El crimen de la contadora: un macabro plan

Segunda entrega.

06 Jun 2020 Por Gustavo Rodríguez

En la provincia, durante febrero de 2007 había un solo tema de conversación en las mesas de café o en los encuentros familiares. Los rumores y las versiones iban y venían de un lado a otro. El caso de “la farmacéutica descuartizadora” había conmocionado a los tucumanos y también tuvo repercusión a nivel nacional. No había sido un crimen más, sino un hecho espeluznante. Las protagonistas eran mujeres, ambas profesionales. La víctima, Liliana del Valle Cruz, se desempeñaba como contadora del Colegio de Farmacéuticos, donde era muy respetada. María del Valle Dip, la homicida, una médica que casi nunca ejerció, pero estaba al frente de la farmacia de su marido, “El Colorado” Naigeboren, fallecido años antes.

Nadie podía responderse una pregunta: qué había sucedido para que el caso tuviera tan dramático final. Un misterio que hasta el momento no pudo resolverse del todo.

Cruz fue vista por última vez el martes 6 de febrero. Según relataron sus familiares, debía encontrarse con su amiga Dip en el negocio de avenida Avellaneda al 600, pero supuestamente nunca había llegado. Lo único que se sabía era que el auto de la contadora había sido abandonado misteriosamente en la playa de estacionamiento de la Terminal de Ómnibus. Esa acción había sido protagonizada por una mujer que salió corriendo y a la que nadie pudo alcanzar para decirle que no lo dejara allí.

La desaparición de la profesional encendió todas las luces de alarma. Era el tercer caso de estas características que se había producido en menos de un año. El 26 de febrero de 2006, Paulina Lebbos había sido vista por última vez cuando salió de un boliche de la ex zona de “El Abasto” y apareció sin vida semanas después. El 31 de julio de ese año, Beatriz “Betty” Argañaraz había desaparecido cuando iba a dar clase en un colegio. Fue asesinada por dos ex monjas que terminaron siendo condenadas años después.

Cuando se enteró de este nuevo caso, el entonces gobernador José Alperovich ordenó a los responsables del área de Seguridad que este hecho fuese la prioridad número uno. Pero no hizo falta mucho esfuerzo. Un llamado telefónico al servicio 911 puso fin a la búsqueda.

INSPECCIÓN. Una mujer observa la presencia de funcionarios judiciales y policías en la escena del crimen.

El viernes 9 de febrero de 2007, Gerardo Naigeboren, uno de los hijos de Dip, ingresó a la farmacia y se dio con ese cuadro horrendo. Desesperado, llamó a la Policía avisando que se estaba produciendo un robo. Luego se comunicó con su hermano Exequiel para que fuera hasta el negocio. A los minutos, los efectivos Walter Gamboa y Adrián Onaindia se dieron con la tremenda escena. En una pequeña habitación hallaron el cuerpo de la desaparecida con varios de sus miembros seccionados. La médica estaba con su semblante alterado y sus hijos espantados, envueltos en una profunda crisis de nervios.

El hecho

Ni los investigadores más memoriosos recordaban alguien que haya tenido un final así. Y mucho menos que hubiese sido una mujer la autora del hecho. Pero Dip, según los resultados de la investigación, degolló a Cruz el mismo día en el que fue vista por última vez. Desde ese momento, hasta el viernes, con una sorprendente frialdad, fue seccionando los miembros inferiores y uno de los superiores. Pero no pudo culminar con la macabra tarea que desarrollaba porque fue descubierta por sus hijos. Pese a que nunca dijo ni una palabra de lo ocurrido, los pesquisas sospecharon que habría planeado descuartizar todo el cuerpo y después arrojarlo en algún o en varios lugares para que nadie lo encontrara.

Walter Raúl Leguina era empleado de la farmacia de Dip. El martes 6, día en el que fue asesinada Cruz, trabajó normalmente. Lo mismo sucedió el miércoles. Pero antes de retirarse, su patrona le pidió que no se presentara el jueves porque debía declarar en la fiscalía. “Por ahí estaba nerviosa, como cualquier otra persona. Pero nunca le observé nada extraño en su conducta. Jamás me imaginé que podría estar involucrada en un crimen así”, explicó el joven que tenía 25 años.

“A Cruz la conocía porque se había presentado en el local varias veces. También la llamaba casi a diario por teléfono, pero no sabía nada más. La mayoría de las oportunidades que la visitaba era para ponerle inyecciones”, agregó el testigo, que sin darse cuenta aportó un dato clave.

¿Cómo pudo hacer la farmacéutica para reducir a la víctima si era del doble de su tamaño? Ese interrogante tiene una respuesta en el expediente que llevó adelante el fiscal Alejandro Noguera. Se encontró que la Dip, antes de que cometiera el homicidio, compró varias ampollas de una droga que paraliza totalmente a las personas. Y, según consta en la causa, Cruz le dijo a la última persona que la vio con vida que debía encontrarse con su amiga médica para que le colocara un inyectable.

“Esos fueron dimes y diretes que se generaron en una causa tan mediática como esta. Nunca se llegó a probar eso”, explicó Sebastián Herrera Prieto, que actuó con Ángel Paliza como defensor de la acusada y luego condenada médica. “Nunca ahondamos demasiado en lo que sucedió; preferimos que ella lo contara. Y lo único que nos dijo es que ella se había defendido de un supuesto intento de abuso por parte de la víctima”, agregó.

“Siempre sostuvimos que la médica había drogado a la víctima para poder asesinarla. El resultado de la autopsia fue categórico: había fallecido degollada por dos cortes por un elemento muy filoso que sospechábamos que se trató de un bisturí. El recorrido del arma era muy prolijo e iba de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Era imposible que lo haya hecho en un ataque, como pretendía hacer creer la defensa”, explicó Emilio Mrad quien, junto a Juan Carlos Múkdise, fueron los representantes legales de la familia de la contadora.

Pese a las sospechas y la teoría de la parte acusadora, nunca se pudo probar que la médica haya premeditado el ataque. Más allá de la supuesta droga que le podría haber suministrado a la víctima, hubo otro punto importante. Los playeros de la Terminal de Ómnibus reconocieron a Dip como la mujer que dejó el vehículo de la contadora mal estacionado. Para los investigadores fue un claro intento para desorientar. No es menor que haya decidido citar a Cruz a la farmacia a la siesta, cuando su empleado no se encontraba en el lugar. Ahora quedaba determinar cuál había sido el móvil del crimen.

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