“La pandemia desnuda el abandono y la profundidad estructural de la pobreza”

Investigadores tucumanos participan de un relevamiento nacional.

31 Mar 2020 Por Martín Dzienczarski
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EN LA COSTANERA. Los vecinos salieron al pasillo a ver la novedad: Gendarmería distribuyó alcohol en el barrio.

Mientras informaba la prórroga del aislamiento social preventivo y obligatorio, el presidente, Alberto Fernández, se refirió a la situación de los barrios vulnerables: “tenemos que atender a la situación de los barrios más pobres”. Por eso, para analizar el impacto de la cuarentena en las barriadas, el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación solicitó vía Conicet la realización de un informe mediante cuestionarios en asentamientos, barrios y comunidades rurales del país.

En Tucumán, los datos fueron relevados por cuatro institutos de investigación social con abordaje territorial. “Lo que se nota es que hay problemas estructurales previsibles”, explicó a LA GACETA Ricardo Kaliman. “Una de las personas que entrevisté me comentó que la pandemia desnuda el abandono de años y la profundidad estructural de la pobreza. No son problemas nuevos, ya existían, sólo que ahora se manifiestan las consecuencias con mayor notoriedad”, ahondó el investigador independiente del Conicet, profesor titular de la UNT y vicedirector del Conicet NOA-Sur (oficinas para Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca). Aunque las conclusiones estarán listas esta semana, la información preliminar de algunos barrios relevados alude a las complicaciones para cumplir con la cuarentena.

En Tucumán, se abocaron investigadores del Instituto de Investigaciones sobre el Lenguaje y la Cultura (Invelec), del Instituto Superior de Estudios Sociales Conicet (ISES), del Observatorio de Fenómenos Urbanos y Territoriales (OFUT) y del recientemente conformado Instituto de Investigaciones Territoriales y Tecnológicas para la Producción del Hábitat (Inteph) a través del Programa de Mejora del Hábitat Participativo (Mhapa).

El relevamiento se llevó adelante en barrios y comunidades rurales de la provincia, en paralelo a equipos de investigación de todo el país. La información fue remitida a la Nación y el objetivo es que, tras sintetizar los datos, constituya un informe que sea insumo para la toma de políticas públicas. Kaliman comentó que en la provincia también elaborarán conclusiones propias del reporte local para poner a disposición del Gobierno tucumano.

“Un problema crucial para la cuarentena es el hacinamiento. El acceso al agua es altamente dificultoso, por lo que cumplir con las condiciones de higiene -como lavarse las manos- se dificulta mucho. Otro problema es que la gran mayoría de las personas de estos lugares trabajan de manera informal y su sustento es ganado día a día. Para estos grupos, quedarse en casa representa una dificultad de supervivencia”, sintetizó algunas respuestas Kaliman.

Ocho problemas

El equipo del Mhapa-Inteph, donde se desempeña la investigadora del Conicet Paula Boldrini, relevó ocho complicaciones para la población vulnerada durante la cuarentena. Se trata de información preliminar, explicó, resultado de entrevistas en 13 barrios y comunidades de la provincia: Los Vázquez, 11 de Enero, Costanera Norte (en Capital); Julio Abraham y Santa Inés (Alderetes); Diagonal, Rinconada (Yerba Buena). También se trabajó con la comunidad indígena de Casas Viejas, de Potrero Rodeo Grande, Tolombón, Asociación Campesina de Tucumán, El Cercado y Soldado Maldonado.

“Es imposible mantenerse en las casas porque deben salir a trabajar con changas. No tienen capacidad de ahorro para utilizar el dinero y quedarse en sus viviendas. Por este mismo motivo, deben salir a comprar alimentos todos los días, no pueden aprovisionarse”, comentó Boldrini. “La dinámica cotidiana es que mujeres y hombres salen todos los días a buscar changas o a sus trabajos informales precarios. Con lo recaudado compran comida para el día”, explicó. Otro de los puntos relevados es que muchos trabajadores informales privados deben continuar asistiendo a sus empleos, a pesar de que no están fijados entre las excepciones de la cuarentena.

Otro elemento mencionado por referentes barriales es la problemática de la juventud y las adicciones: “es un problema grave porque suelen tener la costumbre de estar en la calle, que es su lugar de consumo. No se ha modificado esta realidad en todos los barrios, debido a que es un hábito de los individuos que se encuentran desbordados y afectados respecto a su salud mental. Si ya tienen dificultades para seguir un proceso de rehabilitación con las condiciones materiales en que viven sus familias, tampoco pueden ahora mantenerse dentro de sus casas. Pretender que tengan el cuidado de quedarse en casa es muy difícil, sobre todo porque son viviendas en donde no pueden estar todos los integrantes de la familia en simultáneo. Y eso que ahora las condiciones no son inclementes. Hay familias donde no hay camas para todos”, puntualizó la investigadora.

En los ámbitos rurales las respuestas giran en torno a la preocupación por residentes que no son oriundos de la zona, algunas veces por condimentos de turismo, por lo que temen que la atención sanitaria local se colapse. La discriminación también surgió de los formularios: en algunos sectores profundamente discriminados sienten temor de que, en caso de que evolucione el contagio, no recibirían la atención requerida. La idea surge en la población que padece de una situación significativa de discriminación en muchos ámbitos y que, aunque no ocurrió en esta emergencia, temen que pueda suceder.

“Otro emergente es la tarea policial: se reproduce una fuerte hostilidad en muchos lugares. Mucha gente sale para compras diarias en comercios de cercanía, como está permitido, y reciben maltratos. El trato es peor con trabajadores jornaleros que deben salir a trabajar sí o sí cada día porque si no, no comen”, apuntó Boldrini.

Para finalizar, los datos apuntan a que en muchos lugares se ha difundido más el miedo que información precisa de lo que debe hacerse en cada caso. En otros barrios, la preocupación va más allá de la cuarentena: temen que aunque salgan a trabajar no haya personas que consuman sus servicios o productos. Se angustian ante la posibilidad de que puede llegar un momento en que no tengan para comer”, finalizó.

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