De bandidos a santos populares: la muerte los convirtió en leyendas

Primera parte.

11 Jul 2020 Por Gustavo Rodríguez

De sus vidas se sabe poco y nada. Los rostros de varios de ellos son desconocidos porque no se encuentran imágenes. En los archivos casi no hay datos biográficos y en internet sale algún que otro artículo escrito por una persona que se interesó en mantener viva su figura. Fueron considerados por las autoridades como seres despreciables, violentos y antisociales. En el pueblo los consideraban protectores en tiempos difíciles, muy difíciles. Sus muertes violentas -en la mayoría de los casos concretados con el más crudo y burdo exceso policial- no hicieron otra cosa que convertirlos en mitos que se mantuvieron durante décadas. Millares de tucumanos -y de otras provincias también- recurrían a estos bandoleros convertidos en santos populares para pedirles ayuda o favores que serían debidamente gratificados con distintas acciones. Y no sólo eran delincuentes los que acudían a ellos, sino también personas de bien.

Arturo Álvarez Sosa, ex secretario general de redacción de LA GACETA, tuvo un particular interés por la superstición de los tucumanos. En marzo de 1969 publicó una serie de notas que terminó de esculpir estos mitos para siempre. “En medio de la bonanza y de las crisis, como surgida de las interminables lluvias, de la humedad y del bochorno oloroso de las flores y plantas subtropicales, discurre la vida de un Tucumán inédito, religioso, secreto, profano, supersticioso. En el Tucumán que se aletarga en pesadas siestas, rinde culto a sus santos y muertos, y se aviva esperanzado en milagros antes las tumbas de delincuentes y seres desconocidos, a cuyas almas la leyenda popular atribuye poderes sobrenaturales. Es el Tucumán de las fiestas y de los ídolos inolvidables”, escribió en la primera entrega del trabajo.

Tucumán tiene decenas de historias de bandoleros para contar. Pero también hay una paradoja. El más conocido de todos, el que tuvo reconocimiento nacional e internacional, no se transformó en “santo”. Segundo David “Mate Cosido” Peralta. Nacido en Monteros en 1898, fue uno de los delincuentes más buscado del país durante años, ya que no sólo actuó en estas tierras, sino que en diferentes provincias del país, especialmente las que integran el Litoral atacando a las compañías inglesas que devoraban los montes de quebracho y que pagaban monedas por el ganado. Hasta León Giego le dedicó unos versos en su clásico “Bandidos” Rurales: “Bandidos rurales, difícil de atraparles; Jinetes rebeldes por vientos salvajes; Bandidos populares, difícil de atraparles; Igual que alambrar estrellas en tierra de nadie”. Pero su figura no se transformó en motivo de adoración porque nadie sabe cómo y en dónde falleció. No tuvo una muerte trágica o heroica como otros colegas suyos que también ganaron su espacio en el imaginario de los tucumanos.

YA FALLECIDO. Andrés “El Manco” Bazán.

El de Andrés “El Manco” Bazán Frías es el más conocido y que mayor proyección nacional tuvo. Murió en un misterioso enfrentamiento con la Policía en enero de 1923. Hubo varios más, muchos más. Y sus leyendas se acrecentaron en las ciudades donde eran oriundos o donde cometían sus fechorías. En Concepción tuvieron a Juan Uñates (abatido en un cinematográfico tiroteo con la fuerza en junio de 1933). En Aguilares veneraron a Mariano Córdoba y a Ramón “El Gauchito” Reynoso (prácticamente fusilados por los uniformados 1911 y 1933, respectivamente). En Monteros a Carlos “Turco” Chilento (ultimado por efectivos en 1940) y Sixto Ibáñez (otra supuesta víctima de lo que ahora se denomina “gatillo fácil” en 1967). No pasó mucho tiempo de sus trágicas muertes para que tucumanos comenzaran a atribuirles todo tipo de “milagros” concedidos. Por ese motivo, pasaron a integrar una lista que, con seguridad, después de que sea difundida tendrá más nombres.

IMPONENTE FIGURA. Juan Uñates.


Explicaciones

El licenciado en historia Agustín Haro investigó a la mayoría de estos bandidos. Y para explicar el fenómeno que dieron forma utiliza una palabra: conmiseración. Significa tener o mostrar compasión, empatía o solidaridad con la condición o estado mísero, miserable o desdichado de alguien o identificarse con el sufrimiento de otro. “El otro punto, no menor, es que las acciones que lo llevaron a convertirse en un mito no son trazables históricamente, sino que sus vidas se van reconstruyendo a lo largo del camino”, explicó. “Hay que tener en cuenta que los diarios ‘El Orden’ y LA GACETA cronicaron con un estilo bastante particular los delitos que cometían. ‘El Orden’ utilizaba mucho más calificativos que podrían haber creado imaginarios que terminaron modificando la realidad”, agregó.

