Gustavo Ahualli: “pienso seguir cantando hasta que no me quieran más”

El barítono que se abrió camino en los Estados Unidos, donde vive, cantó para dos Papas. Una voz en su plenitud.

PLENO DELEITE. Gustavo Ahualli tiene más de 38 óperas en su repertorio, pero le inclina por las de Verdi. PLENO DELEITE. Gustavo Ahualli tiene más de 38 óperas en su repertorio, pero le inclina por las de Verdi.
Por Roberto Espinosa 19 Mayo 2020

Un conato de ira lo estremece. El dolor de la felonía es una enredadera en la garganta. “Has sido tú quien ensució esa alma, ¡confiaba en ella, y de pronto, el universo se ha envenenado para mí! ¡Traidor! ¡De este modo pagas la fidelidad de tu mejor amigo! ¡Oh, dulzuras perdidas…! ¡Cuando Amelia, tan bella, sobre mi pecho resplandecía de amor! ¡Todo ha terminado, no quedan más que odio y muerte en mi corazón!”, canta Renato, desnudando su alma verdiana en la voz de Gustavo Ahualli. “En mi adolescencia no pensaba ni ser pianista ni ser cantante, eso que me la pasaba en el piano y sin darme cuenta cantaba todo el tiempo. Como me gustaba cantar los temas de la Negra Sosa. Cuando salí de la secundaria me metí en Ingeniería, pensando que después me iba a ir a Córdoba a estudiar ingeniería aeroespacial”, cuenta el barítono tucumano que se ha abierto camino en el bel canto, en los Estados Unidos.

- ¿Qué importancia tuvo el Coro Universitario en tu formación musical?

- El canto coral tendría que ser obligatorio en todas las escuelas del mundo. Aprendés tanto, no solo sobre la música, sino sobre la camaradería, el trabajo en equipo, vibras en sintonía con los otros, es simplemente maravilloso. En el 89 tuve la dicha de ingresar por concurso al Octeto de Cámara que se había formado dentro del CUT por una iniciativa que permitía a Andrés Aciar tener ocho cantantes pagos, con los cuales podía abarcar la música coral de cámara más compleja que requería de cantantes con dedicación exclusiva, y eso es lo que éramos. La guita que nos pagaban era para estudiar música, técnica vocal, idiomas y posteriormente actuación, no para otra cosa. Los tres años que siguieron fueron muy prolíferos verdaderamente, Aciar como buen laburante infatigable de la música nos sacó todo el jugo y más. ¡Cómo aprendimos, cómo crecimos!

- ¿Tu rol de Papageno en La Flauta Mágica, con la Orquesta Juvenil, fue tu primer gran desafío? ¿Decidiste entonces dedicarte al canto lírico?

- Efectivamente el Papageno fue mi primer gran desafío musical. Ya venía de dos años de intenso estudio con Laura Varela, una soprano de dotes vocales y musicales extraordinarias, además de un gran amor por el arte lírico. Fue con su guía que yo descubrí que el canto lirico era mi vocación. Con el estudio de la técnica vocal y mis primeros pasos en la ópera y de la mano de don Papageno, yo ya estaba totalmente embarcado en la gran locura de convertirme en cantante de ópera. No iba a ser fácil, mi voz no estaba libre, había pasado unos años experimentando técnicas y tenía vicios, nadie pensaba que yo iba a cantar, en la opinión de los que me rodeaban. Tenía condiciones pero no como para hacer una carrera, digamos.

- ¿Fue determinante tu paso por el Instituto del Teatro Colón para iniciar un camino de solista?

