda de Saldaño. “Fue un tiro perdido”, dijo Esterofilda Jiménez. La mujer confesó otro detalle: años después se casó con Fanor “El Mudo” Quinteros, uno de los policías que integraron el pelotón que acabó con la vida de Bazán Frías.


Nada que ver

La leyenda cuenta que el bandido, después de haberse escapado, se ocultó en Salta donde habría cometido varios delitos. Regresó en diciembre de ese mismo año a la provincia. Ya era un maleante conocido. Su rostro aparecía en carteles donde se anunciaba que era buscado. Pero Bazán Frías se creía intocable. Seguía caminando por las fangosas calles de Siete Lotes o se lo podía ver tomando vino y comiendo mortadela en las fondas más reconocidas del mundo de los malandrines de la época. Sólo era invisible para los policías.

El 9 de enero de 1923 un vecino alertaba a la fuerza que un hombre había sido asesinado de un disparo en La Rioja 39. Al llegar descubrieron que la víctima era el policía José Bonifacio Hernández, al que le habían encargado detener vivo o muerto a Bazán Frías. Por supuesto que el principal sospechoso de haberlo matado de un disparo en el hígado era el “Manco”. Hernández, según la fuerza, sería el tercer uniformado que había llevado a la tumba. Ese crimen se registró cuatro días antes de la muerte del célebre bandido, pero después se descubriría que el autor había sido otro uniformado, Miguel Rodríguez.


Promesa incumplida

El día de su muerte, en una jornada tormentosa, con varios vasos de vino de más, “El Manco” le hacía una promesa a sus compañeros de beberaje. Algún día, se presentaría en la cárcel a los tiros para liberar a su compadre Leiva y a todos los otros presos. Pero su promesa quedó inconclusa. Horas después sería abatido por Néstor Echazú cuando intentaba saltar el muro del cementerio del Oeste.

La caída del temido delincuente tuvo sus aristas inolvidables. Su padre, Juan Bazán, que ya se había retirado de la fuerza y era cochero en los Siete Lotes, llegó al lugar y rodeó el cuerpo de su hijo con velas encendidas. “Yo lo había previsto. Le dije que iba a tener mal final”, explicó. Luego se presentó el juez Gregorio Sandoval, que pidió que Leiva fuera el que identificara el cuerpo. Luego de que lo hiciera, el magistrado le dijo al preso: “este es el fin de todos aquellos hombres que se ponen en contra de su sociedad. De aquellos hombres que, enceguecidos, no quieren reconocer la justicia y el amor de los semejantes. Esta noche, en la soledad de su celda, medite. Piense en la bondad de una madre, en el calor de la familia, y entonces trate de enmendar todo su pasado, tomando como ejemplo el fin de este, que ha sido su compañera de aventuras”. El delincuente lo miró, bajó su cabeza, y le dijo que sí. Siete meses después, Leiva se fugaría de la cárcel, quizás motivado por el recuerdo de su compañero que ya era una leyenda.

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