El historiador confirma que no es sencillo poder resumir el contexto social de los tiempos en los que actuaron. “Fueron de distintas épocas. Vivieron bajos gobiernos radicales, intervencionistas, conservadores y hasta del partido Bandera Blanca. Sí se puede decir que en Tucumán estaba inserto en pleno el progreso que generaba una transformación importante en los sectores suburbanos. Y no estamos hablando de zonas rurales, sino tres cuadras al sur de la actual avenida Roca”, graficó.

Haro confirmó que todos los que aparecen en esta lista, de una manera u otra, fueron perseguidos por las fuerzas del orden. “Muchos de ellos decían que no eran malos, sino que la Policía los había hecho malos”, acotó en una entrevista con LA GACETA. “Se han descubierto que los problemas surgían porque en un baile se toparon con la hija o la esposa del comisario y ahí comenzaron sus entradas y salidas de las comisarías y después de los delitos que cometieron, algunos probados y otros inventados, por supuesto”, explicó. Y el historiador puso un ejemplo: a “Mate Cosido” Peralta lo condenaron por sodomía, es decir, porque había mantenido una relación homosexual. “Por ese motivo, muchas veces se construyen ideas definidas con las pocas palabras que se obtienen. Hay muchas versiones contrapuestas que agrandan estos mitos”, concluyó.


Decadencia

“En casi todos los campos santos de la provincia existe la tumba de algún finado transfigurado en hacedor de milagros, en donador de medios para salir de la pobreza, de belleza para conseguir un amor, de fuerza para vencer el mal de ojo o a los enemigos. La gente les prende velas, les lleva flores, ex votos de plata, les hace colocar placas donde se inscriben las gracias y la fecha del milagro, besa la cruz y les reza oraciones y rosarios. Las rogativas se repiten de lunes a lunes, cíclicamente: siempre hay algo qué pedir y qué recibir de la gracia del ‘almita’, como el más grande de los bienes, aunque sólo sea la adivinación del número que caerá en la próxima jugada de la quiniela”, contó Álvarez Sosa en su brillante crónica publicada en 1969.

DIFERENCIA. La tumba de Bazán Frías en 1969 y en nuestros días.

Han pasado casi 50 años desde que el periodista quedara eclipsado con lo que ocurría en los cementerios. Ya nada es igual. En las tumbas no hay placas de bronce nuevas, sino descoloridos pedazos de metal con agradecimientos. Tampoco se pueden encontrar flores, pero sí cajas de vino, algún que otro envase de gaseosas de naranja.

DIFERENCIA. La tumba de Bazán Frías en 1969 y en nuestros días.

“Ya casi nadie viene. La devoción por ellos se ha perdido. Los changos hoy prefieren rendirle culto al ‘Gauchito Gil’ -otro bandido rural argentino- que ni estuvo en Tucumán. Los changos ahora se vuelcan más a lo que ven por internet o por la televisión”, explicó Juan Heredia, un devoto de Bazán Frías. “Una vez mi hermano, al que lo terminé criando, tuvo un problema legal por un homicidio que él no había cometido. Me decía que le pidiera a él por Justicia. No creía mucho, pero le terminé haciendo una promesa. Al poco tiempo, no sólo recuperó la libertad, sino que lo terminaron absolviendo. Después lo ayudó a mi hijo a salir de las adicciones”, indicó el hombre que vive en Villa 9 de Julio y una vez por semana reza en la tumba de Bazán Frías que está ubicada en el Cementerio del Norte.

Estas biografías forman parte de la historia del Tucumán. Son el oscuro fruto de la fertilidad de lo que los psicólogos llaman el inconsciente colectivo, esa cosa irracional que nos rodea por todas partes y que, sin que nos demos cuenta en la edad de los viajes interplanetarios y de la televisión todavía gobierna la vida de las ciudades y el campo de la morosa, afiebrada provincia del azúcar”, escribió Álvarez Sosa.

Haro reconoció que con el paso de los años se perdió la devoción por Uñates y “El Gauchito” Reynoso y que se mantienen, aunque en menor grado, la de Córdoba y la de Bazán Frías. “Estimo que la popularidad de estos mitos se fueron perdiendo en los 90. No sé cuál puede ser la razón. Puedo llegar a elaborar la teoría de que se produjo porque en los 70 y en los 80 hubo un notable acercamiento de la Iglesia a los sectores más populares de la provincia”, razonó. “También creo que la veneración por estas figuras se ha reconfigurado. Ahora está más ligado al código tumbero, es decir, pedidos para que los ayuden a cometer delitos o que los protejan en determinadas situaciones”, concluyó.

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