Todo es historia: Julio Bach, la piedra basal del linaje Puma tucumano

En 1975, el “verdinegro” se convirtió en el primer convocado de la provincia al seleccionado de rugby.

11 May 2020 Por Federico Espósito

Así como a Johann Sebastian Bach se lo encumbra como el padre de la música clásica, a Julio Bach bien se lo podría considerar como el padre del linaje Puma tucumano: en esa estrecha y fructífera relación que se ha construido a lo largo de casi medio siglo entre Tucumán y el seleccionado mayor argentino -y que se proyecta indefinidamente hacia el futuro- Julio representa el primer ladrillo. Es la piedra fundacional de una historia que ya lleva más de 60 protagonistas. Y ese es un orgullo que nadie podrá quitarle.

Ante la niebla de incertidumbre que envuelve lo que tenemos delante, casi que se impone el ejercicio de la retrospectiva. En el caso de Julio, el arcón de los recuerdos tiene muchos y muy gratos, pero trata de no pasar mucho tiempo allí. Porque en el repaso de lo vivido se cuela una cierta sensación de remordimiento, que quizás no merece tal nombre, porque tampoco es que se arrepiente del camino que eligió. Se parece más a la curiosidad de saber “qué hubiera sido si...”. Más concretamente, qué hubiera pasado si hubiese continuado jugando al rugby, como le insistían sus amigos del club y hasta su propia esposa, María Inés Muro, en lugar de retirarse con apenas 26 años para enfocar sus esfuerzos en construir un futuro para su familia. Para colmo, esa convocatoria al Sudamericano de Paraguay en 1975, la que lo convertiría en el primer Puma tucumano de la historia, le llegó cuando la idea de dejar ya llevaba tiempo metida en su cabeza: casado, con una hija, un bebé en camino y una situación económica que distaba de ser la mejor, entendió que había una prioridad mayor que su amor por el rugby.

Memorias

Desde el primer contacto, a principios de los 60, el rugby fue como una enfermedad incurable para Julio. “Para mí, era todo. El rugby me dio mucho, y yo le di mucho al rugby. Me entrenaba full time”, recuerda el tercera línea, que comenzó su periplo ovalado en la quinta división de Tucumán Rugby, cuando tenía 12 años. Cuatro años después, en 1966, tuvo su estreno en la Primera, frente a Los Tarcos. En total fueron 13 temporadas con el primer equipo “verdinegro”, del que fue capitán durante cinco años y con el que celebró dos títulos anuales.

Con 17 años llegó al seleccionado tucumano, que por aquél entonces todavía no vestía su característico color naranja. Eran los tiempos de “la marrón”. El cambio, según explicó hace unos años, fue por una cuestión más práctica que simbólica. “De tanto usarla, se volvió gris y no resaltábamos en la cancha”.

COLORES. Su club era Tucumán Rugby, pero fue invitado a jugar torneos con Natación, “Uni”, Los Tarcos y Lawn Tennis. “De esa época, sólo me faltaron Corsarios y Cardenales”, cuenta.

También llegó a ser capitán del seleccionado, con el que a lo largo de 11 años, se dio el gusto de enfrentar a grandes rivales, entre los que cabe mencionar a los Gazelles sudafricanos, a Oxford Cambridge y a los All Blacks. Después de haber integrado el seleccionado Provincias Argentinas, en el 75 fue el propio Lisandro Carrizo (histórico presidente de la URT) quien le comunicó de su llamado a Los Pumas, dirigidos por Angel Guastella. En aquel Sudamericano, que tuvo a Argentina como campeón, le marcó dos tries a Brasil.

Nadie imaginaba que, apenas tres años después y con un gran futuro rugbístico, Julio tomaría la decisión de no jugar más. “Yo me casé muy joven, y como no había sido un buen estudiante, no me había recibido de nada. Me había dedicado enteramente al rugby, pero era tiempo de pensar en mi familia. Así que con todo el dolor del mundo, dejé para empezar a trabajar. Muchos amigos míos no entendieron mi decisión. El propio Julio Paz, que había sido mi entrenador, mi gran amigo y hasta testigo de mi casamiento, se ofendió tanto que casi ya no me saludaba. Y la verdad es que un poco de razón en enojarse tenía Julio, porque era difícil entender que por fin que un tucumano había llegado a vestir la celeste y blanca, dejara de esa manera. Fue duro, pero no me arrepiento”, asegura.

Tiene argumentos sólidos para defender su elección: a un mes de cumplir 70 años, dice encontrarse muy bien. Cumple la cuarentena junto a María Inés, con quien comparte 47 años de matrimonio, seis hijos y siete nietos. El sacrificio de aquella elección valió la pena, lo sabe, pero admite que hasta el día de hoy el rugby lo sigue hasta cuando duerme. “Anoche soñé que iba al club, pero no estaba como ahora, sino como cuando empecé, cuando no había ni tribunas. Iba a ver un partido de la quinta división, y como no había lineman, me pedían que me encargara yo. Supongo que tiene que ver con esa sensación de haber dejado algo inconcluso, de haberme ido en mi plenitud”, reflexiona. Será también por eso que alguna tarde de verano, cuando no había nadie, se llegó por su club, pidió prestada una pelota, se paró en mitad de la cancha, cerró los ojos e imaginó que volvía en el tiempo y jugaba otra vez.

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