Cuando la bondad es un canto a la vida

El barítono alemán se enamoró de Tucumán en 1936 y se quedó. Una fértil actividad docente y cultural. Crítico musical en LA GACETA.

23 Feb 2020 Por Roberto Espinosa
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De las manos del piano brota esa bella voz que desnuda un lied de Schumann. “Cuando te miro a los ojos alivio mi dolor, cuando beso tus labios soy casi feliz. Si por un momento estoy contra tu pecho, se ilumina mi penumbra, si tú dices: ¡te amo!, lloro en silencio. Quiero ahora hundir mi alma entre los pétalos de un lirio y el hálito del lirio será música para quien amo, habrá entonces un estremecimiento, como cuando nos besamos por primera vez aquella tarde...” La mirada, extraviada en esa nube que camina ahora lentamente por la espalda del valle tafinisto, dibuja la silueta de sus padres en la Alemania natal. Hace ya años ha cambiado la Europa de las guerras por un Tucumán que le arrima a sus silencios un rumor de paisajes y cerros.

Un retoño abaritonado de la bondad llega a la vida el 25 de julio de 1896 en Francfort del Meno. Ese sábado, las corcheas ya brincan sobre su cuna. Papá Lazzaro ha estudiado con Clara Schumann y ha tocado el piano a cuatro manos con el barbado Johannes Brahms. Mamá es cantante y da 50 conciertos al año. Ambos le escriben sus pasos en el pentagrama y desembarca en el conservatorio natal. En el banco se sienta con Paul Hindemith, quien en horas de ocio ejercita su imaginación en la caricatura. 1927. Se gradúa y dos años después ingresa a la cátedra de canto e historia de la música en el Lausitzer Konservatorium de Görlitz.

Destino subtropical

Años 30. La locura de Hitler amenaza a la humanidad. Parte a Inglaterra. En el castillo de Glyndebourne prepara a los cantantes para óperas alemanas. 1936. Enviado por el gobierno tucumano, Alex Conrad parte a Europa y lo contrata. Su destino subtropical: profesor de canto, armonía y contrapunto en la Academia de Bellas Artes. Amor a primera vista: montañas, vegetación, pájaros, una geografía donde la cultura brota en donde cae su semilla. Solo le basta mirar a su vital esposa Agnès Westhoffen para decidir que en este jardín crecerá el amor.

1949. La flamante Escuela de Artes Musicales de la Universidad Nacional de Tucumán le abre las puertas; en dos ocasiones conducirá su destino. Cuando aprieta el verano, la pareja rumbea a Tafí del Valle y luego regresa -como quienes conversan- caminando. El espíritu romántico le aflora en dos misas, un Te Deum, un Stabat Mater para solistas, coro y orquesta, una “Passacaglia y fuga”, un cuarteto, un quinteto, páginas corales, música incidental para teatro...

Hombre de cuatro idiomas (“lo que no podré dominar es el castellano”, dice riéndose), de larga biblioteca, devora los diarios extranjeros -el Times de Londres, entre ellos- y naturalmente, ejercita su pluma equilibrada como crítico en LA GACETA. Toda actividad lo entusiasma: el teatro, la literatura, el arte. Es distraído, ensimismado; sus alumnas lo saben y les divierte. Cada vez que lo saludan sin esperar el adiós, su voz las alcanza cuando ellas ya están en la puerta de la Escuela. Recitales de canto, conferencias, docente de excepción, la sencillez es su idioma.

Nada de homenajes

“El día que me muera no quiero homenajes. Espero no haber ofendido a nadie porque aspiré a vivir sin ofensas. Tal vez desee una misa, una oración siquiera, eso sí, voy a necesitar”, le dice a su querida discípula Myrtha Raia. 1973. El 23 de septiembre le desnuda la primavera en los pensamientos. El corazón es un amigo que anda con ganas de despedirse. Murmullos de la brisa tafinista parpadean en sus pupilas. La luz se va vistiendo de coplas de ecos que se descuelgan del aire. Su corazón cosecha jilgueros y lapachos. Los brazos de la paz comienzan a envolver los de 77 años de Alberto Uzielli. Una voz y un piano atraviesan ese domingo su sueño, acercándole la eternidad en un mensaje de Schumann: “de mis lágrimas brotan flores multicolores y mis suspiros se transforman en canto de ruiseñor. Si tú me dices que me amas, tuyas serán las flores y bajo tu ventana latirá la canción del ruiseñor...”

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