Shinichi Suzuki: tras la búsqueda del amor, la verdad y la belleza

El violinista y pedagogo japonés ideó un método de enseñanza que permite a niños desde los tres años iniciarse en el estudio de un instrumento.

30 Jun 2020 Por Roberto Espinosa
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La mujer y el niño se inclinan ante el maestro. Derrotando los nervios iniciales, ella pregunta: “Dígame, profesor, ¿llegará mi hijo a ser alguien?” Los sonrientes ojos le responden: “no, señora, no será ‘alguien’. Gracias a su arte del violín, su pequeño será una persona decente, ¿le parece poco? Deje de ambicionar que el chico sea un profesional, un mero ganador de plata. Quien tenga puro y noble el corazón será feliz. Lo único que les debe preocupar a los padres es criarlos de manera que sean seres humanos de pensamientos y sentimientos nobles. Con eso es suficiente. Si deja de ser esa la cima de sus aspiraciones, su hijo acabará por extraviársele y se verán frustradas las esperanzas”.

1898, octubre 17. Las baladas de Chopin han sacudido la eternidad 49 años atrás. El Día de la Lealtad alegrará el alma de un pueblo 47 años después. Sin embargo, en Nagoya (Japón), cuatro cuerdas arrullan el berrinche natal de un changuito que se acoplará al lote de 12 hermanos. Las siestas niñas deambulan por la fábrica de violines del tata. Alguien lo estimula a estudiar la cultura occidental. Una magia violinera se escapa de una radio. El arte de Mischa Elman arropa su sensibilidad. Trata de imitarlo. El violín le habla a su alma.

Convence a su padre de que le permita estudiar en Alemania. Albert Einstein lo hospeda. Karl Klinger se convierte en su mentor musical. Los encantos de Waltraud Prange lo conducen al altar. Funda en Japón un cuarteto de cuerdas con sus hermanos. Enseña en la Escuela Imperial de Música en Tokio. Un pensamiento lo desvela. “Todos los niños del Japón hablan en japonés, ¡vaya sorpresa! Cuando súbitamente me vino esa idea quedé pasmado. Todos los niños del mundo se expresan en su lenguaje vernáculo con la mayor facilidad. ¿No es indicativo ello de su asombroso talento? Pero nadie se impresionó con el descubrimiento. Me di cuenta luego de que todo niño puede adquirir destrezas superiores siempre y cuando se les enseñe con los métodos adecuados”, dice.

Una actitud cobarde

Escarba en su mente. Es posible el aprendizaje musical precoz siguiendo la manera natural en la que los changuitos aprenden su lengua materna, es decir, por repetición e imitación. “Al nacer los niños reciben de sus padres la capacidad para aprender un idioma. El talento no es innato, hay que crearlo. ‘No tengo talento’. ¡Cuánto dolor moral y desesperanza ha ocasionado esa creencia estúpida! Desde que el mundo es mundo, infinidad de personas se han entregado a una actitud de derrota, sin lucha, al aceptar ese falso criterio, que en el fondo, no es más que una excusa para su haraganería. Aprendí que el hombre es fruto de su medio ambiente. Se puede educar a cualquier niño, todo depende del método que se use. Desistir porque ‘no tengo talento’ es una actitud cobarde”, reflexiona.

Sus pensamientos y sus experiencias confluyen en el Método de la Educación del Talento que recorre varios países del mundo. A partir de los tres años, los pequeños pueden introducirse en el estudio de un instrumento. También cosecha críticos: un niño puede tocar con excelencia digital una obra de Bach o Vivaldi, ¿pero puede entender lo que está tocando y expresarlo interiormente? “¿Por qué son tantos los que piensan en hacer cosas y después no las hacen? ¿Por qué no tienen la fuerza de voluntad que para ello se requiere? Si uno se limita a pensar en lo que debe hacerse pierde la oportunidad de hacerlo. Los que así actúan negativamente son aquellos que desde la niñez vienen recibiendo órdenes de sus padres de que hagan esto o aquello. Andando el tiempo les oponen resistencia y hacen lo que se les dice pero de mala gana o, si les es posible, no lo hacen. El hábito de hacer resistencia se les va arraigando en la subconsciencia y con el tiempo llega el momento en que no pueden decidirse a hacer ni siquiera lo que habían pensado hacer por idea o iniciativa propias. A lo mejor piensan que es algo que sería bueno que se hiciese, pero han llegado al punto de hacérseles imposible hacerlo sencilla y naturalmente. Es mucho lo que se pierde con esa inercia”, asevera.

La clave del éxito

En los últimos lustros del siglo XX, el método desembarca en Tucumán; se potencia en otras provincias. No solo hay un deseo de enseñar desde otra mirada, sino que su prédica, que se impregna de humanismo. “Esfuércense por progresar y superarse. Grave error es pensar que uno ha nacido dotado de una habilidad natural que habrá de desarrollarse espontáneamente sin intervención de la voluntad. Sin precipitación, pero sin pausa, la paciencia es la clave del éxito. La maestría, el dominio consumado de la profesión al que aspira todo artista, es algo que ha de ganarse por propio esfuerzo, practicando sin cesar hasta que cada detalle de la interpretación, cada fase de la técnica se haya incorporado a nuestro ser. La fórmula del éxito es sencilla: desarrollar la energía y cultivar la paciencia. Es necesario que se nos inculque este concepto como parte fundamental de la educación desde la infancia”, aconseja.

Luego de 18 años (1930-1948) se baja de los escenarios artísticos, se dedica a la docencia y difundir su propuesta. Apoya junto a Linus Pauling (Nobel de la Paz) y a la actriz Liza Minnelli al Instituto para el Logro del Potencial Humano, que busca mejorar el desarrollo neurológico de chicos con lesiones cerebrales. En su libro “Hacia la música con amor. Nueva filosofía pedagógica” (1969) condensa sus reflexiones y su método. “La música ocupa tan alto lugar en la vida civilizada que tal vez sea la música lo que redima y salve al hombre”, afirma el chelista Pablo Casals, luego de que 400 changuitos violineros le dan la bienvenida en Tokio, interpretando piezas de Bach.

1998, enero 26. Los 99 años de la sístole y la diástole le pisan los talones al siglo. “La música existe con el propósito de que crezca un corazón admirable… Del árbol vivo brotan retoños; a lo largo de sus ramas van saliendo flores bellísimas. El hombre debe llevar su vida conforme al ciclo de la Naturaleza y dar frutos como ella; debe encaminar la existencia hacia la búsqueda del amor, la verdad, la virtud y la belleza”, piensa el violín que mece el parpadeo final de Shinichi Suzuki en los ecos del tiempo.

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