- Mi partida a Buenos Aires es el resultado de haber participado en el 92 en la ópera Tosca cantando el papel co-primario de Sciarrone. Trajeron a Ricardo Yost, del Teatro Colón, para hacer el difícil papel de Scarpia. Le pedí clases de canto pero don Yost no estaba acostumbrado a enseñar y estaba bastante dubitativo, insistí y con ayuda de Laura que le pidió que me tomase, empecé a viajar todos los meses a Buenos Aires durante el 93. En marzo del 94 estaba instalado en Buenos Aires para estudiar full time. Entré como refuerzo en el Coro Polifónico Nacional y después de manera permanente y por riguroso concurso. De la mano de Yost hice una audición para el Instituto Superior de Arte Lírico del Teatro Colón donde entré al año siguiente, pero antes haría mi debut cantando el solo del Magníficat de J. S. Bach en el Colón a fines del 95 dirigido por el maestro Javier Logioia Orbe.

- ¿Cómo se produce el salto a Estados Unidos? ¿Fue difícil abrirte camino allí?

- Al terminar la maestría se me metió en la cabeza que tenía que seguir buscando perfeccionarme en el exterior. Me comuniqué con el maestro Héctor Zaraspe, me dijo que me podía presentar a Daniel Ferro, importante profesor de Juilliard School. Como tenía el promedio más alto de la maestría le pedí a la Fundación Teatro Colón una beca para irme a estudiar con Ferro. Con esa beca y con otros mangos de la Fundación Banco Nación Argentina, partí para Nueva York a mediados del 99. Mis primeros tres años fueron difíciles. No entendés los códigos, todo es distinto, nadie te conoce, no sos el alumno de o el hijo de… no sos nadie. Después de Ferro, vino un tiempo de probar con Franco Iglesias, el conocido maestro mexicano. De su mano llegó mi primer representante y con él mi primer contrato con una compañía Palm Beach Opera en octubre de 2011, inmediatamente después del incidente de las Torres Gemelas; imaginate el ambiente que se respiraba y en el que me tenía que abrir paso. Volví varias veces a Palm Beach Opera y nada menos que bajo la batuta del maestro Anton Guadagno y de Julius Rudel. Fue así como empecé a hacer mi carrera en EE.UU.

- ¿Qué puertas te abrió ganar el primer premio de la New Jersey Association of Verismo Opera?

- Este premio instituido por la gran soprano norteamericana Lucine Amara fue un espaldarazo, la afirmación de que podía y debía seguir adelante, que tenía mucho por aprender y que gente calificada consideraba que yo era digno del primer premio. Ni decirte que la Asociación me dio muchísimos roles protagónicos dentro de sus siguientes temporadas, la verdad que fui privilegiado en ese sentido. Ganar un primer premio no es solamente un empuje a tu autoestima, pero también te adorna el curriculum y te abre la puerta a otras oportunidades.

- Has abordado roles en varias óperas, ¿cuáles son los que más te han gustado?

- Tengo unas 38 óperas en repertorio, sin contar la zarzuela, la música de cámara y el oratorio. De todas te diría que mi afinidad siempre fue con las óperas escritas por don Giuseppe Verdi. Y fue tal mi obsesión con el género verdiano que me convertí en cantante verdiano. Para mí, decir que un cantante es verdiano son palabras mayores y jamás me consideré uno de esa clase. Me empecé a convencer de que por ahí estaba cerca de serlo, cuando Joan Dornermann en el MET me dijo que tenía un tipo de canto verdiano y después el gran maestro Eugene Kohn siguió insistiendo que tenía que estudiar meticulosamente todos los roles verdianos, desde los más líricos hasta los más dramáticos, ya que yo era verdiano. Así fue como tuve la fortuna de cantar varios de los roles escritos para barítono por este grandísimo compositor. Uno de los que más me gustó, no solamente por la complejidad del personaje sino también por el desafío vocal y actoral, fue el Macbeth que tuve la dicha de cantar en Houston. Un rol que 10 años antes nadie en sus cabales hubiese pensado que yo pudiera abordar. Otros roles que atesoro son el Conde di Luna en el Trovador, Rigoletto, Nabucco, Germont en Traviata, Falstaff...

- ¿Alguna significación especial tuvo el hecho de cantar para los papas Benedicto y Francisco?

- Mientras, entre ópera y ópera, cantaba como “cantor” y jefe de cuerda del coro de la Sacred Heart Cathedral en Nueva Jersey, como “cantor” para la Saint Patrick Cathedral en Nueva York, laburos que me dieron muchas satisfacciones y oportunidades de cantar infinidad de oratorios, sinfónico corales, incluido cantar como solista para el papa Benedicto XVI en el Yankee Stadium. Qué experiencia inolvidable, todavía me acuerdo estar parado en frente del Papa y de las 50.000 personas que lo observaban, y así romper el silencio cantando “O freunde nicht diese töne”, de la Novena Sinfonía de Beethoven y escuchar mi voz salir por los descomunales parlantes colgantes del centro del gran estadio. La experiencia de cantarle para Francisco vino unos años después, ya como profesor de la Catholic University of America y en circunstancia de la canonización del cura Junípero Serra. Estas performances en el contexto de asistencia masiva son siempre especiales, tienen una energía única que te moviliza de manera diferente.

- ¿Qué desafíos te quedan por cumplir?

- Ahora estoy en una etapa en la que me estoy concentrando mucho en la docencia. Estudio mucha pedagogía y el arte del canto desde sus comienzos. Además estoy laburando en un libro en colaboración con una gran y querida colega mendocina que vive en Bologna, la soprano Eliana Bayón. ¡Quiero ser el mejor pedagogo vocal que me dé el cuero ser! La experiencia de ocho años de vida académica en la Rome School of Music, Drama and Art de la Catholic University of America me ha abierto un nuevo panorama: descubrí que a la enseñanza la traigo en el ADN, ¿será herencia de mis viejos que fueron grandes docentes? Por supuesto que pienso seguir cantando hasta que no me quieran más. Mi voz está en su plenitud en este momento y tengo asignaturas pendientes como volver al Colón (la última vez que canté fue en 2015 junto a José Cura en una producción de I Pagliacci) y cantar más Scarpias, Rigolettos, Macbeths, Don Carlos...

- ¿Cómo estás viviendo la epidemia del coronavirus? ¿Creés que algo cambiará en el mundo?

- Qué tiempos extraños que estamos viviendo. Yo entré en cuarentena hace varias semanas y tengo el privilegio de seguir enseñando tanto para la universidad, como para el conservatorio, desde la comodidad de mi departamento, lo cual me mantiene distraído y ocupado pero… cuánto dolor, cuánta perdida, cuanta desesperación, cuánta lucha contra un enemigo invisible. En mis momentos de angustia, que los tengo, pienso que esto parece una de esas películas apocalípticas que tanto le gusta a Hollywood hacer, pero ahora se hizo realidad y el mundo se paró de golpe. Tenemos tanta tecnología pero nos está costando encontrar la manera de matar al bicho. Espero y deseo fervientemente que algo cambie. Tenemos que respetar más la naturaleza, no podemos seguir horadando y contaminando el medio ambiente sin esperar consecuencias. Pero también se tiene que cambiar el establishment político y productivo en muchas partes. Aquí sufrimos al partido Republicano y su lamentable “establishment” que ejerce un populismo de primer mundo, mintiéndole a las masas con discursos de cuarta pronunciados por el que yo llamo “immoral in Chief”, en mi opinión, el peor presidente de la historia de esta gran nación. Todo esto tiene que cambiar, necesitamos dirigentes políticos jóvenes, honrados, educados, con sólidos principios cívicos y que entiendan de la verdadera equidad, el valor del esfuerzo y el sacrificio; que nos lleven a un camino de producción no contaminante y de educación y cultura universales que nos mejore un poco protegiendo nuestro entorno. Al final, esta tierra en que vivimos es lo único que tenemos y si jodemos mucho, la naturaleza se va a deshacer de nosotros, con virus, con tormentas, calentamiento...

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